Susana Martins y otros




Cartografiados culturales y prácticas de sociabilidad*


Contenido
En la búsqueda del sentido por “estar juntos”
Mirar las transformaciones en la escala de lo barrial
La producción de lo local
Materialidad cultural: un punto de partida
Politicidad y comunidad: la fuerza transformadora del “estar juntos”
Bibliografía
Notas

Palabras clave
Cultura – vecindad – metodología

En la búsqueda del sentido por “estar juntos”

El trabajo que aquí presentamos articula una serie de reflexiones, preguntas y definiciones que se pusieron en juego a partir del trabajo de relevamiento realizado desde el proyecto de investigación “Comunicación y vecindad: memorias de la sociabilidad en barrios de La Plata”. Este proyecto tiene como objetivo indagar cómo se definieron y redefinieron, en distintas coordenadas espacio-temporales, los modos de socialidad / vecindad / comunidad, a través de su inscripción en las memorias locales socialmente construidas. Para abordar este objetivo desde el desarrollo metodológico se planteó como primera estrategia trabajar sobre un cartografiado cultural de cuatro barrios, a través de tres cortes históricos.

La mirada que atraviesa las prácticas estudiadas pone el acento, desde un escenario de transformaciones socioculturales, en los procesos de formación y constitución de identidades, apropiación de territorios y emergencia de formas de politicidad e intenta dar visibilidad al territorio histórico y político contemporáneo, al espesor del acontecimiento, asumiendo la necesidad de re–conocer, y ubicarse en la urgencia de asomarse a un territorio sociocultural emergente, descentrado y discontinuo que nombra de maneras distintas a una realidad que no puede atraparse bajo un solo significante. Los procesos de transformaciones actuales entre otras cuestiones se visibilizan en los múltiples y variados procesos de hibridación, de desterritorrialización y reterritorialización, de fragmentación y segmentación social, de formas de constitución de identidades, de modos de subjetividad y de institucionalidad, de la relación inclusión/exclusión, de lo público y lo privado, de lo político y la política, el poder y la hegemonía. Lo instituyente opera respondiendo, no a lógicas instituidas desde los marcos modernos, sino desde la especificidad local / global de los procesos y los sujetos.

Mirar las transformaciones en la escala de lo barrial

Nos interesa el vecindario ya que es allí donde las formas sociales en las que lo local como dimensión o valor se concreta de diversas maneras. En ese sentido se trata de comunidades situadas caracterizadas por su naturaleza concreta y por su potencial para la reproducción social y funciona como término en tanto sugiere sociabilidad, inmediatez y reproductibilidad sin ninguna implicancia necesaria de escala. Acordamos, además, que lo local no es algo dado de manera natural y de hecho es efímero en tanto no se cumpla con los rituales de producción y mantenimiento de su materialidad (Appadurai, 2001: 187). Por ello es que apelamos a reconstruir la dimensión material que le da densidad a la simbólica y se manifiesta en términos de equipamiento.

En ese sentido nuestro interés se centra en describir y desandar esos rituales a fin de poner de manifiesto las prácticas que llevadas a cabo al interior de determinadas instituciones, construyen sujetos en vecindad y otorgan sentidos a los lugares de la ciudad y al lazo social que los constituye como tales.

Desde esta perspectiva, la ciudad se convierte en un espacio material y simbólico posible desde donde pensar esas transformaciones contemporáneas. Constituye un eje transversal de la socialidad que no sólo se experimenta físicamente, sino que además alberga pensamientos, creencias, costumbres, tradiciones, hábitos y formas de vida del individuo que la habita, y que nos testimonian sobre las identidades y culturas que conforman el apego a los lugares urbanos. Como apunta Reguillo, el espacio urbano fue y es un escenario de luchas entre contendientes desnivelados y posicionados históricamente en un enfrentamiento por el poder de enunciación, capaz de imponer, mediante la coerción o la seducción, una representación a las prácticas sociales (Reguillo, 1991: 47).

Es por ello que nuestros interrogantes sobre el escenario actual de transformaciones refieren a la cultura urbana. La escala definida para abordar la problemática propuesta es la del barrio, cuya “densidad cultural y analítica” es señalada por Martín Barbero al reconocerlo como lugar de constitución de las identidades. Frente a una sociología que entre el tiempo de trabajo y el tiempo libre operó desestimando lo segundo y redujo el barrio a mero dormitorio, universo de lo familiar y espacio de reproducción de la fuerza de trabajo, una mirada atenta revela que no es centralmente en el mercado ni en el lugar de trabajo donde (las identidades) se construyen y transmiten, sino en la familia, en el barrio, donde se habita junto a amigos y vecinos (Martín Barbero, 1987: 275)

Desde esta noción de territorio entendemos que el espacio se va construyendo en una relación compleja con las acciones, es decir, no sólo se considera lo que es el espacio en sí mismo sino también sus vínculos con los atravesamientos históricos y las maneras en que transitan, interactúan y viven los actores sociales.

El trabajo de campo se realizó sobre cuatro barrios de la ciudad de La Plata cuyos procesos históricos conocidos ofrecían una complejidad que garantizaba la densidad analítica del estudio cultural propuesto. Estos referentes empíricos fueron seleccionados principalmente en los términos de una muestra por propósitos –adecuación a las dimensiones conceptuales, espaciales y temporales planteadas– y accesoriamente en función de una muestra oportunista –caracterizada ésta por atender al criterio de accesibilidad y acortamiento de distancia–.

Dos barrios seleccionados corresponden al casco urbano de la ciudad, al que se circunscriben buena parte de los relatos históricos locales y el imaginario dominante que da cuenta del “trazado perfecto” y los criterios higienistas de la configuración urbana. Los dos restantes están situados fuera de esos límites y tienen una carga identitaria específica desde los orígenes de La Plata.

Conformado en torno a una estación del viejo Ferrocarril Provincial, se considera al barrio Meridiano V como un referente de transformaciones de la sociabilidad por su pasaje de la condición de barrio ferroviario hacia una identidad vinculada a espacios culturales y recreativos formados por la agencia de distintos grupos en los últimos años.

También fuertemente identificado por la presencia del ferrocarril, Tolosa tiene además una carga identitaria como pueblo pre-existente a la fundación de la ciudad y barrio obrero histórico, que albergó a los trabajadores de talleres ferroviarios y los primeros emprendimientos productivos.

Los Hornos es otro barrio muy vinculado a la fundación de la ciudad; inicialmente se constituyó como barrio obrero y fue el sitio de la primera iniciativa de educación técnica de la región. Sin embargo, tras diversas transformaciones se lo nomina actualmente como barrio de policías y se asocia a la percepción de la inseguridad y la problemática del gatillo fácil, que condicionan las formas del ser vecinos.

Finalmente, el Centro –que circunscribimos al espacio delimitado por las calles 6, 14, 44 y 54 de la ciudad– introdujo un caso donde fue previsible reconocer, en la comparación con los anteriores, un acceso y apropiación diferencial de las nuevas tecnologías, una mayor atención desde la política pública por los espacios de encuentro/desencuentro que definen la socialidad urbana, entre otras cuestiones.

Por otra parte, definimos un recorte temporal a partir de tres períodos, que condensan ciertos “momentos” de las formas de sociabilidad, diferenciados a priori: la década del ‘40/‘50 como período signado por la presencia de cierto modelo de Bienestar; la década del ‘70, donde el espacio de lo público se tensiona por la violencia política; y finalmente la década del ‘90 en la que la transformación del ser vecinos pasa por los brutales procesos de marginación social y un creciente imaginario de in-seguridad.

Los períodos seleccionados, además de dar cuenta de tres puntos de un largo proceso de transformaciones en la comunicación y la sociabilidad urbana, pueden conceptualizarse también como tres momentos de la configuración del espacio barrial. En los ‘40/‘50 era determinante su vinculación con lo productivo, en tanto había una acción del estado en torno a la promoción de la vivienda popular y la ampliación del espacio público. En los ‘70 emergen otro tipo de iniciativas –como las autopistas y el incentivo al transporte motorizado– y la definición de una concepción excluyente del espacio urbano, acorde con el sentido civilizatorio que ostentaban ciertos sectores medios-altos de la sociedad. Finalmente, en los ‘90 es significativa la imagen de las rejas en espacios públicos y privados, y esa tendencia a la privatización del espacio coexiste con un discurso urbanístico que promueve con fuerza la conservación del patrimonio, frecuentemente planteado desde una noción técnica y aséptica.

La producción de lo local

Desde distintos enfoques teóricos el planteo sobre el surgimiento de importantes formaciones sociales cuya principal referencialidad o características es atinente a su condición, dominantemente posnacional, en la que se pone en juego la producción globalizada de localidad. La producción de localidad, como una dimensión de la vida social, como una estructura de sentimiento, y en su expresión material en la copresencia viva, enfrenta dos dificultades en todo orden posnacional (Appadurai, 2001: 40).

La producción de localidad responde en este sentido a mundos constituidos existencialmente por agrupamientos relativamente estables, espacios colectivos e historias compartidas. De esta manera se generan subjetividades locales las que establecen compromisos y pertenencias.

Las formas de presencia y pertenencia que definen, en el orden del sentido, definen territorios. En coordenadas actuales se abren cada vez más las fisuras entre el espacio local, el translocal y el nacional, el territorio, como base de la lealtad y el afecto nacional está cada vez más divorciado del territorio como lugar de la soberanía y el control estatal de la sociedad civil (Appadurai, 1996: 57).

Las formas de vecindad y socialidad emergentes dan cuenta de las tensiones y articulaciones que desafían los territorios horizontalmente contiguos y territorialmente constituidos. Los procesos de desterritorialilización generan formas de reterritorialización, cuya variedad y significación articula distintas dimensiones e intereses, y señalan el esfuerzo por crear nuevas comunidades que generalmente refieren a imaginarios locales. Las formas comunitarias definen hacia su interior formas de lazo social en las que se juegan distintos órdenes del sentido, condensando en algunos casos las soberanías de recursos o la defensa de formas de derechos, las cuales habilitan a procesos de creación, sedimentación, transmisión y reproducción de formas culturales, imbricadas profundamente con procesos de identidad y subjetividad.

De esta manera, los procesos de la vida cotidiana, en tanto creadores de lazo social, condensan formas de sociabilidad, de lazo comunitario, cuyos sentidos de encuentro se articulan no sólo en el afecto sino también en el sufrir. La sociabilidad se construye en la tensión entre las la sociedad que lucha por englobarlo todo bajo una unidad orgánica y la resistencia del individuo que lucha por afianzar su individualidad y distinguirse del resto sin ser reducido a una mera “parte” del todo social (Simmel 2002: 104).

El profundo quiebre del contrato social se resignifica a través de la reconstrucción de lazos que, aunque microsociales en muchos casos, no dejan de ser parte de la manera en que se vuelven a vertebrar las significaciones. En estos grupos emerge una valoración de lo distintivo y no pretenden una uniformización; crecen en la diversidad, en la distinción. El marco de configuración distintiva de una identidad / alteridad se da desde múltiples polos de referencialidad que posibilitan procesos instituyentes del sentido y la identidad individual y grupal.

Materialidad cultural: un punto de partida

En un primer momento nos propusimos relevar en los barrios seleccionados (Tolosa, Meridiano V, Centro y Los Hornos) las organizaciones emergentes e instituciones que nuclean a los sujetos urbanos en la ciudad de La Plata. La técnica metodológica que utilizamos fue la del cartografiado cultural en tanto nos permitió en un primer momento iniciar dicho relevamiento.

Esta estrategia se inscribe en la rama de las cartografías sociales por la cual, a partir de inventarios de información en primer término, simple y acotada a los grupos, se profundizan las prácticas culturales y los acontecimientos generándose nuevos mapas que den cuenta de la emergencia cultural y política y su articulación con otros espacios políticos culturales hegemónicos. La estrategia permite establecer una mirada topológica y temporal del espacio urbano, identificando y reconociendo la localización de los grupos emergentes, en tanto grupos y sus prácticas.

Tomamos como referencia metodológica los trabajos de investigación de Jorge González, para quien “todo mapa es un instrumento que muestra una serie de relaciones entre los elementos registrados bajo un código explícito y con ello nos vuelve observable una configuración de la realidad. El mapa, objeto semiótico complejo, está hecho para significar y en la medida en que significa con precisión, nos sirve para representarnos la realidad, desde un punto de vista y desde una escala.” (González, 1997: 153).

Se realizó un mapa situacional en el que se ordenó la información. El objetivo era formar unidades témporo-espaciales, donde todo acontecimiento pudiera ser ubicado en un punto de relaciones, dado que los mapas situacionales tienen una dimensión presente y una histórica.

Dado que el tipo de configuraciones de la distribución del equipamiento e instalaciones específicamente culturales y los sucesivos cambios que ha sufrido durante el siglo son un modo material de expresión de las relaciones conflictivas entre los diferentes actores sociales, la elección de esta metodología nos resultó más que pertinente en diálogo con nuestros objetivos de investigación.

Esta estrategia, en palabras de González, parte de considerar la necesidad de estudiar la sociedad desde el sentido dado por los agentes (sujetos sociales), producido dentro de ciertas formas de organización que garantizan la sobrevivencia de la sociedad. De ahí la importancia de ir a mirar los lugares materiales donde dichas formas de organización se plasman.

Para el autor la sociedad aparece como una realidad pre-interpretada en tanto las interpretaciones que los agentes sociales generan en su forma de producir, su manera de ejercer el poder y el control de sus instituciones forman parte activa de la estructura de relaciones de esa sociedad.

Hay en su propuesta una clara base marxista desde el momento en que propone detenernos en la infraestructura material de la cultura que, por cierto es diferente a los análisis de discursos o las ideas acerca de lo que la sociedad o la cultura son.

Es precisamente en esta dimensión que encontramos una organización compleja para mantener y defender la visión del mundo de las clases dominantes y que incluye desde la prensa, la escuela, las bibliotecas, los clubes hasta la arquitectura (calles) en tanto ámbitos que influyen en la opinión pública.

Recuperando a Bourdieu y la categoría de campo como sistema de relaciones sociales objetivas y especializadas en la generación, preservación y difusión de las representaciones sociales (González, 1997:137), el autor hace hincapié en la interrelación de instituciones –agentes- prácticas que se han especializado en la función de interpretación y en la lucha de las mismas por el manejo del capital cultural específico. Este capital, que adopta la forma de productos y discursos, circula por el campo y modifica el sistema de posiciones y de fuerzas en dicho espacio.

Indagar sobre el equipamiento cultural de una sociedad, que se define por la presencia en el ambiente urbano de instalaciones físicas controladas por instituciones precisas y especializadas en construir, preservar y difundir sistemas de interpretación de la realidad, resulta pertinente a la hora de elaborar un diagnóstico sobre cuáles han sido y son hoy esas instituciones y cuáles han sido las transformaciones en la lucha por el control del capital cultural.

En el ámbito de los barrios seleccionados nos interesó, en un primer momento, caminarlos y así recuperar cierta inocente mirada sobre cuáles son las instituciones más relevantes que condensan sentido para los vecinos del lugar. Este primer acercamiento, a partir de la observación del terreno y de los datos obtenidos por informantes clave, nos permitió construir un listado primero y luego un mapeado de las principales organizaciones de cada uno de los barrios. Analizar su trayectoria y poder confeccionar los mapas de los otros períodos a analizar es parte de un segundo momento que se encuentra en pleno proceso de realización.

Siguiendo la propuesta metodológica de González distinguimos ciertas unidades de observación cuya finalidad, además de facilitar el armado de los mapas y cuadros, fue ordenar la mirada y los posibles recorridos en la búsqueda de las instituciones.

Teniendo en cuenta que el espacio físico siempre es generado y moldeado por el espacio de las relaciones sociales y es efecto de su compleja trayectoria se establecieron los siguientes criterios de observación:

CAMPO RELIGIOSO: nos interesa en tanto funciona como un discurso totalizador sobre el orden del mundo y media la relación del hombre con lo sagrado. Equipamiento mínimo: iglesias católicas, templos cristianos no católicos, espacios de prácticas de otros cultos.

CAMPO DE LA EDUCACIÓN: dispone de los conocimientos socialmente necesarios para la capacitación básica de la fuerza de trabajo de toda sociedad y la transmisión de conocimientos válidos, además de que allí se inculcan también los arbitrarios culturales. Incluye el relevamiento de escuelas primarias, técnicas, normales y de educación superior.

CAMPO DE LA SALUD: vasto sistema de protección social que opera para normalizar la vida en sociedad, regular el empleo del trabajo, proteger de los accidentes, de las enfermedades, del desempleo, asistir a las familias, personas mayores, etc. Es un sistema social especializado en las representaciones pues legitima o sanciona el saber sobre el propio cuerpo y sus procesos. Aquí se relevaron Servicios de Atención: hospitales, centros de especialidades, clínicas, salas comunitarias.

CAMPO DEL ARTE Y LA CULTURA: incluye todas las actividades que tienen que ver con la expresión y el cultivo de las disciplinas que lo ponen en forma, generan equipamiento y se despliegan en las ciudades. Especializadas en la difusión y preservación: museos, casas de la cultura, bibliotecas, teatros, salas de conciertos, auditorios, salas de cine arte, archivos históricos. Especializadas en la distribución: galerías, librerías, disquerías, casas de instrumentos. Formación de agentes artísticos: escuelas, talleres de arte, conservatorios. Asociaciones profesionales (coros, orquestas, compañías de teatro y danza, asociación de escritores, autores, actores, músicos)

CAMPO DE LA EDICIÓN: las instituciones especializadas en la edición realizan un trabajo ideológico de segundo orden pues re-interpretan y diseminan en la sociedad versiones y discursos pre–elaborados en otros campos. Medios impresos (imprentas, editoriales y periódicos), medios sonoros (radios, productoras de discos) y medios audiovisuales (productoras de cine).

CAMPO DEL OCIO: es la rama de la actividad social especializada en la gestión, administración y orientación del ocio, del uso del tiempo libre, socialmente identificado con el tiempo fuera del trabajo y de las obligaciones familiares. Su equipamiento tiene que ver con el espectáculo y con el disfrute del tiempo sin trabajo. Se registran salas de cine, cabarets, salones de baile, estadios, clubes deportivos, parques, plazas, zonas de tolerancia y burdeles

CAMPO DE LA CULTURA ALIMENTARIA: tiene que ver con las tradiciones gastronómicas de cada sociedad. La cultura alimentaria es la dimensión simbólica del consumo de alimentos. Se relevan instalaciones que ofrecen comida rápida, instalaciones restauraneras.

CAMPO DE LA CULTURA DE LAS MERCANCIAS: este campo tiene que ver con la relación que la sociedad establece con la generación y utilización del dinero. Mundo placentero del consumo: es una fuente de distinción, de generación de individualidad, de expresión. La producción y la adquisición de mercancías para su incorporación en el mundo de la vida de las personas es siempre un proceso cultural y cognoscitivo: las mercancías no solo deben producirse materialmente como cosas sino que deben estar marcadas culturalmente como determinado tipo de cosas. Registramos en este campo Centros Comerciales, cadenas de tiendas de autoservicio, mercados populares y agencias de venta de autos.


En nuestra investigación los campos quedaron definidos así:

Creencias
Instituciones religiosas
Templos o espacios de práctica
Educativo
Instituciones educativas públicas
Instituciones educativas privadas
Salud
Salas municipales
Centros de atención comunitaria
Comunitario
Clubes barriales
Salones de Baile Fiesta
Plazas Parques
Centros de Fomento
De la Edición
Publicaciones Barriales
Radios
Sitios web
Audiovisual
Comunicación
Teléfono
Cable
Internet
Ferrocarril
Ómnibus
Trabajo
Unidades productivas
Instituciones Estatales

A esos campos observables definidos por González los rearmamos en función del trabajo etnográfico en los barrios, atendiendo además a las referencias realizadas por las entrevistas a actores claves barriales y publicaciones locales que daban cuenta de procesos y prácticas culturales específicas en su presente y en su historia. En ese trayecto el campo del trabajo surgió como marca constitutiva y articulatoria de lo barrial mientras que la comunicación apareció en varios relatos haciendo referencia a las diversas formas de circulación y acceso al territorio, unido a la idea de civilidad y progreso. La dimensión de lo comunitario surgió como una de las posibles formas del “estar juntos”, en tanto lazo social (incluyendo el ocio/tiempo libre) pero también como un espacio simbólico de construcción de politicidad.


Politicidad y comunidad: la fuerza transformadora del “estar juntos”

En el rescate por el sentido de lo político, nos interesa destacar los desplazamientos, respecto de los sentidos naturalizados en la Modernidad, que surgen en relación a la dimensión de lo comunitario, ya que es allí donde debemos dar cuenta de los alcances y limitaciones de la categoría ocio y aunarlo con los sentidos políticos y los modos de construir sociabilidad en esos espacios barriales.

La pregunta por los modos del estar juntos es un eje de nuestra investigación y, en el caso del campo de lo comunitario, notamos que ese estar juntos excedía la dimensión del ocio que proponía González y se convertía en una trama más compleja que incluía acciones colectivas que ponían en escena nuevos modos de participación ciudadana, sobre todo en lo que respecta a Centros de Fomento y Asambleas populares, inscriptas en el escenario local a partir de la crisis del 2001.

Con ese objetivo es que buscamos identificar y describir, al menos en esta primera etapa, las acciones colectivas que establecen nuevas formas de sociabilidad entre vecinos y que quiebran aislamientos, soledades, desamparos (…) al mismo tiempo que subvierten en su microexperiencias las formas hasta ahora obvias de la producción, el mercado y la cultura (…) y por lo tanto se habilitan como espacios – tiempo que establecen nuevo modos de existencia, toman en sus propias manos lo que hay que hacer y abren nuevas dimensiones de lo político (Fernández, 2006: 59).

Lo que en su momento surgió como prácticas de supervivencia con cierta lógica situacional se convirtió en modos de resistencia de lo colectivo y en un entramado de nuevas formas de sociabilidad solidaria plasmadas en la figura de la vecindad donde el otro es el otro vecino y no conforma necesariamente una amenaza sino que funciona como soporte de lo propio. En ese contexto es posible identificar nudos de referencia desde donde construir identidad colectiva, pero también individual.

Así para satisfacer esos intereses surgen innumerables formas de la vida social: todos los con-un-otro, para un-otro, en-un-otro, contra-un-otro, por–un-otro y todas estas asociaciones están acompañadas de un sentimiento y de una satisfacción en el puro hecho de que uno se asocia con otros y de que la soledad del individuo se resuelve dentro de la unidad: la unión con otros (Simmel, 2002: 195)

Esta satisfacción por el puro hecho de estar con otros nos devuelve la dimensión lúdica y gozosa de la sociabilidad que podría asociarse con lo que en la propuesta de González entendemos como ocio pero estaríamos pecando de inocentes si eludimos la dimensión política y por lo tanto transformadora de las prácticas comunitarias.

Por otro lado nos resulta pertinente recuperar algunas actividades “puramente” recreativas que Elías llama “miméticas” y que constituirían el único reducto en el que, con la aprobación social, puede expresarse en público un moderado nivel de emoción de los individuos en sociedades civilizadas.


En ese sentido los aportes de Simmel y Elias nos resultan significativos a la hora de analizar los motivos por los cuales los sujetos se reúnen en las instituciones que agrupamos bajo el campo de lo comunitario. Es factible observar cómo el salón de baile, las plazas y los parques contribuyen a que los sujetos se reúnan sin un fin específico, sólo por el placer que les genera hacerlo y a su vez, se convierten en ámbitos donde determinadas conductas que tienen que ver con la dimensión emocional de ponen de manifiesto sin que ello perturbe el relativo orden de la vida social (besarse, hacer el novio, jugar).

En la categoría de “emoción lúdica” que propone Elías y que pone de manifiesto la función “compensatoria” de la esfera mimética en tanto permite “refrescar el espíritu” y liberar tensiones (Elías, 1988: 93), es donde encontramos mayor compatibilidad con la interpretación que González hace de la categoría de “ocio” en su propuesta metodológica.

Por supuesto que entendemos que parte de las actividades de las instituciones del campo de lo comunitario cumplen con dichos objetivos. Pero no podemos dejar de lado sus otras funciones que también cumplen dichas instituciones en la vida social de los sujetos y que son constitutivas del lazo social: la formación y el acento en la participación social, en tanto forma de politicidad.

Hay fuerza formativa en los procesos sociales. Esto involucra dos dimensiones: cómo genera esta fuerza formadora una cohesión horizontal y una continuidad social (…) El mantenernos juntos, la fuerza formadora para cohesionarnos y la pervivencia de los rastros que necesitamos para pervivir temporalmente nos obliga a recuperar qué cosas en el tiempo nos unen como grupo y como sujetos (Nassif, 1980: 102).

La socialización como proceso formativo tiene en la regulación del conflicto su principal condición de ser en tanto define un umbral de tolerancia de la disidencia respecto de las formas de pertenencia, pero también implica la posibilidad de pensar (nos) en sociedad no sólo por el hecho de estar juntos sino por comprender e incorporar los principios de relacionalidad. En ese sentido lo social, entendido como estar en común, es vitalmente educador (Nassif, 1980: 103).

Este carácter educativo de lo social, sumado a lo que de compensatorio y lúdico tiene el impulso humano de sociabilidad nos permite justificar con sólidos argumentos la ampliación del campo del ocio al campo de lo comunitario ya que en las instituciones relevadas (plazas, centros de fomento, salones de baile, asambleas barriales) las formas que adquiere el estar juntos están atravesadas por estas múltiples dimensiones -lo lúdico, lo comunitario, lo formativo, la regulación del conflicto-, construyendo un nuevo modo de ocupar la escena urbana y redefiniendo los modos tradicionales de intervención, de participación social y de construcción identitaria.


Bibliografía

Appadurai, Arjun. La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización, Fondo de Cultura Económica de Argentina, 40 pp, Buenos Aires, 2001.
Elias, Norbert. El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, Fondo de Cultura Económica de México, 93 pp, México, 1988.
Fernandez, Ana María (Comp). Política y subjetividad: asambleas barriales y fábricas recuperadas, Editorial Biblos, Buenos Aires, 59 pp, 2008.
González, Jorge. “Coordenadas del Imaginario: protocolo para el uso de cartografías culturales”, en Estudios sobre las culturas contemporáneas Época II, Universidad de Colima, pp.135-161, Colima, 1995.
Martín-Barbero, Jesús. De los medios a las mediaciones, México, Gustavo Gili, 296 pp, 1987.
Martín-Barbero, Jesús. “De la ciudad mediada a la ciudad virtual”, en TÉLOS, Nº 44, Madrid, 1996.
Nassif, Ricardo. Teoría De la Educación. Problemática pedagógica contemporánea, Cincel, pp. 102- 105, Madrid, 1980.
Simmel, Georg. Sobre la individualidad y las formas sociales. Escritos escogidos, Universidad Nacional de Quilmes, pp. 194-208, Quilmes, 2002.


Notas

* Comunicación y vecindad: memorias de la sociabilidad en barrios de La Plata, Proyecto P172, enmarcado en el Programa de Incentivos del Ministerio de Educación de la Nación. Directora: Magalí Catino. Integrantes: Virginia Todone, Sabrina Gross, Pablo Pierigh, Soledad Gómez, Miriam Contigiani, Charis Guiller, Susana Martins, Daniel Badenes, Laura Brolese.