Magalí Catino y Alfredo Alfonso




Conceptos claves e itinerarios sobre las transformaciones: comunicación, cultura, educación…*


Contenido
El lugar de las preguntas y los itinerarios
La creación–transformación
La educación
Lo político y la política
Bibliografía
Notas


El lugar de las preguntas y los itinerarios

La opacidad y densidad de los profundos procesos de transformación, acelerados y agudizados desde la última década del siglo pasado, señalan una crisis o des-centramiento que, en América Latina, se haya inserto desde su modernización compulsiva y que se aceleró en el profundo des-ordenamiento de la experiencia social y cultural que introdujo la globalización. Se conjuga esto con los complejos y cambiantes procesos de transformación de las relaciones entre “Estado” y “Sociedad”, de la fragmentación del poder social, los cambios en la socialidad urbana, la transformación de lo político y del espacio público, entre otros.
Esta transformación del paisaje social implica aceptar las interpelaciones, y situarnos, desde un lugar que el que nos autoricemos a replantear las teorías y las estrategias metodológicas de abordaje de estas nuevas realidades.
Abordar un enfoque comunicacional de la problemática de las transformaciones de la cultura y su dimensión formativa/ educativa es una tarea compleja que implica explicitar los recorridos propuestos desde los marcos epistemológicos desde los que se sitúa, ya que involucra construir una mirada que transversalice la articulación de distintos campos conceptuales. El desafío asume la recuperación de la pregunta sobre todo en aquello que se presenta como más obvio, y al mismo tiempo, construir un acuerdo entre el investigador y el investigado. Reconociendo en el sentido que marca Gadamer con la noción de “acuerdo”, en donde la realidad investigada cambia, según el marco teórico desde el que se la estudie, pero también cambia el marco teórico frente a la nueva realidad.
Asistimos actualmente a profundos procesos de transformación que provocan constantemente nuevos modos de comunicación, nuevas tecnologías, nuevas relaciones y procesos sociales. Se trastocan y redefinen nuestros tiempos y formas de socialidad y las maneras en que damos sentido a la vida cotidiana. Lo exiguo aparece dando visibilidad tanto a las dimensiones micro y macro como a los procesos de transformación. Es necesario pensar en un horizonte, en la producción de conocimiento que sitúe la aparición de manera central de la pregunta, la problematización, de las transformaciones en las dinámicas culturales y en la vida cotidiana lo cual demanda un esfuerzo de investigación que permita hacerlas visibles y que posibilite ir abordando la complejidad de los procesos de producción y mediación simbólica y material en este momento histórico. Se podrían enumerar específicamente estas problemáticas: procesos de hibridación, desterritorrialización y reterritorialización, fragmentación y segmentación social, transformaciones de los sujetos y formas de constitución de identidades, modos de subjetividad y de institucionalidad; de la relación inclusión/ exclusión, de lo público y lo privado, de lo político y la política, el poder y la hegemonía y de nuevas formas socioculturales.
La creación–transformación 
Hacer eje en la dimensión transformadora posibilita situarse en un lugar de reconocimiento y redefinición, que abre la instancia de la pregunta, de la posibilidad. Esto genera y aproxima a un recorrido que no cierra en aseveraciones definitivas los lugares desde los que pensar y actuar, sino justamente plantea la posibilidad de desafiar nuevamente las maneras en que construimos y naturalizamos nuestras reflexiones y acciones.
Abordar estos procesos de transformación es un complejo desafío ya que involucra tratar de desarrollar una mirada que problematice y genere un diagnóstico de los objetos problemas del campo de lo humano/ social de manera tal de poder identificar aquellos núcleos que nos interpelan y nos desafían en la construcción de una mirada comunicacional/ cultural/ educativa.
Por otro lado, involucra abordar cómo comprender la dimensión de lo “nuevo”. Abordar la dimensión de lo nuevo, de la transformación, es adentrarse en la dimensión de la posibilidad de creación de los sujetos y del cuerpo social. Esto implica considerar la dimensión de la constitución social del sujeto como un proceso de no-determinación, como un proceso en el que el sujeto se constituye sólo a partir de que lo social se inscriba en él y que él se inscriba en lo social. Desde distintos desarrollos teóricos se plantea que la constitución social del sujeto se da en la medida en que los otros sujetos y las cosas sean significativas para él. En esta línea diferentes autores plantean a la constitución del sujeto social a partir de la noción de interpelación, es decir que el sujeto social se constituye en prácticas sociales diversas, mediante interpelaciones de distinta índole que aluden a múltiples polos de identidad: racial, de clase, nacional, sexual, generacional, etc. Para Castoriadis situar esta temática involucra centralmente considerar el proceso de sublimación, es decir, el proceso por el cual se canaliza la pulsión, se sustituyen objetos privados cargados libidinalmente por objetos públicos que sean soportes de placer para el sujeto. Este proceso permite el acto de creación o de transformación, la capacidad de imaginación. Creación como capacidad de hacer surgir lo que no está dado, de generar nuevas formas, es lo que permite para Castoriadis “crearnos un mundo”.
Tanto el sujeto, como toda producción cultural y social, tienen una historia. La historia individual y social posibilita la constitución del yo, involucra la posibilidad de tener un proyecto identificatorio, que requiere el relato fundante, un tiempo historizado, un pasado que posibilite la proyección hacia un futuro. Esta posibilidad de crear un mundo, y crearse, no sólo pasa por la dimensión simbólica sino también por la material. De esta manera, y recuperando el sentido en que lo desarrolla R. Williams, la materialidad de la producción artística o creativa es la irremplazable materialización de ciertos tipos de experiencias a partir de nuestra socialidad que va más allá de la lógica de producción de mercancías. Tanto el lenguaje como la forma son procesos constitutivos de referencias, significados y valores.
El proceso de desinstitucionalización de los lugares de certidumbre, la crisis de hegemonía o representación de ciertas instituciones modernas (como la escuela, los partidos políticos, los sindicatos, las instituciones de formación docente, etc.), de identidades fijas y de prácticas culturales marcadas por aquella institucionalidad, instauran en el sujeto y en el cuerpo social la necesidad de condensar sentidos reconstruyendo y resignificando éstos en ciertos espacios, lugares y relaciones nuevos. Lo instituyente opera desde la especificidad local/ global de los procesos y los sujetos. Es así que, en el sentido en que lo desarrolla Bourdieu, lo propio de las representaciones oficiales es instituir los principios de una relación práctica con el mundo natural y social en palabras, objetos, prácticas y, sobre todo, en las manifestaciones colectivas y públicas, en donde el grupo se muestra como tal, en su volumen y estructura, en su forma secularizada.
La educación
Las modalidades de educación que conformaron la sociedad occidental, fueron el resultado de un complejo proceso histórico marcado por continuidades y rupturas. Desde fines del siglo pasado, estas se vieron sustancialmente definidas dentro de los relatos referenciadores del proyecto de la modernidad y marcadas por la manera en que se institucionalizó el pacto de regulación social. Es necesario reconocer y reconstruir este escenario en un sentido genealógico, de manera tal de considerar que la práctica educativa es una espacio de producción de sentidos diversos y antagónicos que pugnan por constituirse en hegemónicos.
Abordar la educación como una práctica social, es decir dentro de, por y para la sociedad nos lleva necesariamente a despejar conceptualmente, complejizar y profundizar aquellos puntos que nos permitirían empezar a pensar, por un lado, en la amplitud y diversidad y, por el otro, en la especificidad de los procesos y prácticas unificados bajo el significante “educación”. Recuperamos en este sentido algunos puntos de reflexión que se plantean desde la pedagogía crítica, para interpelarnos acerca del carácter formativo/ educativo de ciertas prácticas sociales.
Reconociendo el carácter abierto de la educación y por lo tanto la imposibilidad de describir o indicar exhaustivamente todos las características, componentes y prácticas que podrían definir lo específico de la educación. En un intento de aproximarse a la especificidad de los procesos educativos despejamos las siguientes características, que consideramos dan identidad “educativa” en determinados momentos a ciertas prácticas sociales:
- El proceso educativo es un proceso de producción, renovación y/o transformación, de prácticas y sentidos, tanto en su dimensión individual como social, entendiendo estas últimas como separables sólo en un sentido analítico.
- El carácter relacional y relacionante de toda práctica educativa, es decir, que puede ser considerada como tal en la medida en que se establezcan ciertas relaciones entre elementos dentro de una constelación social determinada, frente a la consecución de un proyecto. Se comprende entonces que el “diálogo” es sostén necesario de la relación pedagógica para al mismo tiempo trascenderla e insertarse como una praxis política. Esta mirada relacional y relacionante ubica al mundo como mediación en la construcción y constitución de los sujetos y sus prácticas.
- El carácter precario e inconcluso de la educación en el sentido de que nunca puede llegar a una situación de estabilidad final, de sincronía, de cierre entre educador/ saber/ educando. Sin dejar de considerar, además la relación macro/ micro, es decir los factores que penetran y transforman al mismo desde múltiples dimensiones. Se constituye entonces como un proceso complejo, constituido a través de una doble dialéctica, interna y externa del proceso educativo.
- El carácter prospectivo de todo proceso educativo, es decir, como proceso que involucra una temporalidad, como realización de un proyecto de hombre y de sociedad. El componente utópico como “denuncia de una realidad” y “anuncio de otra nueva”, buscando producir transformaciones de la realidad o construir realidades posibles. El tiempo, así, se despoja de ser una categoría abstracta para llenarse de un “contenido”.
- La conflictividad constitutiva de todo hecho educativo. La proyección política del proceso educativo forma parte de la naturaleza social del mismo. Involucra reconocer que es un proceso esencialmente político, en tanto implica un espacio de lucha por la construcción del conocimiento (individual y social) acerca del sentido social, económico y cultural de enseñar y de aprender determinadas visiones del mundo y modos de intervenir en él.
- La tensión y la cuota diferencial de poder que se construye en la relación de los sujetos y el conocimiento. Este proceso involucra que en el centro sea colocada una figura, uno o más seres discursivos en los cuales se pueda creer como si fuesen reales. El Otro permite una función simbólica, en la medida en que da al sujeto un lugar de apoyo. La referencia común a un mismo Otro permite a los diferentes individuos “pertenecer”.
Recuperar estas categorías nos permite abordar la reflexión acerca de aquellos espacios sociales desde los que los sujetos construyen conocimiento, definen formas de ser y de intervenir en el mundo, producen formas culturales y se constituyen como sujetos políticos y sociales. Reconocer el carácter formativo de estos espacios involucra entender a la formación como un proceso situado, sobredeterminado por un contexto socio/ histórico/ político. Avanzando en la dirección de una formación del sujeto, que permita el distanciamiento de su contexto, “requiere colocar en la base del proceso de construcción de conocimiento y de la formación del sujeto, una subjetividad que considere la naturaleza constituyente” (Zemelman, H. ). Este proceso permitiría cuestionar los límites de lo “cognitivo” desde una pluralidad de lenguajes necesarios para distanciarse de las construcciones de sentido de lo dicho, para situar en el centro del proceso aquello por decir.
Lo político y la política
Reconocemos a la ciudad como ámbito de la política. Política en el sentido en que convergen multifacéticas, opacas, confusas y dinámicas modalidades de producir sentidos y de formar sujetos. En el proceso de organización jurídico–político de las sociedades modernas fue central el papel de la escritura, actualmente hay una preponderancia de las culturas orales secundarias en la configuración de lo político. Cabe recordar que la política tiene por objeto producir un sujeto, que no es una práctica de reconocimiento de los intereses subjetivos que luego representa, sino que construye o constituye los propios intereses que representa (Laclau, E. y Mouffe, Ch., 1987). En términos gramscianos es desarticulación y rearticulación de elementos característicos de las prácticas hegemónicas. Las sociedades actuales se enfrentan en la proliferación de espacios de lo político radicalmente diferentes, que exigen revisar el lugar único y constitutivo de la política. La política oficial, asentada sobre todo en la institucionalidad de lo partidario en la modernidad, implica hoy una despolitización de lo político en la sociedad. Porque la gran estrategia civilizatoria, no logra en la historia ni integrar ni disolver el antagonismo comunitario, es decir que la política no logra integrar–disolver lo político como expresión de aquel antagonismo. La política se restringe centralmente a los fenómenos relacionados con la representatividad y con la organización institucional. Lo político, en cambio, refiere a una compleja configuración de distintas manifestaciones de poder, incluyendo a la política y que, como tal, reconoce la relativa autonomía en el desarrollo de distintas esferas de la vida sociocultural y se rige según una lógica de cooperación–antagonismo entre voluntades colectivas.
En el marco de estas referencias centrales, cobra sentido el concepto de politicidad desde una nueva acepción. Este concepto, hegemónicamente trabajado en la esfera del marketing político y en prácticas vinculadas a lo electoral (encuestas de opinión e intereses, formas de reconocimientos o distancias con el/los candidato/s, instancias de negociación en el clientelismo político, etc.) o desde el lugar de la impronta con la que el sujeto arriba al mundo de la política, nos interesa desde otro sentido. Al revistarlo pensamos en una mirada que lo enuncie desde otras dimensiones. Así pensamos que la politicidad o las nuevas formas de su expresión, están ligadas a prácticas sociales emergentes, diferenciales, de grupos o movimientos sociales que se constituyen desde sus propios códigos, resignificando discursos, trayectos y constituciones.
En esta etapa de la vida política argentina estas nuevas representaciones de la politicidad empiezan a reconocerse con prácticas tradicionales de la política en la medida que se exprese desde nuevos gestos. Es un proceso de acuerdos en el marco de la necesidad por sentir y proyectar futuro. Podemos decir que las nuevas formas de la politicidad y los sujetos de representación que encarnan una revisión en las prácticas políticas o, al menos, un regreso a las formas que están instaladas con otro humor en la memoria social, empiezan a producir encuentros, es decir, adquieren visibilidad. Visibilidad entendida como calidad de visible. Según la definición en el campo de la meteorología que refiere a la transparencia de la atmósfera, que se define por la distancia máxima a la cual se perciben los objetos. Se trata por lo tanto de intentar dar visibilidad, es decir que, es necesario asumir el desafío de construir los lugares desde los que pensamos, preguntamos e interpretamos en un sentido hermenéutico.
El esfuerzo es aportar elementos comprensivos desde los que se pueda develar por dónde pasan las respuestas sociales y las formas culturales y cuáles son los lugares de certidumbre e incertidumbre de la cultura urbana. A partir de allí posee también relevancia empezar a reconocer cuáles son los espacios y los lugares de referencialidad en los que los sujetos se constituyen, cuáles son las formas y lugares de socialidad, cuáles son las formas y los sentidos de lo político, cuáles son los lenguajes y las prácticas sociales y culturales emergentes, alternativas y si estas tienden a reproducir o a transformar las relaciones sociales vigentes; si contribuyen a fortalecer el conformismo social o a instituir distintas formas de oposición posibles de articularse en acciones de resistencia.
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Notas
* El presente trabajo se inscribe en el Proyecto de Investigación: “Constitución de sujetos y polos de identificación en la cultura mediática” y dentro del Subproyecto: “Nuevas formas de politicidad: identificaciones constitutivas de sujetos y visibilidad mediática” dirigido por el Mg. Jorge Huergo Fernández, codirigido por el Lic. Alfredo Alfonso e iniciado el 01/05/00. Forman parte del equipo de investigación: Magalí Catino, Gabriela Marano, Daniel González y Federico Araneta.