María Silvina Souza




El espacio público como objeto transdisciplinario.
Cruces y transversalidades*


“Se edificó la casa para estar en ella, vivir en ella, pero la ciudad se fundó para salir de la casa
 y reunirse en otros espacios dentro de la ciudad,
con otros que también salían de sus casas”. (Pierre George)

Contenido
Confluencia e intercambio
Continente y contenido
Del dominio de todos
Circulación y encuentro
Creación de identidad
Bibliografía
Notas

Este trabajo se inscribe dentro de un contexto más amplio de indagación y reflexión acerca del espacio público urbano -es decir, de las superficies hipersensibles a la visibilidad, de los deslizamientos y de las escenificaciones- y de sus posibilidades de representación. Aquí me propongo reseñar reflexivamente los aportes conceptuales que se vienen desarrollando desde diversos campos de análisis, con el fin de establecer categorías analíticas para la interpretación de la problemática urbana, a partir de los usos sociales y territoriales de este espacio.

Es así que considero indispensable situar este trabajo en los diversos ejes que distintas disciplinas han trazado respecto del estudio del espacio público. La propuesta es explorarlos e intentar desarrollar una aproximación conceptual multidisciplinaria que establezca cruces, paralelismos y especificidades para su análisis. En este sentido, se tomaron para el estudio diferentes indagaciones y conceptualizaciones provenientes de disciplinas tales como la Arquitectura y el Urbanismo, la Antropología urbana, la Sociología urbana, la Geografía cultural y urbana y el Arte y la Comunicación.

Es necesario destacar que las lecturas realizadas y las conceptualizaciones vertidas en este punto corresponden -en general- a autores que desarrollaron sus investigaciones en el ámbito de América Latina y España. Teniendo en cuenta la vastedad del campo conceptual relevado, y las competencias específicas que se requieren para su comprensión -y que se fueron aprehendiendo en cada caso-, consideré necesario recortar el ámbito geográfico de las producciones teóricas elaboradas al respecto; por tanto, el corpus relevado no debe tomarse como exhaustivo ni definitivo. Asimismo, por cuestiones espaciales, en esta instancia sólo daré cuenta de ciertas nociones sobre el concepto de espacio público que han sido trabajadas desde la arquitectura y el urbanismo.

Confluencia e intercambio

Pablo Gamboa (2000), arquitecto y profesor del Departamento de Urbanismo de la facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia, nos propone una mirada histórica y se refiere al espacio público como un concepto ante todo urbano; es decir, que está y ha estado relacionado con la ciudad, pues es allí donde surgió. Es en la ciudad, lugar de la civilización y la cultura, donde aparece aquel “dispositivo topográfico y social capaz de hacer eficaz al máximo el encuentro y el intercambio entre los hombres”, puesto que es precisamente el espacio que posibilita el encuentro y el intercambio, actividades que están en el seno mismo de la definición de una colectividad, de una sociedad. Podemos deducir entonces que el espacio público o, de una manera más amplia y articulada, el espacio colectivo es o debe ser el espacio más importante en la ciudad, puesto que allí se realiza la actividad fundamental para la colectividad que la habita. De otra manera, podríamos decir que es el espacio público el que hace a la ciudad y la diferencia de una simple agrupación de casas y edificios.

Siguiendo el análisis de Gamboa, al ser la ciudad un hecho histórico, el espacio público también lo es; hace parte de las manifestaciones culturales de una civilización, que es siempre limitada en el tiempo y en el espacio. En este sentido, el autor colombiano se pregunta cuál es el espacio público de la ciudad actual, de la ciudad moderna, y qué se entiende por espacio público o qué significados ha tenido este concepto en los últimos tiempos. A partir de aquí, el estudio comenzará a girar en torno al origen mismo de la ciudad moderna, situando el análisis en el siglo XIX específicamente.

Según este autor, el ascenso de la burguesía, la política liberal, la industrialización, el auge económico y la conformación de los estados nacionales llevan a un exagerado crecimiento urbano y a la aparición de necesidades que reclaman la presencia de nuevos “equipamientos civiles”: escuelas, bibliotecas, hospitales, cárceles, oficinas de correos y de administración, pero, sobre todo, de nuevas funciones comerciales y culturales dedicadas al tiempo libre, al encuentro y al intercambio como cafés, teatros, parques, grandes almacenes y pasajes comerciales. El espacio público, la continuidad vial, va a ser el aglutinante de todo esto, siendo también en sí mismo un nuevo equipamiento colectivo que se difunde en el territorio urbano, que da una nueva imagen a la ciudad, basada en la estetización del espacio público, en el decoro y el ornato, en el orden y la funcionalidad que satisfacen las necesidades prácticas de una sociedad con nuevas formas de socialización. París va a ser el modelo de este gran cambio y la nueva calle, el bulevar, su expresión más concreta.

Sus amplias aceras arborizadas, el alumbrado público y el amoblamiento urbano conforman un nuevo espacio, accesible a todo el mundo y democrático, que abre “la totalidad de la ciudad, por primera vez en su historia, a todos sus habitantes”. Es, además, un espacio pensado para reunir una gran cantidad de personas y, al nivel de la calle, animado por la presencia de comercios y tiendas de todo tipo, restaurantes y cafés en todas las esquinas. El bulevar se va a convertir muy pronto en el escenario de la nueva vida en la ciudad, en un interior urbano en donde muchos comportamientos privados se exteriorizan y salen a la calle, puesto que es posible estar solos en medio del gentío, del goce de lo social, del ver y ser vistos, del desfile en donde lo efímero, la moda y la apariencia imperan en una esfera pública donde la nueva sociedad burguesa disfruta contemplándose a sí misma.

El sistema de bulevares, visto a escala urbana, es esencialmente una red de comunicación que se extiende a toda la ciudad uniendo entre sí nuevos puntos estratégicos -por ejemplo, las estaciones del tren-, y a estos con las demás áreas o lugares de importancia. Este sistema se relaciona con los ya existentes -los parques y el amoblamiento-, y juntos conforman el espacio público de la ciudad. Cada escala de parque -los de gran escala, en las afueras de la ciudad; los sectoriales, al interior de la ciudad; y los parques o jardines de barrio, estrechamente relacionados con las áreas residenciales-, si bien posee finalidades específicas, es construida a partir de la recurrencia de los mismos elementos paisajísticos: arborización, senderos, plazoletas, jardineras, fuentes y espejos de agua, produciendo un espacio público en los mismos términos de los bulevares. Es decir, abierto a todo el mundo, confortable y agradable a la vista, pero no destinado al juego u otras actividades similares -por ejemplo, está prohibido pisar el césped de los jardines- ya que fue pensado, únicamente, para la contemplación pasiva, como otro escenario urbano para las nuevas relaciones y necesidades sociales.

El bulevar y el parque son, además, expresión de una nueva estética urbana hecha de nuevas perspectivas, donde la arborización y los edificios públicos juegan un papel preponderante, y además cuidada hasta el detalle, pues todo se realiza a partir de los mismos elementos constructivos e industrializados, entre los cuales el sistema del amoblamiento urbano se destaca por su belleza y funcionalidad.

Este nuevo sistema de espacio público posee, además, como espacio exterior, una forma concreta, finita y controlada formalmente; delimitada por la paramentación continua de los edificios que generalmente, y acorde a las reglamentaciones previstas, tienen la misma altura. De este modo, y como señala Gamboa, sobre el fondo homogéneo de los edificios construidos emerge la figura del espacio público en donde se destacan los grandes equipamientos, los monumentos, los parques y los jardines públicos.

Continente y contenido

También desde la arquitectura y el urbanismo, pero incorporando conceptos de las ciencias sociales, Fernando Viviescas[1] (1997) -en un análisis situado esencialmente en el escenario de la ciudad colombiana[2]-, se refiere al espacio público como sustento jurídico-político de la expresión autónoma y de la creatividad individual, para la socialización, la crítica, la decantación y depuración colectiva de los planteamientos, de los criterios, de los imaginarios y, también, como entidad física, como continente y determinante de la calidad de lo que se dice, de lo que se piensa, de lo que se juega y de lo que se diverge. Espacio público, entonces, como cualificador de la existencia individual y colectiva, y del ejercicio, uso y disfrute de la ciudadanía.

El espacio público es para este autor, en lo esencial, el ámbito de la expresión, de la confrontación y de la producción cultural -artística, científica, política-; de los intereses y concepciones de la existencia, tanto material como espiritual del hombre, que en la competencia de su exposición pública conformarían el magma desde el cual se constituye el basamento de la sociedad como conjunto (y, eventualmente, de su transformación). Es un espacio de confluencia, un recipiente y, al mismo tiempo, un crisol del cual surgen nuevas perspectivas, políticas y culturales, imaginarios creados y recreados en el encuentro de todos ellos en su realidad viva, es decir, también en movimiento.

Es el campo de la prensa, de las publicaciones, de las emisiones y recepciones de las telecomunicaciones; del parlamento, del legislativo, de la libertad de pensamiento y de expresión; de la participación de todos y cada uno de los ciudadanos en la confrontación y aporte de aquellos pensamientos, propuestas y discusiones que constituyen la esencia de lo que el pensamiento político contemporáneo ha venido a consagrar como el ejercicio de la ciudadanía. Asimismo, es el contexto de reconsideración del presente y del futuro, pero también del reconocimiento crítico del pasado; del replanteamiento de la vigencia del tiempo y del espacio; del encuentro con la historia y de su reformulación.

En definitiva, es el ámbito del intercambio, del habla y, en consecuencia -como lo han podido demostrar campos tan disímiles como la filosofía y la biología-, el espacio de la reflexión: la palabra humana presupone el pensamiento y la imaginación.

Por otro lado, instituye la componente simbólica en la espacialidad ciudadana. Además de ser el atributo que sobre la geografía, y mediante la arquitectura, determina en mayor grado la componente morfológica de la ciudad (forma con la cual ésta se localiza sobre la tierra y se identifica en el concierto de centros urbanos del mundo), a diferencia del transporte, de la vivienda, de los servicios públicos domiciliarios y del suelo, el espacio público tiene la presencia real y se juega su eficacia, como partícipe y condicionante de los modos de existencia instituidos en la urbe, más allá del entorno meramente físico.

Y junto a las funciones materiales y tangibles que tiene que cumplir en los escenarios cotidianos -en tanto soporte físico del desarrollo de las actividades que pretenden satisfacer las necesidades urbanas colectivas que trascienden los límites de los intereses individuales-, y las cuales cumple desde y dentro de las lógicas económica, social, política y ambiental, el espacio público configura el ámbito del despliegue de la imaginación y la creatividad, el lugar de la fiesta (donde se recupera la comunicación de todos con todos) del símbolo (de la posibilidad de reconocernos a nosotros mismos), del juego (en tanto hacer comunicativo), del monumento, de la efemérides y de la religión.

La complejidad de la consideración de este atributo radica, para Viviescas, en que, por un lado, soporta físicamente, dando forma a la materialización de la ciudad actual pero, por otro -entendido y aceptado, esto es, buscado, pues se trata siempre de una opción política que hay que construir-, es el continente que hace posible, y eventualmente determina, el proyecto de ciudad y de sociedad que una formación socio-histórica se pueda proponer hacia el futuro. Dicho de otro modo, es el continente, no sólo de la reproducción de la sociedad en la cual se inscribe la ciudad sino, al mismo tiempo, de la posibilidad de la propuesta nueva porque allí se instala, físicamente y en toda su capacidad, la diferencia, la otredad, la diversidad y la polifonía de las visiones del mundo.

Viviescas es aún más categórico: ni las casas (los proyectos de vivienda), en las cuales se reproduce la familia -a su vez, célula fundamental de la reproducción de la sociedad-, ni el transporte, ni los servicios domiciliarios -que apenas pueden tener un funcionamiento instrumental para el sostenimiento de la ciudad como soporte del desarrollo económico- ni, muchísimo menos, el suelo (y sus avatares de fluctuación de precio) ni los equipamientos o edificaciones (administrativas, asistenciales, religiosas, etc.), por y para el funcionamiento de la sociedad, pueden dar albergue o propiciar comportamientos cuya lógica difiera de la que repite y sostiene inalterable a la sociedad que los produce para eso: para que la reproduzcan. Ese rompimiento sólo es posible en el espacio público porque ese es el único atributo de la ciudad donde, por su propio funcionamiento, es factible el despliegue (individual y colectivo) de la creatividad y de la imaginación.

Es importante recalcar que para este autor apenas se trata de una posibilidad, ya que para lograr que allí se generen o consoliden movimientos alteradores y transformaciones radicales de la sociedad es preciso que se liberen las dinámicas psíquicas y políticas de la imaginación, del pensar y de la creatividad; que los descubran, propongan y desarrollen. Es decir, tales eclosiones sólo son factibles como consecuencia del devenir propio del espacio público pues no pueden generarse sino en el intercambio y crítica de las formulaciones imaginarias que se propondrían (en el ejercicio de la comunicación y de la expresión) unos a otros los hombres y mujeres de una sociedad puestos en conversación, en discusión, en un momento histórico dado y porque una vez dinamizadas estas actitudes sólo pueden desarrollarse por la potenciación del mismo ejercicio del uso del tiempo y el espacio público.

Del dominio de todos

Al indagar sobre el sentido de lo público, Alberto Saldarriaga Roa (1999)[3] sostiene que lo público es aquello que pertenece a todos, al “pueblo”. El público es un conjunto de ciudadanos que voluntariamente presencian un evento. La diferencia semántica en el significado del término “público” parece tener una relación directa con la manera en que se mira y se maneja el espacio público en la ciudad. Para unos es el inmenso terreno donde la ciudadanía se reconoce a sí misma; para otros, un lugar hecho para ser observado a distancia, como si fuera un evento.

Según este autor, lo público es el dominio de todos, pero no la “tierra de nadie”, no es anárquico. En él se establecen regulaciones, provenientes de las costumbres y de las regulaciones formales, que permiten o restringen presencias, actividades y significados diversos. Lo público es un dominio en el que se ejecutan los ritos de una sociedad: encuentros y desencuentros, intercambios y negociaciones, proclamaciones y celebraciones. En el dominio público los ciudadanos son -o deben ser- iguales. La desigualdad genera conflictos y desavenencias. El sentido de lo público está directamente ligado al espíritu de la democracia.

Saldarriaga Roa afirma que el espacio público sirve para todo aquello que es de interés público y también para todo aquello que atrae un público y esto sucede desde su mismo origen. El Ágora ateniense fue un amplio espacio donde se congregaron políticos, jueces, sacerdotes, vendedores, traficantes y ciudadanos; es decir, todos aquellos que tenían que ver, de una u otra manera, con la vida y el destino de la ciudad. Tenochtitlán, la capital del imperio azteca, fue un populoso lugar lleno de mercados y salpicado de templos donde se efectuaban múltiples rituales religiosos. La vitalidad del espacio público ha estado siempre asociada a la presencia activa de ciudadanos, mientras que lo contemplativo aparece tardíamente, como respuesta a un modo de vida en el que las actividades fueron encerradas en edificaciones especializadas, y el ocio apareció como un nuevo elemento de la vida urbana. El espacio público vivido es diferente del espacio observado. Para que haya vida en la ciudad debe haber razones, de lo contrario se extingue.

¿Cuáles son los personajes que pueblan el espacio público en la ciudad? Por su carácter, el ciudadano es y debe ser su principal habitante. En ella encuentra un espacio de movilidad para ir de un lugar a otro, un espacio de encuentro, de reposo y de contemplación. Pero esto no sucede en el vacío de una ciudad inerte sino que el recorrido y el reposo suceden al tiempo con muchas otras cosas: hay encuentros casuales con otros ciudadanos, hay ofertas en las tiendas y almacenes, hay quien representa su espectáculo para que otros lo miren -y de paso dejen unas monedas en su gorra-, hay comidas y bebidas, asientos, buzones, árboles -para los perros y para la sombra-. Para Saldarriaga Roa, es la conjunción de todo esto lo que enriquece el espacio público.

En conceptos de Alicia Gerscovich (2001)[4], el espacio público constituye el estructurador físico, funcional y temporal de la ciudad y sus barrios. Es un bien común, un patrimonio comunitario nacido y extendido en razón de necesidades sociales. Es importante no sólo por sus funciones, sino porque es la expresión de la ciudad y porque constituye el lugar democrático por excelencia.

La autora señala que la vía pública y los espacios abiertos constituyen los espacios del dominio y del uso público directo; la vía pública, por su cualidad de cubrir absolutamente toda la ciudad, es el estructurador del espacio urbano, su interacción con la trama parcelaria construida representa la interfaz entre el mundo público y el privado. En la vía pública los elementos morfológicos de la cuadra (perfiles, alturas, retiros, materiales, etc.) y los elementos funcionales (combinación de usos) constituyen la base del reconocimiento espacial y de la orientación. La circulación es su principal función e involucra conflictos tales como circulación peatonal/tránsito vehicular, relaciones sociales/anomia, entre otros.

Según la especialista, la función principal de los espacios públicos es la interacción social. En los espacios verdes la conservación del diseño, la vegetación, el mobiliario y el marco construido ubican, orientan e identifican. Por el contrario, la falta de unidad y caracterización da como resultado espacios degradados y anónimos. Los espacios abiertos parquizados regulan el clima, la contaminación atmosférica, el ruido y las inundaciones: zonas verdes absorbentes facilitan la infiltración de agua de lluvia y su drenaje, árboles de follaje favorecen la sombra, espacios abiertos posibilitan la recreación.

Circulación y encuentro

Agustín Hernández Aja[5] (2001), en tanto, entiende el espacio público como aquel espacio colectivo apto para la libre circulación y el encuentro de los ciudadanos. Debemos recordar, sostiene el autor, que históricamente los proyectos sociales (incluidas las utopías y las revoluciones) de base democrática se reflejaron mediante la creación de espacios colectivos (libres o construidos). Los principios de Igualdad y Libertad se manifestaron mediante la creación de nuevos espacios libres (calles, plazas, paseos, avenidas, parques y jardines), de forma que una sociedad realmente democrática necesita de espacios en los que necesariamente deban encontrarse, en igualdad de condiciones, todos sus habitantes.

Para Hernández Aja, el espacio urbano se halla en trance de perder su complejidad y variedad, al propiciarse su concentración y especialización, vislumbrándose la desaparición de la esencia de la ciudad que conocemos. La simplista determinación de apoyar los sectores definidos como rentables impide el análisis de la ciudad como un conjunto complejo, en el que la dimensión económica no es más que uno de los factores de su calidad. Una ciudad cohesionada necesita que sus ciudadanos compartan algo más que la salida de las carreteras radiales, o que se estructuren en grupos corporativos; lo que necesita son espacios de propiedad colectiva en los que los ciudadanos se encuentren y reafirmen su condición.

En palabras de Cira Szklowin (2001)[6], para los arquitectos, urbanistas y planificadores, el espacio público es el lugar que, a través de sus hitos, estructura e identifica la ciudad como un todo; y que, a pesar de la diversidad de sus partes, sirve de soporte para la vida urbana y para la identidad social, a la vez que constituye un bien común generado y usado por todos.

Bajo el concepto de espacio público, esta autora designa, por un lado, a la calle -como lugar destinado predominantemente para la circulación y la comunicación-, y, por otro, a plazas y parques -espacios destinados al esparcimiento, la distensión y el encuentro-. Estos componentes cumplen roles diferentes, tienen distinta accesibilidad y características, por lo que son relativamente especializados; en este sentido, Szklowin los denomina vía pública y espacios abiertos. La denominación de vía pública engloba espacios y términos tan dispares como paseo, avenida, pasaje, estacionamiento; la de espacios abiertos, también llamados espacios verdes o espacios libres, abarca lugares con nombres cargados de significado, como plaza, plazoleta, patio de juegos, parque, área peatonal recreativa, etc.

Tanto la vía pública como los espacios abiertos son de dominio -en el sentido de propiedad- público, y en consecuencia, libres y abiertos para todos, a diferencia del espacio privado de uso público, que posee restricciones y/o exclusividades. En síntesis, el abordaje del concepto de espacio público puede hacerse, según Szklowin, desde dos enfoques: el del dominio y el del uso.

Conforme a los conceptos de la autora, la frontera o interfaz entre lo público y lo privado posee límites difusos cuando se trata de intereses que afectan a ambos espacios. También, a pesar de que la fachada opera como límite físico entre los ámbitos privados y públicos, un edificio es un objeto colectivo que participa del espacio público, ya que las actividades e intereses de ambas esferas desbordan sus propios límites. La propiedad no basta para delimitar lo público de lo privado, falta reparar en el uso. De allí que, por ejemplo, desde el espacio público se usen las paredes privadas para escribir grafittis, y desde lo privado se apropian los espacios públicos para depósitos transitorios (rejas, exhibidores, etc.).

Creación de identidad

Para María Marta Mariconde (2001)[7], la construcción de la ciudad se refleja en sus espacios públicos que actúan como lugares de centralidad, como espacios de creación de identidad de barrio, de ciudad; y éstos deben incorporar aspectos simbólicos que permitan a la población sentirse identificada con su lugar de residencia, a fin de posibilitar el desarrollo de sus prácticas de apropiación y uso.

Este espacio, dotado de cualidades que garantizan la identificación social, y aportan significado cultural a sus habitantes, trasciende las connotaciones físicas para asumir un rol simbólico que supera la realidad de espacio para transformarlo en lugar.

Según esta autora, la materialización del espacio público se efectúa a través del funcionamiento de la ciudad que opera de manera manifiesta en los lugares. Así, cada uno de los lugares públicos tiene una función específica en la ciudad; cada uno produce una socialidad, una proximidad singular: la plaza, la calle, el barrio, el monumento. Es decir, el espacio público, en tanto ámbito de expresión de la cosa pública, se condensa en los lugares. En él conviven la oferta comercial y las instituciones políticas y culturales; la presencia de la historia y la memoria en monumentos y edificios que permanecen como hitos preservando la identidad urbana y dando, en el tejido urbano, continuidad y profundidad semántica a las imágenes urbanas.

Bibliografía 
Carvajalino Bayona, Hernando (ed.). “La calle, lo ajeno, lo público”, en Barrio Taller, Serie Ciudad y Hábitat, Nº 4, Santa Fe de Bogotá, D.C., agosto de 1997.
Gamboa, Pablo. “El sentido urbano del espacio público”, en revista Arquitecturas 6, Nº 2, 2000.
Gerscovich, Alicia. “Una propuesta de abordaje al mantenimiento de los espacios públicos en el marco de la Comisión de Mantenimiento Barrial del Centro de Gestión y Participación Nº 1”, ponencia presentada en las IV Jornadas UGYCAMBA (Unidad De Gestión y Coordinación para el Área Metropolitana de Buenos Aires), “La Ciudad y su Espacio Público”, mayo de 2001.
Hernández Aja, Agustín. “La ciudad estructurada”, en Ciudades para un futuro más sostenible, Boletín Nº 15, marzo de 2001. http://habitat.aq.upm.es/boletin/n15/aaher.html
Mariconde, María Marta. “Imágenes Urbanas”, ponencia presentada en las IV Jornadas UGYCAMBA. Op. Cit.
Niño Murcia, Carlos y Valderrama, Jairo. “El espacio público en algunos barrios populares de la Bogotá actual”, en Barrio Taller, Op. Cit.
Saldarriaga Roa, Alberto. “¿Qué tan público es el espacio público?”, en el Magazín dominical de El Espectador, Bogotá, 3 de enero de 1999.
Szklowin, Cira. “Espacio público y recreación”, ponencia presentada en las IV Jornadas UGYCAMBA, Op. Cit.
Viviescas, Fernando. “Espacio Público. Imaginación y planeación urbana”, en Barrio Taller, Op Cit.

Notas
* El presente trabajo se inscribe en el Proyecto de Investigación: “Construcción metodológica y conceptual de mapas comunicacionales para el abordaje de la ciudad como campo de investigación emergente en Comunicación: el caso de la ciudad de La Plata”, que es llevado a cabo por la Lic. María Silvina Souza, en el período 2003-2005, bajo la dirección del Lic. Carlos J. Giordano, en el programa de Becas de Formación Superior en Investigación Científica y Tecnológica de la Universidad Nacional de La Plata.
[1] Fernando Viviescas es Arquitecto-Urbanista y Master of Arts en Desarrollo Urbano. Se desempeña como Profesor Asociado de la Maestría en Urbanismo de la Universidad Nacional de Colombia y como Director de “Investigación y Planeación de la Intervención Social” en la Fundación Social, Bogotá.
[2] Desde la década del 80 se viene produciendo en Colombia literatura sobre lo urbano que adquiere cada vez mayor relevancia, frente a la urgencia de entender la realidad de un país cuya población se concentra cada vez más en las ciudades. En un lapso de sesenta años ha vivido la conversión de país rural -con un 70% de habitantes en el campo-, a país urbano -con el 70%, y más, viviendo en ciudades-. En la década del 80, los nuevos problemas derivados de la carencia de empleo formal, falta de vivienda adecuada, servicios públicos incompletos y de mala calidad, ofertas insuficientes e ineficientes en salud y educación, escasas dotaciones deportivas, recreativas y culturales, afectación del ambiente urbano, y además, surgimiento del narcotráfico y la delincuencia de gran impacto (el secuestro, por ejemplo), se convirtieron en detonantes de lo que podría llamarse la crisis de la ciudad colombiana.
Producto de esa situación, la movilización social urbana toma cuerpo en muchas partes. Las organizaciones no gubernamentales y de base popular adquieren gran peso como fuerzas de presión frente al gobierno local y nacional. Las demandas se cualifican, y el Estado se ve cada vez menos habilitado para dar una respuesta global a los problemas; incluso, pese al apoyo de fuentes de financiamiento internacional para programas y proyectos urbanos. Los académicos salen de los claustros universitarios y empiezan a publicar obras que van a llegar cada vez más a quienes tienen la decisión política en sus manos. Hay ingenieros (Fabio Botero), arquitectos-urbanistas (Rogelio Salmona, Fernando Viviescas, Alberto Saldarriaga Roa), economistas (Samuel Jaramillo), sociólogos (Alvaro Camacho), filósofos (Jesús Martín-Barbero), antropólogos (Julián Arturo), historiadores (Jacques Aprile-Gniset) y psicólogos (Florence Thomas). Esta lista, que crece a medida que avanzan los 80, llega en los 90 a dos centenares de estudiosos del fenómeno urbano que crean la “Asociación Colombiana de Investigadores Urbano-Regionales” (ACIUR).
[3] Alberto Saldarriaga Roa es Arquitecto, por la Universidad Nacional de Colombia y Especialista en Diseño Urbano, por la Universidad de Michigan. Se desempeña como Director de Proyectos del “Centro de Estudios de Arquitectura y Medio Ambiente” (CEAM) y como Profesor Titular en la Universidad Nacional de Colombia.
[4] Alicia Gerscovich es Arquitecta y se desempeña en el “Centro de Estudios del Hábitat y la Vivienda” (SICyT) en la facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires.
[5] Agustín Hernández Aja es Arquitecto y Profesor Titular del “Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio” de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.
[6] Cira Szklowin es Arquitecta y Planificadora Urbano-regional por la facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires.
[7] María Marta Mariconde es Arquitecta por la facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la Universidad Nacional de Córdoba.