Nancy Díaz Larrañaga, María Victoria Martin y Tomás Viviani




Adultos y jóvenes frente al cambio: entre el deber ser y el ocio*


Palabras clave
Socialidad - temporalidades - cambio social - jóvenes - adultos


Las prácticas del mundo adulto

Los adultos entrevistados en el ámbito de la ciudad de La Plata en el marco del presente proyecto de investigación enuncian sus prácticas cotidianas como constitutivas de la estructura de su vida. En este sentido, el día a día es la expresión de lo genérico y no de lo específico. El relato suele construirse desde lo rutinario, en tanto es así y lo seguirá siendo. Esta afirmación reduce el porcentaje de incertidumbre frente al futuro. La probabilidad de continuar con la vida que llevan, a su juicio, parece ser alta, entonces, se produce un efecto de confianza en el mañana. Un mañana cargado de repetición y no de cambios.

La estructura del relato cotidiano se sustenta en el peso de ciertas instituciones por sobre otras. Sin ninguna discusión, el trabajo es la institución que más peso posee en el día a día de los sujetos. Por una parte, organiza los tiempos diarios. Lo que se hace o se deja de hacer está marcado por lo que el tiempo laboral permite u obstaculiza.

El trabajo marca lo rutinario, el tiempo estandarizado. Asimismo, marca un ámbito fuerte de la socialidad en el que se despliega un alto porcentaje de relaciones sociales significativas para la vida del sujeto. En ese sentido, el espacio laboral posee un perfil económico y otro perfil afectivo. Entre ambos, conforman un aspecto sustancial en la construcción identitaria de los sujetos, dada a partir de la pertenencia a la sociedad en estos dos planos.

Es interesante pensar la proyección que estos sujetos poseen de su propio trabajo en tanto continuidad. Esto se nos evidencia como un dato relevante si contextualizamos el presente en relación a otras políticas laborales que fomentaban la incertidumbre. Nos referimos a la llamada “flexibilización laboral” de la década del ‘90, cuando en el país se implementaban lineamientos neoliberales que generaban inseguridad sobre la continuidad en el puesto de trabajo. A la vez, dado que la continuidad dependía del esfuerzo individual, fomentaba la ruptura de relaciones solidarias y afectivas ya que la relación laboral se construía sobre la base de la competencia.

Tal es el peso del ámbito laboral que la ilusión biográfica, parafraseando a Bourdieu, parece mostrar un camino continuo, sin fracturas y deseado hacia el puesto laboral que hoy se detenta (Bourdieu, 1990). Como si el sujeto se hubiera formado y hubiera hecho todo lo necesario para llegar a la meta. Y lo logró. Lo que implica que no hay metas hacia adelante, salvo la continuidad, el mantenerse en el lugar alcanzado. Este peso conservador en los relatos es significativo para pensar en prospectiva, atendiendo a representaciones del futuro y posibles cambios sociales.

Se puede afirmar, en base a las entrevistas y relatos de vida realizados con adultos de la ciudad de La Plata, que la educación se constituye en otra de las instituciones centrales en la vida de los sujetos. El tránsito por la educación, tanto propio como de sus hijos, es un elemento recurrente en las enunciaciones.

La educación parece aportar también dos elementos sustanciales al posicionamiento actual de los sujetos: la legitimación del recorrido vinculado a las capacitaciones y saberes, y nuevamente la trama social. El primero de los elementos parece garantizar la existencia de un motivo o una argumentación a la obtención de determinado puesto de trabajo. La trayectoria formativa avala en gran medida los logros obtenidos. El segundo de los elementos refuerza el ya enunciado en el plano del trabajo. El ámbito de la educación es uno de los ámbitos más señalados cuando se refieren a la trama afectiva y social. Parece ser el origen de varios de los vínculos más significativos en la vida del sujeto, además de la familia. Estos dos elementos constituyen a la educación en otro aspecto importante a la hora de pensar la construcción identitaria.

En varios adultos se evidenció el peso significativo de la educación en el presente, ya que muchos de ellos se siguen capacitando. Sin embargo, la práctica es mayormente recuperada desde el pasado, ya que la educación marcó de modo significativo sus trayectorias. No se visualiza la proyección de la educación hacia el futuro. Si concebimos a la educación como una instancia transformadora de las condiciones de vida de los sujetos, el no proyectar a la educación hacia adelante también puede dar alguna pista de la falta de búsqueda de transformación en el futuro.

Es innegable que la familia constituye otra de las instituciones centrales en la vida de estos sujetos. La trama familiar, en sentido restringido en tanto padres e hijos y en algunos casos hermanos, constituye un apoyo fundamental en la cotidianeidad. La familia estuvo y estará. Esta sensación de continuidad ofrece garantías. Si bien lo que se define como familia cambia en sus integrantes, la familia continúa. Es decir, antes estuvieron los padres, ahora están los hijos, y estarán los hijos y los nietos en el futuro. Los actores se recrean, pero siguen definiéndose como familia.

Aquí aparece el elemento proyectual más fuerte: si hay algo que puede ser diferente en el mañana, es el futuro de la familia. Y para que esto sea posible, los sujetos adultos entrevistados parecen construir día a día. Es una inversión en el propio futuro mediatizada a partir de la familia.

Se dedican muchos momentos diarios a sostener los vínculos sociales. Sin embargo, no se los reconoce como tales, sino que parece ser un tiempo donde no se hace nada, un mero estar, como definimos en nuestra investigación. Sin sentido aparente, los sujetos relatan tiempos compartidos con otros, tomando mate, charlando de cosas “insignificantes”, estando con otros, sin que esto cobre en el relato fuerza significativa en la construcción de su cotidianeidad ni en su construcción identitaria. A pesar de esto, consideramos que este mero estar es clave en el sostenimiento de la trama social, en la socialidad.

Los tres ámbitos institucionales enunciados (la familia, la educación y el trabajo) están asociados, discursivamente, al deber ser o lo correcto. No se cuestionan sus adhesiones, ni sus prácticas. Tampoco el tiempo diario dedicado a ellas. Esta naturalización del reconocimiento institucional, las eleva al nivel de la legitimación. Se podría afirmar que los sujetos necesitaron enunciarlo en las entrevistas y relatos para constituir a su propia enunciación como válida y socialmente correcta.

Algo diferente ocurre con el ocio. Si bien aparece enunciado, se lo hace en menor medida y a veces más como deseo que como práctica efectiva. Se lo asocia a actividades deportivas como deuda pendiente en los quehaceres diarios. Aquí aparece nuevamente el relato social: el deporte como saludable, como práctica que todos los sujetos deberían realizar. Se asocia el deporte al pasado, a alguna actividad realizada, la cual quisieran retomar. Pero no hay proactividad evidente en los discursos, sino mero deseo o construcción de una situación idílica.

El otro tipo de ocio legitimado es el encuentro con amigos. Aparece esporádicamente, aunque también está asociado al deseo o a aquello que quisieran realizar más. Sin embargo, no se enuncian otros tipos de pasatiempos. Esta falta de referencia instala la pregunta sobre la posible asociación a la “pérdida de tiempo” que la práctica de otras actividades recreativas generaría, o el lugar legítimo —o ilegítimo— que tiene en la sociedad.

El tiempo del ocio puede ser asociado, también, al tiempo creativo, a aquel tiempo donde nos damos permiso para hacer lo que no hacemos habitualmente; capaz de romper la rutina, de recrearla. Al minimizar el tiempo de ocio, se podría correr el riesgo de minimizar a su vez las prácticas transformadoras. Sin embargo, la potencialidad de que una práctica fomente el cambio social no se asocia únicamente a su relación con el ocio. En ese sentido, más allá que los adultos releguen prácticas lúdicas y de creación no implicaría, a priori, que carezcan de prácticas transformadoras. No obstante, el relato de los sujetos adultos las enuncian como rutinarias quitándoles este posible potencial, anclándolas en el ámbito de la conservación.

La participación en el mundo joven

Por su parte, el relato joven aparece estructurado mediante una mirada del mundo que es pesimista, nostálgica del pasado. Los jóvenes hacen un balance negativo de la sociedad, a la que ven configurada a partir de la globalización, las políticas neoliberales, y el avance de las nuevas tecnologías de comunicación y perciben que el mundo, antes de esa configuración, era un mejor lugar para vivir.

Esto parece relacionarse con la descripción que hacen de la vida urbana —principalmente referida a los centros urbanos, ya que se manifiestan diferencias con la “periferia”—, a la cual perciben como estresada debido a la primacía de lo cronológico.

De alguna manera, los jóvenes con los que trabajamos representan la generación que más marcadamente vivió los cambios de la década del ‘90, son migrantes digitales, y vivieron una infancia que no sienten que pueda ser vivida por las generaciones precedentes, debido a los mencionados cambios en las formas de vida.

Por su parte, la matriz neoliberal, representada por la lógica del consumo, aparece ligada no solamente a aspectos materiales, sino también impregnando los lazos sociales y afectivos. Esta matriz, además, tiñe de un sesgo individualista las percepciones juveniles. Debido a esto, la proyección a futuro es muy tibia, es en soledad, y las miradas colectivas son escasas e incipientes.

Tratando de rastrear la socialidad, entendida como formas de vivir el mundo, a partir de las relaciones entre lo público y lo privado, hemos encontrado algunas claves en la reconfiguración de tres territorios: el barrio/lo urbano, lo público, y lo político.

Lo urbano remite a una definición del barrio como referencia a un pasado sobre el que se proyecta cierta nostalgia, al ser un espacio que en algunos aspectos logra escapar de la lógica de la ciudad, ligada al estrés, la contaminación y un ritmo de vida vertiginoso delimitado por las obligaciones. El barrio aparece como la “periferia” en oposición al centro, que es donde se plasman las características de la ciudad contemporánea, apurada.

Es en el barrio donde todavía se pueden llevar a cabo ciertas prácticas que lo configuran como un espacio público, de encuentro entre amigos, familiares, vecinos. De todas formas, está presente la sensación de cierto avance del centro sobre los barrios, en tanto que si bien prácticas como que los chicos jueguen en la calle, o los vecinos se sienten en la vereda a charlar siguen vigentes, son menos recurrentes que en otros tiempos.

Este avance del centro sobre la periferia, con la consecuente modificación de las formas de habitar el barrio, es un fenómeno sincrónico al avance de las nuevas tecnologías, territorio en que los jóvenes son los sujetos más interpelados. Entonces, sumado a las nuevas formas de habitar el barrio, se difunden las tecnologías que alientan un retraimiento a la esfera privada. Y son los jóvenes los que mayormente manifiestan un retraimiento al ámbito privado por excelencia, el hogar, mediado por el uso de las tecnologías en comunicación.

Este retraimiento al hogar es una forma de resguardo a esa vida estresada, apurada e individualista de la urbe, y los espacios de encuentro se construyen a partir de la mediación tecnológica. Los jóvenes se vinculan entre sí, y con otros grupos a través del uso de teléfonos celulares, chat, redes sociales, comunidades virtuales y juegos en red, generando una suerte de espacio público virtual.

Además, ese retraimiento al ámbito privado tiene que ver con diferentes aspectos relativos al momento de sus vidas, como la finalización de la carrera de grado, la búsqueda de empleo, el regreso al pueblo de origen en el caso de los que se mudaron a estudiar, el deseo de independizarse, o la construcción de la familia propia.

De todos modos, el uso de las tecnologías como espacio para la socialización modifica el sentido de lo privado, haciéndolo cada vez más público en tanto que ciertas informaciones que antes quedaban relegadas al círculo de íntimos se hacen cada vez más abiertamente visibles, a causa de las lógicas de las plataformas digitales.

Otra dimensión interesante en las representaciones juveniles es la construcción de lo político. Los jóvenes lo perciben ligado a lo partidario. Además, con intenciones de interpelación a la población general circunscripta a momentos electorales, en contraposición con quienes viven a la política como carrera o profesión, cotidianamente atravesados por lo político.

Esto, a su vez, repercute en la definición de lo público en tanto que los jóvenes entrevistados entienden que la responsabilidad sobre lo público depende de la clase política. Ahora bien, sobre esta clase no hay depositadas expectativas positivas, ya que las representaciones son manifiestamente negativas: si lo público depende del Estado, y éste está manejado por una clase que no aparece bien vista, lo público no aparece como un espacio deseable para su apropiación, y menos aún para su construcción.

Entonces, la socialidad en los jóvenes aparece mediada por otros ámbitos. Por un lado, lo laboral se construye como un ámbito descripto como la instancia de aporte a un grupo social más amplio, mientras que las relaciones afectivas quedan reservadas para el ámbito privado. En este sentido, el espacio público aparece como el espacio transitado, que no se vive ni se construye sino que es mero nexo entre diferentes espacios privados.

Otro territorio clave en las prácticas juveniles se construye en base al consumo, ligado al desempeño de actividades culturales, y a la construcción de una cultura de la noche. En estos casos, lo público y la participación se articulan a partir del encuentro con amigos, pares, y en relación a los momentos de ocio, es la dimensión del goce.

Finalmente, el mencionado rol de las nuevas tecnologías, a partir de las cuales lo que antes obligaba al encuentro cara a cada, ahora puede darse mediante vinculación tecnológica. Más allá de la asociación del hogar como espacio privado frente a la ciudad como lo público, la mediación tecnológica permite entablar relaciones interpersonales sin transitar lo público entendido en sentido tradicional, pero configurando un nuevo espacio público virtual.

Entonces, entre un pasado que se mira con nostalgia, y que se construye más que por su vivencia, por el relato de la vivencia de otros, y un futuro que no se ve colectivamente —ante la imposibilidad de mirar en largo plazo, por los vertiginosos cambios que esta generación ha vivido en el transcurso de su vida, pero también por el devenir de la historia del país— aparecen estas áreas de resguardo, en las que se manifiestan algunas formas de participación, como la apropiación de espacios a partir del consumo y la participación virtual desde las redes sociales, entre otras.

Por su parte, la preocupación por el futuro, da cuenta de un sesgo individualista y positivista —en relación a que una formación académica, sumada al esfuerzo, es el camino a la prosperidad—. En este sentido, el futuro se construye estudiando, capacitándose, formándose, y no a través de la participación y construcción colectiva en términos tradicionales.

Bibliografía
BOURDIEU, P. Sociología y Cultura, México D.F., Grijalbo, 1990.

*Representaciones temporales y prácticas sociales: invariancia o cambio, Proyecto P146, enmarcado en el Programa de Incentivos del Ministerio de Educación de la Nación en el período 2007/2011. Directora: Nancy Díaz Larrañaga. Co-directores: María Victoria Martin, Gabriel Cachorro. Integrantes: María del Pilar Ramírez de Castilla, María Antonieta Teodosio, María de la Paz Echeverría, Luciano Grassi, Alexandra Navarro, María Cecilia Mainini, Tomás Viviani, Pablo Bylik.