Alfredo Torre*




La negociación periodística


Contenido
La misión periodística
La prensa y el poder
De tentaciones y presiones
¿Actitud crítica?
Acuerdos entre partidos y medios
Conociendo a los políticos
Jefes de Prensa
Prensa y Congreso
Legislación resbaladiza
Credibilidad
Bibliografía
Notas

Debo decir que me he dejado ganar por el juego que supone intentar poner en evidencia algo de lo que muchos sospechan y el impulso periodístico de querer lograr un título y una bajada medianamente atractivos que encierren -como en una novela- algo de misterio. Dudo que lo haya logrado verdaderamente, pero era la excusa que necesitaba para abrir una ventana a través de la cual ver y analizar -lo más desapasionadamente posible-, algunas relaciones existentes entre periodistas, medios y políticos en términos de negociación. Deliberadamente excluiré toda forma de periodismo confesional o tutelado por el Estado[1], por cuanto creo merece un tratamiento diferente.

Negociación, palabra molesta (¿sucia?) para referirnos al tratamiento de compra y venta de información de interés público en el amplio “mercado” de la política, lugar donde también se pueden llevar a cabo otro tipo de transacciones como veremos más adelante. En primer lugar, intentaré definir el perfil de algunos actores sin eufemismos:

a) Medio de difusión masiva: empresa conformada para ganar dinero (y a veces para consolidar el poder de alguien, o las dos cosas en forma simultánea) vendiendo información a un público amplio y heterogéneo[2].

b) Periodista: empleado de empresa constituida para ganar dinero (y lo que ya comentara anteriormente). También intermediario entre el poder en sus más variadas formas, el medio para el cual trabaja y la gente.

c) Político: “Dícese de quien interviene en las cosas del gobierno y en los negocios del Estado”[3].

Algunas consideraciones acerca de estas tres categorías. 1º) “Medio de difusión masiva” y no “medio de comunicación social”, por cuanto no existe diálogo ni decisión consensuada con el cuerpo social en la mirada sobre la realidad y menos en su valor noticiable. Las noticias, consideradas como “algo nuevo, a tiempo y dinámico”[4] no se seleccionan sino que se construyen, y dicha construcción es la obra conjunta de los periodistas y las fuentes. La prensa, por más que sea espectadora, hace la noticia, construye el suceso, lo dispone y le da un sentido. La producción de noticias -según considera Félix Ortega[5]- se rige por intereses económicos-empresariales, mentalidad profesional y oportunidad; 2º) Periodista, entendido como dependiente (lamento no incluir una figura menos despiadada). El “independiente” también está sujeto a que alguien compre su producción. A los efectos de este artículo, consideraremos también al periodista como un actor político que actúa de manera y con recursos que le son propios; 3º) Político: en lo individual, incluyo a los “políticos profesionales” -como le gustaba autodefinirse a J. F. Kennedy-, los sindicalistas, los lobbystas y todo aquel que pretenda posicionarse en el terreno de la política; en lo colectivo, entrarían los grupos y factores de presión y/o poder (los grupos cumplen con su objetivo y desaparecen o mutan; los factores cuentan con organización, doctrina y permanencia) y los factores de preponderancia (son consultados por el poder antes de tomar decisiones). Una cuestión aparte merecería el tratamiento de las ONGs y su protagonismo. Aquí contemplaremos solamente el accionar de aquellas que ejercen una coerción efectiva. Se llaman: lobbies empresariales.

Dos últimas advertencias: tomaré algunos ejemplos de mi país -sobre los que tengo constancia- casi con la seguridad de que podrían aplicarse a modo de espejo en cualquier otro y dejaré definiciones del romancero academicista[6], aclarando que hace más de un cuarto de siglo que pertenezco a la academia como docente, investigador y consejero.

Pues bien, negociar de por sí no es malo. Hacer negociados sí, por ilícito y escandaloso, aunque no tomen siempre estado público. Existe un accionar especulativo inherente a la persona humana. Es nuestra forma cotidiana de hacer política. Influenciamos, nos influencian; convencemos, nos convencen; ganamos espacios, los perdemos; necesitamos de otros, nos necesitan. Y en muchos casos, sin darnos cuenta, pisando la angosta cornisa que separa lo ético de lo no ético y que cruza una zona gris en que también se mueven los actores señalados.

Periodistas y políticos se necesitan mutuamente. Los dos tienen algo que al otro le interesa. Un solo ejemplo como adelanto: “Yo creo -dice Daniel Santoro[7]- que es lícito, por ejemplo, que un periodista cambie información off the record[8] con un político por una publicación breve e inofensiva. Lo más usual será en sus actos de campaña. Ahora, no hay que convertirse en protector de esos políticos. Y si hay que investigarlos, yo debo dar un paso al costado y dejar que lo investigue otro colega”.

Por cierto es difícil de establecer quién necesita más de quién. El político requiere del periodista para ser visible y éste del primero para nutrirse de información. Las relaciones entre ambos a menudo son imprevisibles y no hay lealtades permanentes. La tendencia a influirse recíprocamente hace que se elijan unos a otros. Es más, se pueden establecer lazos de simpatía (ideológica, por ejemplo), amistad o de mutuos favores. Al respecto Jorge Bernetti[9], consultado para este artículo, ejemplificó: “Si este vínculo se establece con alguno de la órbita ministerial que pueda estar pasando por un mal momento pero que está en condiciones de suministrar información sobre lo que pasa en el gabinete o cerca del presidente, seguramente el periodista no lo atacará y tratará de preservarlo como fuente”.

Sobre cuestiones de conveniencia para los profesionales de la información, reflexiona Frank Pierss[10]: “...el periodista de la sección política que sabe que no puede renunciar a sus contactos en el poder como fuente de información, ¿echará todo a perder, revelando demasiado de lo que sabe? ¿Arriesgará no ser invitado a viajar en el avión presidencial, a ser desterrado de la comitiva oficial del premier, del presidente, o del ministro, porque sus artículos son demasiado agresivos?”.

La misión periodística

Antes de continuar con los efectos y consecuencias de estas relaciones, creo imprescindible destacar el rol que debería cumplir el periodismo en el terreno de la política. Posiblemente sea Horacio Verbitsky (1997) quien mejor lo haya explicado hasta el momento. Así dice: “Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa, de la neutralidad los suizos, del justo medio los filósofos y de la justicia los jueces. Y si no se encargan, ¿qué culpa tiene el periodismo?”

Es evidente que el ejercicio del poder y las negociaciones que se producen entre partidos políticos, afines u oponentes, se desarrollan muchas veces en términos, circunstancias y ámbitos no del todo transparentes para la opinión pública. Es más, es probable que frecuentemente se trabaje a través de operadores de prensa -de los que nos ocuparemos más adelante- para dar una imagen muy distinta de lo que verdaderamente acontece.

Si hay una misión fundamental que se le puede adjudicar al periodismo, es la de transparentar los sistemas. Que éstos aparezcan ante la gente como auténticas cajas de cristal en donde todo se pueda ver claramente y sin distorsiones. Hay sistemas (políticos, económicos, etc.) turbios, permeables o impenetrables, pero en tal caso la peor condición que puedan mantener dentro del terreno de la democracia, es que sean inmonitoriables. En este sentido mucho es lo que ha ayudado la existencia de una cultura de la ocultación y la impunidad. Pues bien, alguien debe asumir la responsabilidad de controlarlos, revisarlos. Por suerte gracias al surgimiento de un vigoroso periodismo de investigación -al que Heriberto Muraro (2000)[11] considera como una fuerza democratizadora, como un medio para limitar el margen de maniobra de los funcionarios, sindicalistas y empresarios- es que se han ido modificando algunas conductas. Hay una mayor cautela por parte de algunos actores sociales frente a la posibilidad de ser descubiertos en actos ilegales o irregulares. En tal sentido, se le debería recordar a los integrantes de la clase política aquella frase que dice: “Si no quiere que el periodismo se entere y publique algo que usted pretende mantener oculto... ¡pues no lo haga!”.

Al respecto, habría que preguntarse en qué circunstancias esa misma clase política podría permitirse prescindir de los medios y, en especial, ignorar los hostigamientos de que son objetos por parte del periodismo de investigación. Muraro, sobre el particular, dice: “En un régimen democrático, en el cual queda vedado apelar al recurso de la censura, y en una sociedad en la cual los medios han logrado liberarse del mecenazgo de funcionarios y dirigentes partidarios, la única manera de arribar a una alianza entre políticos y ciudadanos inmune a las opiniones del periodismo es, sencillamente gobernar bien[12]”.

Sobre otro aspecto de la cuestión, lamentablemente, también hay que considerar que muchos productos de indagación periodística que aparecen como originales y de publicación en exclusiva, esconden pujas políticas entre partidos que -amparados en un off de record, por ejemplo- utilizan a los periodistas (vaya a saber a qué precio) para desacreditar a los adversarios. Más lamentable aún es cuando éstos últimos ni siquiera chequean rigurosamente la información que reciben, muchas veces de otros periodistas que trabajan como operadores de prensa y conocen la lógica de construcción de la noticia. En general, quienes cumplen con esta función no son muy apreciados dentro del ambiente profesional serio.

Mencionaba en el párrafo anterior al off de record a través del cual funcionarios y políticos pueden diseñar planes de acción que, saben, llegarán a los medios de comunicación sin un filtro adecuado, siempre y cuando se le agregue a la fórmula una pequeña porción de verdad. Pero hay otras condiciones en el traspaso de información: el briefing (informe), por caso. Allí la fuente aporta datos al periodista bajo la condición (negociación) de publicarlos sólo en determinadas circunstancias. Tanto pueden ser secretos que solamente podrán revelarse a la muerte de la fuente, o datos en exclusiva a cambio de ir preparando a la opinión pública sobre un hecho extraordinario a futuro[13].

La prensa y el poder

En el contexto de lo dicho anteriormente, creo que a la prensa más que denominarla como “cuarto poder”, habría que considerarla como un poder de carácter transversal. Es decir, con la potencial capacidad de atravesar otros poderes, cualquiera sean éstos. Sobre el particular, otra mirada tiene Verbitsky: “Contra lo que algunos colegas desearían y lo que muchos gobiernos declaman, la prensa carece en absoluto de poder. Su relación con el poder es como la del voyeur con el sexo. La prensa mira y se excita. Pero el poder no admite que lo observen durante sus orgías y procura desalentar al curioso, con leyes, con colegiaciones o tribunales de ética que aspira a manipular o mediante el más tradicional y expeditivo cachiporrazo.”[14]

Siempre el poder ha pretendido controlar la información desde el nacimiento mismo de la imprenta. Incluso la clase política ha montado o se ha apropiado -a veces a través de la violencia- de algunos medios de difusión masiva. Muchos políticos han sido y hoy son dueños de periódicos, canales de televisión y emisoras de radio. Es probable que otros utilicen testaferros. ¿Cómo han conseguido hacer eso?, ¿acaso con el dinero de la política? ¿Qué persiguen?, ¿ocupar espacios, posicionarse, utilizar una herramienta para defenderse o atacar? A veces este recurso se transforma en un arma de doble filo cuando el público advierte las intenciones lavadas en un pretendido semitono neutro del contenido.

De tentaciones y presiones

En el intento de controlar el accionar de los periodistas, el poder ha utilizado los más diversos recursos para torcerles el brazo. Violencia física, sobornos, amenazas, forman parte de un rosario denunciado por organismos de prensa de todo el mundo.

Quisiera detenerme en el caso de un reconocido colega al que quisieron comprar el abandono de su línea investigativa sobre un resonante asunto que involucraba a la cúpula del poder gobernante. Como en las películas de ficción, le ofrecieron previa cita en un lugar público, un maletín cargado de una fuerte suma de dinero en dólares. Cuando lo interrogué acerca de las razones por las cuales no había aceptado esa más que tentadora oferta, me respondió: “Tocar un billete era emprender un viaje sin retorno a corromperme para siempre. No tuve dudas, los valores morales que aprendí de mis padres -esforzados trabajadores- y los éticos que me inculcaron en mi formación universitaria[15] fueron determinantes a la hora de hacer una elección”. Con respecto a esto segundo mantengo provisoriamente esta hipótesis: los periodistas que cuentan con estudios universitarios, sostienen más férreamente ciertos principios que los alejan o los hacen poner -a veces involuntariamente- más distantes de cualquier situación en donde se pretenda modificar su correcto desempeño profesional.

Con respecto a esto, agrego que si el empleo de per­iodistas estuviera relativamente bien pago y protegido por una seguridad con­tractual, los intentos de corrupción serían menos efectivos. A estos factores, tenemos que agregar los valores dominantes del medio: si el estímulo de la ganancia se considera por sobre la honestidad profesional, la corrupción en cualquiera de sus formas parec­erá siempre como “lo normal”.

Volviendo a lo anterior, quizás haya que hacer un estudio en donde se cruce la formación académica, como variable, con relación al perfil de quienes trabajan en los medios. Una vaga percepción, más por olfato y experiencia que por demostración, me indica que cuanto menos educación superior se cuente, más se es proclive a funcionar inescrupulosamente y a estar detrás de pequeños beneficios sin medir demasiado el inexorable desprestigio: un pasaje en avión, alguna invitación para cubrir un “importante evento de interés social”[16], dinero con entrega regular como el que algunos políticos dicen sin vergüenza en su más íntimo círculo entregar a gente de la prensa para que al menos no los critiquen, etc.[17]. Con relación a este tipo de corruptelas, un claro y lamentable ejemplo en Argentina -según relata Santoro- sucedió durante el gobierno de Alfonsín: “el banco Hipotecario dio créditos a tasas muy bajas (eran casi subsidios) a decenas de periodistas y durante el gobierno de Menem, existió la ‘cadena de felicidad de la SIDE (Servicio de Inteligencia del Estado)’ a través de la cual se le pagaba 3 ó 4 mil dólares a diputados, jueces y periodistas. Armando Vidal del diario Clarín denunció que diputados le pagaban a periodistas acreditados en el Congreso con pensiones graciables”.

Por supuesto que a otra escala, con formación o sin formación, pero en este caso orientándonos hacia profesionales influyentes, el nivel de obsequios disfrazados alcanza un status de proporciones: costosos viajes para “comprender la cultura y la eficiencia en la administración gubernamental” de determinados países, equipamiento informático o de comunicaciones sofisticado para evaluar el mejoramiento de la calidad en el trabajo, etc., son parte de ese intento de compra de voluntades a través de mecanismos, a veces, muy ingeniosos[18].

En otras oportunidades nada se encubre. Los diarios del mundo se hicieron eco recientemente[19] de que Estados Unidos estudia un plan para comprar periodistas que escriban a favor de la política de George Bush, según admitieron funcionarios del Pentágono y del gobierno. Lo que el poder de Washington pretende hacer es lanzar operaciones secretas de propaganda bélica con el fin de influir en la opinión pública de países neutrales y aliados, así como el pago a reporteros que puedan dar una visión positiva de la agenda internacional de la Casa Blanca.

Precisamente el vocero de la misma, Ari Fleischer, no negó la existencia del plan. "Existe en el gobierno un reconocimiento generalizado de que EE.UU tiene un papel importante en el mundo para una mejor comunicación del mensaje estadounidense de esperanza y oportunidad”, dijo.

Mientras tanto, se encendió un feroz debate en la administración, y específicamente en el Pentágono, respecto a si los militares debían pagar a periodistas para que escriban artículos favorables a las políticas de EE.UU. o paguen a contratistas externos sin vínculos obvios con el Pentágono para que organicen manifestaciones en apoyo a Washington.

Ya en febrero de 2002, tuvo que ser desmantelada la Oficina de Influencia Estratégica del Pentágono, poniendo fin a un plan de corta vida destinado a proporcionar noticias verdaderas y también falsas a periodistas extranjeros para influir en el sentimiento público en el exterior.

¿Actitud crítica?

A esta altura del relato uno podría preguntarse si todo el campo estará minado por la corrupción y el interés espurio. Por supuesto que no. Pero también debemos ser cautos a la hora de analizar las voces críticas. Hay una pregunta que siempre me ha parecido clave a formular dentro del campo periodístico: con la publicación de determinada información, ¿quién se beneficia y quién se perjudica? La crítica desde el periodismo hacia el quehacer político ¿es real, ficticia, esconde algo? Por cierto la mayor parte de las veces resulta muy difícil dar una respuesta.
  
Conozco un par de supuestos colegas que se verían en figurillas para justificar su alto nivel de vida. No me ocuparé de ellos, claro. Sí de aquellos sobre los que tengo certeza que lícitamente se han hecho de una buena posición económica asegurado su futuro bienestar y el de sus allegados. Pregunto: ¿esto los hará más “independientes”? De ser así: ¿de qué? Posiblemente se transformen en más críticos, pero en tal caso habría que ver hasta que punto atacan la raíz de las cuestiones irregulares o ilegales. Tengo muchas veces la impresión, por ejemplo, de que a veces castigan muy duro a un político corrupto, pero poco o nada hacen referencia al sistema que lo corrompe o le brinda la grieta para que desde la iegalidad produzca hechos que -sin ser ilegales- se los pueda considerar como ilegítimos.

En otro orden, es probable que algún que otro periodista (corrupciones hay en todas las profesiones y niveles), pueda utilizar el resultado de sus indagaciones para forzar o extorsionar a quienes desde el escenario político estarían en condiciones de brindarle algún tipo de beneficio. Desde otro lugar muy distinto, aquellos que se transforman en molestos para el poder, deben tener presente todo el tiempo -como en el caso anterior- que ellos también pueden ser plausibles de ser investigados de la misma forma que se hace con políticos, jueces o empresarios[20]. Cualquier error, por mínimo que sea, será el argumento que se utilice para presionarlos, sacarlos de carrera o llamarlos a silencio, tanto sea para salvaguardar su integridad física o sus bienes, como la de sus propios familiares.

Presionar a un periodista directamente (la amenaza de muerte en el recordatorio de su teléfono de acceso restringido, por ejemplo), es a esta altura de un accionar torpe o mafioso, salvo que se quiere dejar sentada la advertencia hacia otros. Hoy se utilizan recursos que pueden dañar aún más que un corte de navaja en la cara[21]. A veces penetrar en la intimidad hace que éstos se transformen en seres más vulnerables.

No puedo dejar pasar la oportunidad sin recordar que hubo otros tiempos en América latina en que los periodistas que denunciaban o criticaban, aunque más no sea  tibiamente, los excesos y la impunidad del poder, pagaban con su propia vida tal compromiso.

Tenebrosas dictaduras garantes del poder hegemónico mundial, de los beneficios de algunas pocas empresas, de los eternamente privilegiados sectores de la sociedad civil hoy teñidos de democráticos, todo bajo el amparo y complicidad de algunos representantes de la Iglesia Católica, dejaron una importante cuota de tragedia en todas las libertades y, especialmente, en la libertad de expresión. El capítulo de Argentina entre 1976 y 1983 es una clara muestra de ello[22]. Aunque parezca inoportuno, permítaseme una humorada muy conocida en nuestras redacciones:

- ¿Qué hacen los periodistas argentinos más influyentes cuando no escriben, no hablan por radio o no salen en la tele?

- Reciben amenazas.

Acuerdos entre partidos y medios

Para Bernetti, existen acuerdos explícitos entre los partidos políticos con mayor cantidad de votos -gobernantes o no- y los medios de difusión de más amplia llegada. “Los medios demandan en forma muy exigente prioridad y exclusividad”, afirma. Es decir que si la información emanada del campo político es ampliamente socializada, al medio dominante ya no le interesa publicarla. Esta negociación, en términos generales, la lleva a cabo el periodista con la fuente y frecuentemente no llega a la cabeza del medio, que evita comprometerse directamente en estas coberturas.

El contacto entre los dirigentes políticos y los medios de comunicación ha sido muy intenso desde siempre, dado que los medios han sido y son el gran “teatro de operaciones” de la política. Sobre este vínculo, Rosendo Fraga[23] entiende que “ha sido una relación asimétrica ya que en general los políticos han tenido una actitud de ‘temor’ frente a los medios, por posibles ataques o críticas a aspectos de la vida política que son muy reprochados por la sociedad”.

Este miedo también prevalece a la hora de pensar en demandar a un medio y especialmente a un multimedios, por las consecuencias que podría traer aparejado el ver multiplicado en radio, TV y prensa contenidos que pudieran resultarles desfavorables. Y hay algo aún peor: ser ignorados por éstos.

A propósito recordemos también que la pequeña prensa -a veces de fuerte presencia regional en un país-, frecuentemente es arrastrada por las tendencias de contenido de las grandes empresas periodísticas capitalinas. Esto es lo que se conoce como efecto “rebaño”, en donde los medios se van legitimando en cadena y ninguno intenta -como señala Priess[24]- “nadar contra la corriente o violar lo que en ese momento se considera ‘politically correct’, lo políticamente correcto”. En este contexto, tanta negativa sobrexposición o, por el contrario, la más absoluta invisibilidad, podría resultar trágica para los políticos.

En general los abogados suelen desalentarlos cuando intentan querellar a los medios. La razón es muy sencilla en términos de conveniencia: es probable que los mismos publiquen sólo una parte de los problemas que ellos tienen, no todos.

Debo decir que no tengo conocimiento preciso acerca de si algún medio pudo haber utilizado alguna investigación con fines extorsivos para conseguir algo de la clase política, pero tengo convicción sobre el mantenimiento en reserva de ciertos datos comprometedores de la vida personal de algunos miembros de esa clase, como reaseguro o moneda de cambio ante posibles conflictos o embestidas futuras. Precisamente la indagación sobre lo privado y el encuentro de algunas irregularidades, los hace más frágiles. Como está dicho anteriormente, está claro que los medios esperarán el momento “más oportuno” para dar cuenta de lo que saben y provisoriamente mantienen celosamente guardado.

Conociendo a los políticos

Hago aquí un aparte del tema central porque me parece necesario para los políticos y quienes aspiren a serlo o pretenden un espacio de poder, el que conozcan mínimamente la lógica con que se manejan los periodistas profesionales a la hora de investigarlos. El procedimiento es bastante sencillo: se trata de demostrar en forma irrefutable, a través de documentación y testimonios, que frente un hecho que se presume irregular o ilegal, algo ellos pudieran haber hecho, y ese algo -que se pretende ocultar- está en contra de los intereses del público.

Sin tomar ningún caso en particular, digamos que en primer lugar se trabaja sobre su vida privada, en donde es probable que se encuentren elementos nada desdeñables. El origen de su nombre y apellido puede remitir a sus antecesores y a las relaciones o alianzas familiares o políticas que hubieran podido suceder en el pasado y que hoy explicarían muchas cosas. Por ejemplo, su situación patrimonial. En general, es este rubro más sensible en el que primero se indaga para conocer si puede justificar a través de su ocupación, herencias, legados o matrimonio, los orígenes y la evolución de sus bienes. La composición de su familia, los nombres de sus miembros (es frecuente encontrar propiedades a nombre de alguno de ellos) y el nivel de gastos que cada uno tiene, su vivienda actual y la anterior a ocupar algún cargo, vehículos con sus marcas y modelos, estudios efectivamente realizados (hay quienes se adjudican títulos que no poseen), etc., formarán parte del perfil del indagado que el periodista necesita conocer.

También dentro del ámbito privado será necesario saber sobre sus creencias, su ideología. En principio se puede establecer a través de ellas si existe coherencia con su imagen pública o nos encontramos frente a un doble discurso. He conocido a un personaje de la política que pretendía lavar su mal comportamiento como funcionario de gobierno levantando programas para la niñez desprotegida, cuando nunca antes le había pasado a su ex esposa la cuota alimentaria para sus hijos.

Otra cuestión digna de atención estará orientada a obtener información sobre su vida social y el círculo de sus más estrechas relaciones. Muchas de ellas podrían actuar como confidentes, asesores, consejeros, o tener decididamente influencia sobre él. Es probable que a algunos se los deba agendar como potenciales fuentes según sea el caso.

Rogelio García Lupo[25] utilizaba un recurso indagatorio formidable mucho antes que por procedimientos informáticos se pudiera cruzar información: tomaba las columnas de las páginas sociales de los diarios más conservadores del país y registraba los nombres de quienes se casaban, padrinos e invitados a las fiestas; reuniones de clubes como el Rotary, invitados especiales (políticos, sindicalistas, artistas, formadores de opinión) a presentaciones de productos o fusión de empresas, etc. Así pudo explicar muchas de las coaliciones que se daban en el plano del poder y su comportamiento.

Con respecto al estudio sobre la esfera social (pública), se analiza en forma completa la trayectoria, los ambientes frecuentados y las actividades económicas. Con respecto a lo primero, será de interés conocer cómo y a través de quién -si lo hubiera- alguien se lanzó a la arena política, con quién estrechó vínculos, si existieron o no cambios significativos en sus línea de pensamiento y acción. En lo segundo, vinculaciones extraprofesionales o presencia en lugares de interés diverso (deportivos o sociales frecuentados por gente influyente). Por último, su relación con todo lo lícito que le aporte dinero. Por ejemplo, los réditos de una empresa propia (o varias), de la que se deberá saber también si cuenta con algún tipo de relación con el Estado. En tal sentido resultaría muy importante que se hicieran públicas las declaraciones juradas de todos quienes participan en los asuntos públicos. Algunos intentos como la ONG Poder Ciudadano[26] han dado (lamentablemente pocos) resultados.

Es bueno recordar que todos los datos mencionados son recogidos por los periodistas de fuentes documentales y personales. Pocos, desafortunadamente, se toman el trabajo de chequear -por ejemplo- los currículums vitae con los originales que verifiquen lo allí expresado. Conozco decenas de casos de gente con exposición pública que se atribuye cosas verdaderamente increíbles, o que ocultan culposamente manchas en su vida personal o profesional.

El periodista escucha los testimonios de amigos y enemigos del investigado y también presta atención a lo que recuerda de él la “memoria social”. Esto último lo explicaré con un caso que investigaron mis alumnos: sobre un candidato a intendente, con amplias posibilidades de ganar en un distrito, alguien recordaba que -según relato de terceros- había estado involucrado hacía mucho tiempo en algo irregular que no podía precisar. No había ningún dato puntual, excepto que lo rememorado había sucedido en su ciudad natal. A través de los vecinos y con la ayuda del archivo del periódico local posteriormente, se pudo establecer que esta persona había sido sancionada por administración fraudulenta cuando había sido funcionario en la municipalidad de su partido. Gracias a esta memoria, al cómo la gente común registra y procesa la información, se puede a veces reconstruir verdaderos laberintos.

Desde ya que a los integrantes de la clase política se los estudiará también dentro de las entidades a las cuales pertenecen (partidos, comisiones legislativas, ONG, etc.), de las cuales se indagará el área estructural (origen, fines, recursos económicos, etc.) y el área social (actividad comercial, política, cultural, religiosa, etc.). La necesidad de hacerlo, corresponde a que no siempre coinciden los fines con las acciones. Por ejemplo, a través de la creación de fundaciones o asociaciones sin fines de lucro, se puede estar lavando dinero de la política (autodonaciones, “retornos” en moneda de partidarios a los cuales se les otorgó un cargo o un subsidio, desvió de partidas de dinero, etc.).

Vinculado a lo antedicho, es por demás evidente que en nuestros países el tema de la corrupción está a la orden del día y el periodismo hace denodados esfuerzos por develar dentro del vasto campo de la política, la trama secreta que la alienta y posibilita[27]. Lamentablemente esto no es la norma para todos los medios, ni todos los periodistas utilizan una metodología rigurosa de investigación, especialmente para dar cuenta del funcionamiento de algunas estructuras que los pudieran afectar tanto a ellos como a las empresas para las que trabajan. Nada más oportuno que la frase referida a este asunto dicha por Jorge Guinsburg[28]: “Somos rebeldes, salvo con lo rentable”.

Jefes de prensa

Tengo la impresión que si los jefes o los asesores de prensa supieran medianamente las lógicas en que se basa el periodismo bien hecho, cambiarían de actitud o diseñarían estrategias muy distintas a las que habitualmente ponen en práctica. Uno de los productores de radio más cotizados de Buenos Aires, que me pidió reserva de identidad, nos ilustra con los siguientes ejemplos:

- “Una de mis primeras experiencias fue cuando me inicié como productor periodístico en una emisora. El jefe de prensa de un legislador del interior me ofreció pasajes aéreos gratis a cualquier punto del país, a cambio de una entrevista. El político era impresentable y el jefe de prensa ofrecía el oro y el moro para conseguirle una nota”.

- “Los jefes de prensa de los políticos son una raza aparte. Un tanto voceros, otros mucamos, asistentes, por lo general dificultan la llegada del periodista al político. Muy pocos son eficientes y manejan información con seriedad y responsabilidad. La mayoría quieren aparecer ante el periodista como un elemento importante, y no es así. En estos casos, el off the record lo preferimos tratar directamente con el político, porque la información del vocero no suele ser confiable”.

- “Elecciones a diputados de 1987: los candidatos en Capital Federal eran Carlos Ruckauf (en ese entonces canciller del gobierno del presidente Duhalde) y Jesús Rodríguez (de la opositora Unión Cívica Radical). La campaña venía muy dura y las acusaciones que se lanzaban eran potentes. El plato fuerte de cualquier programa político era juntarlos en un debate, cosa que el candidato justicialista se negaba sistemáticamente. Yo comprometí a Jesús Rodríguez y había obtenido la confirmación de Ruckauf a través de su jefe de prensa. Cuando lo anunciamos al aire, me llama Ruckauf para pedirme explicaciones. Resultado: echó a su jefe de prensa porque no había actuado por cuenta propia, pero evidentemente a último momento Ruckauf se había arrepentido. A un vocero en serio no le habría pasado esto”.

- “Recuerdo cuando Rodolfo Terragno[29] era ministro de Obras Públicas de Alfonsín, que piloteaba la privatización de Aerolíneas Argentinas. Era habitual que los días en que este tema dominaba la actualidad, la palabra de Terragno era importante. Cuando nos contactábamos con su jefa de prensa, para sacar al aire al ministro, muy suelta de cuerpo, nos daba una entrevista telefónica para radio en... ¡una semana o diez días adelante!. No tenía idea de la oportunidad ni de la valoración de la noticia”.

No hay jefe de prensa que no esté presionado (¡y de que forma!) por los reclamos –a veces absurdos- de los políticos, quienes exigen todo el tiempo estar en la mira de los medios y, como si fuera poco, que éstos se comporten con ellos de manera complaciente. Muchos voceros o quienes manejan la información emanada de la clase política (al fin y al cabo, los primeros fusibles en saltar), se transforman con el tiempo en genuinos y vehementes negociadores, olvidando su principal misión. A veces consiguen buenos resultados para sus jefes trocando favores o metálico por espacio en los mejores programas, o un mayor centimetraje en medios gráficos (en los que por la inserción de una foto se debe pagar, las más de las veces, una cifra superior). En estas gestiones hay muchas veces una gran cuota de hipocresía. Relaciones entre políticos y periodistas que se muestran como distantes o críticas frente al público, son en realidad productos negociados de antemano. Hasta es posible que se acuerden anticipadamente los distintos momentos de la entrevista que puede comenzar con preguntas corrosivas y terminar favoreciendo ampliamente la figura del político. Al respecto, Santoro comenta: “Hay casos en que el político ‘compra’ la tapa de una revista, con una larga entrevista a favor. Con el dinero recaudado, la misma solventa los gastos de edición, paga sueldos y queda algo de ganancia”.

No solamente en el terreno de la política se presentan estas situaciones, en otros ámbitos como los del espectáculo o deportivos son los propios periodistas los que se transforman en agentes de prensa a cambio de dinero o dádivas de cualquier tipo. Nuestro mencionado productor radial nos vuelve a ilustrar:

- “El periodista de espectáculos también se ha desvirtuado: o se dedica a difundir chismes de artistas de segunda o se dedican a elogiar películas o programas con muy poco sustento, ya que son amigos de los productores, o de los directores o de las distribuidoras. ¿En cuántas oportunidades se vio a un periodista ‘acorralar’ a una figura por su fracaso en TV o por la poca gente que va a ver su obra de teatro?”.

- “Con los periodistas deportivos pasa algo similar. Hace un tiempo se difundió la versión de que un periodista deportivo de radio y televisión había hecho un fuerte lobby a favor de la designación de Marcelo Bielsa (actual DT de la selección de fútbol argentina) como director técnico del seleccionado. Una vez logrado el objetivo, el periodista le recordó el favor y le pidió a cambio, una nota exclusiva cada semana, a lo que Bielsa se negó por su conocida parquedad para hablar con los medios”.

Volviendo al tema, es interesante escuchar los relatos que algunos periodistas hacen sobre lo que otros “colegas” tranzan con los jefes de prensa en las giras presidenciales al exterior. En algunos casos los funcionarios suelen hacerse  cargo de los gastos y de algunos caprichos de los periodistas. Eso sí: no publicar nada negativo de la gira.

Por lo visto hasta ahora, parecería que jefes y asesores de prensa serían parte de una casta predispuesta a cualquier cosa para complacer a sus mandantes. Por cierto y afortunadamente no es siempre así. Pero hay que diferenciar entre los que “operan” políticamente y los que tienden a cumplir una función más “técnica”. Los primeros pretenden influir en el recorte, valorización y difusión de la información política que llevan a cabo los periodistas. Los segundos se ocupan de informar a la prensa, dar a conocer a los políticos el tratamiento informativo y de opinión de los medios respecto de sus actividades y cuestiones vinculantes, como así también facilitar el diálogo entre la clase política y los periodistas. Tomado desde este último punto de vista, su trabajo es esencial para el sistema democrático y el derecho de todo ciudadano a conocer sobre las ocupaciones y preocupaciones de quienes se encuentran en el poder o pretenden llegar a él.

Prensa y Congreso

Existe un escenario muy interesante sobre el cual observar el comportamiento de los actores señalados anteriormente: el Congreso. Dentro del campo de la comunicación política hay que considerar la relevante relación que existe entre los miembros del poder legislativo y la prensa. Como se señala en una investigación coordinada por Fernando Ruiz[30]: “Ambas son las principales instituciones de la dimensión deliberativa de la democracia, entendida esa dimensión como los ámbitos en los cuales existe una discusión abierta de los asuntos públicos”. Sobre el mismo trabajo, coincido con las apreciaciones (por mí recortadas y reagrupadas) que responden a los siguientes interrogantes:

¿Qué es lo que hace que un legislador tenga presencia mediática y otro sea un desconocido? En principio debe cumplir con tres tipos de requisitos:

- Protagonismo político: el interés de la prensa surge por el liderazgo de bloque, por ser autoridad de comisiones relevantes, tener influencia sobre sus pares, o ser importante dirigente partidario a nivel nacional. El protagonismo político puede provenir tanto de la ocupación de lugares de poder, como por el desafío a esos lugares.

- Conocimiento de la actividad parlamentaria: participar en temas de relevancia, aportar “valor agregado”, diferenciarse y trabajar intensamente. Lo que primariamente interesa a los periodistas no son los poderosos ni los protagonistas, sino la mejor información política.

- Virtudes comunicativas: ser buen orador en las sesiones, mantener claridad para expresarse frente a los periodistas, ser carismático, poseer amplia disponibilidad y adaptarse a la rutina de los distintos medios. También decir la verdad aunque vaya en contra de sus propios intereses[31].

¿Qué es lo que hace que un periodista reciba la atención preferencial de los legisladores y jefes de prensa?

- Pertenecer a un medio importante: son factores importantes la influencia del medio y la amplitud de su público.

- Tener virtudes profesionales: estar informado acerca de los temas sobre los cuales trabaja.

- Poseer virtudes personales: ser confiable y respetar los dichos del entrevistado[32].

Es importante destacar que la relevancia política provoca la relevancia mediática y se alimentan mutuamente. Pero no siempre es así. Un político puede ser muy mediático pero carecer de relevancia política.

Legislación resbaladiza

Aprovecharé el ámbito legislativo, en donde influye el poder del Ejecutivo y también la agenda mediática, para abrir un nuevo tema motivo de controversia y que hace precisamente al núcleo de este trabajo. Me refiero a la legislación en materia de medios de comunicación.

Si hay algo que desearían no hacer o evitar diputados y senadores, mucho menos los políticos que se desempeñan en cualquier otro ámbito, es tomar posición o deliberar sobre una cuestión que mueve los más diversos intereses, pero especialmente económicos. Digamos que en el último cuarto de siglo, algo se ha transformado el mundo en materia de comunicaciones, todo ha cambiado o ha sufrido profundas modificaciones. Existe hoy una nueva forma de percibir el mundo, de utilizar las herramientas de comunicación y de adaptarse a las consecuencias de los altos niveles de concentración mediática operados a nivel global. La fusión empresaria y de capitales ha creado un nuevo polo de poder cada vez en menos manos. Ya había señalado anteriormente que ponerse en contra de un medio que pertenezca a uno de estos conglomerados, era ponerse en contra de todos. Y a veces las cosas van mucho más allá cuando existen acuerdos corporativos entre multimedios. Lo saben los políticos (algunos con el agregado de poseer vínculos económicos con ellos) y también los periodistas que allí trabajan y deben ser consecuentes con la línea empresarial en todos los frentes, a riesgo de perder futuras posibilidades laborales.

Pues bien, si así se presenta este nuevo escenario, sería lógico de que los países vayan aggiornando su legislación en la medida que se produzcan los cambios. Entonces, por ejemplo, ¿qué ha hecho que en más de 25 años no se haya modificado totalmente la legislación argentina en materia de radiodifusión, siendo que la que está aún vigente pertenece a los tiempos de la última dictadura militar?
  
La respuesta es sencilla: todos los intentos y proyectos presentados que no tuvieron el visto bueno de los medios más importantes, fueron bombardeados por los mismos con el agravante de desacreditar a sus autores o a quienes los enarbolaban.

A fuerza de ser sincero, debo decir que la ley a que he hecho referencia, tuvo una leve modificación durante el mandato de Carlos Menen. Se cambió un artículo que impedía el monopolio de medios para que principalmente el diario de mayor tirada de la Argentina y buena parte del mundo (Clarín) pudiera acceder a la compra de radios y canales de televisión en todo el territorio. El gobierno ingenuamente creyó que de esta forma se volcaría a su causa o por lo menos no lo criticaría. La soberbia del ex presidente posibilitó que nunca hiciera una autocrítica de su gestión, pero esta es una de las pocas medidas de las que se lamentó públicamente. Por supuesto Clarín nunca le hizo una correspondencia a tamaño favor.

Hay legisladores que creen (pero lo callan ante el periodismo) que hay que aumentar gravámenes para las grandes empresas y de servicios privatizados, pero temen que los medios, que forman parte de ellas o reciben fuertes pautas publicitarias, lo presenten como un desaliento a la inversión o un riesgo de inseguridad jurídica, todo ello sin considerar el orquestado de una campaña que levante un supuesto encubrimiento de mordazas a la libertad de expresión.

Credibilidad

Posiblemente, todo lo anteriormente expuesto, sirva para entender que lo que está en juego es la credibilidad de medios, periodistas y políticos. No obstante, según Fraga, “pese a la crisis general de credibilidad que hoy muestra la sociedad, los medios de comunicación siguen teniendo mejor imagen que las instituciones políticas y los factores de poder, aunque ello puede cambiar en el futuro”.

No obstante, no debemos perder de vista que los medios no son entidades de beneficencia sino empresas sometidas a leyes del mercado que reconocen ante todo la lógica de las utilidades, a veces sobrepasando los límites de la ética. Por otra parte, la clase política se encuentra -al menos en algunos países latinoamericanos- frente a un proceso de desgaste y falta de confianza por parte de aquellos que cuentan con capacidad de voto como nunca antes había sucedido. Los desgraciados acontecimientos de diciembre de 2001 en Argentina, por ejemplo, que terminaran con el gobierno de Fernando De la Rúa, llevaron a tal límite la situación que la mayoría de los políticos no podía salir a la calle sin ser agredidos por la gente. Sin embargo, este descrédito no alentó al periodismo para hacer leña del árbol caído. El joven periodista Daniel Tognetti[33], así sintetizó este escenario: “Hoy pegarle a un político es como patear a un borracho en la calle”.

Convengamos por último que la importancia y relevancia de la prensa es producto en gran medida de la asociación -a veces simbiótica, otras imprescindible- con el poder político, en donde existe un permanente juego en el que cada uno mide sus fuerzas. En el marco de la democracia eso podrá seguir siendo posible -dentro de una razonable convivencia-, en tanto los actores aquí mencionados[34] sepan ejercer sus derechos y cumplir sus deberes.

En tal sentido, convendría recordar el contenido del artículo 4º de la Declaración Final del Primer Encuentro entre Política y Comunicación Social Alternativa en Cuba[35]: “(...) El poder de los políticos no deberá ser empleado para reprimir a los periodistas, y el poder de los periodistas deberá ser la representación del derecho público a la rendición de cuentas de los políticos, sobre la base de normas éticas internacionalmente reconocidas para unos y para otros”.

Una cosa más para concluir: ante el desagradable panorama trazado en parte de esta exposición, quiero dejar mi expreso reconocimiento hacia toda esa gran legión de políticos honestos, periodistas honestos y medios honestos, que día a día “negocian” exclusivamente con la responsabilidad y con la verdad.

Bibliografía
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CAMINOS MARCET, José M. Periodismo de investigación. Teoría y práctica, Madrid, Síntesis, 1997.
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MAJUL, Luis. Periodistas. Qué piensan y qué hacen los que deciden en los medios, Buenos Aires, Sudamericana, 1999.
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MURARO, Heriberto. Políticos, periodistas y ciudadanos, Bs. As., Fondo de Cultura Económica, 2000.
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WIÑAZKI, Miguel (comp.). Puro periodismo, Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 2000.
WOLTON, Dominique. Pensar la comunicación. Punto de vista para periodistas y políticos, Buenos Aires, Docencia, 2001.

Notas
* El Profesor Alfredo Torre es Titular del Taller de Periodismo de Investigación e Investigador de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP.
[1] El Estado, o mejor dicho, la clase gobernante, históricamente ha mantenido el principio intervensionista de favorecer con avisos, créditos, etc., a los medios “amigos” y castigar al resto -según el grado de crítica u oposición- con exiguas o nulas pautas publicitarias. Durante diciembre de 2002, fue denunciado en la provincia de Río Negro que el gobierno de Jorge Sobisch, había suspendido la publicidad oficial en el diario Río Negro, el de mayor circulación en la zona, en represalia por la publicación de reportajes sobre tráficos de influencias y presiones en la legislatura local. Asimismo, intentó intimar a comerciantes y empresarios para que no anuncien en dicho medio.
[2] La heterogeneidad entendida desde los procesos de recepción: de cómo la información es aprehendida por cada individuo y de qué manera éste la tamiza, resignifica y apropia.
[3] Diccionario de la Real Academia Española, sin la bastardilla.
[4] IZURIETA, R. Cfr. Bibliografía, p. 216.
[5] Recomiendo la lectura de “La política y el periodismo en el nuevo espacio público” de Félix ORTEGA, Universidad Complutense de Madrid/ FCI en www.ecomunicacion.com/valbuena/comunicacion_politica
[6] Evitaré la utilización como sinónimos de “periodista” y “comunicador” (nunca entendí por qué se insiste en decir que son equivalentes) y explicaré de cada asunto lo que creo es: por ejemplo,“periodismo de investigación” como “producto marketinero impuesto por los medios de difusión para hablar del periodismo bien hecho”. Concepto que se lo he escuchado decir a uno de los colegas más lúcidos de mi país: José María Pasquini Durán (diario Página 12).
[7] Daniel Santoro, quien hizo este comentario para el presente trabajo en diciembre de 2002, es uno de los periodistas más prestigiosos de Argentina. Ha sido ganador del Premio Rey de España por su investigación publicada en el diario Clarín y desarrollada más ampliamente en su libro Venta de armas, hombres de Menem (Ed. Planeta, Bs. As., 2001) sobre la comercialización de armas a Croacia y Ecuador durante el gobierno de Carlos Menem, detenido por esa causa luego de su mandato.
[8] El periodista puede publicar lo señalado por la fuente, siempre que mantenga en reserva su identidad.
[9] Jorge Bernetti, periodista y Lic. en ciencias políticas, con una vasta trayectoria en el periodismo político, es profesor titular, investigador y Director de la Maestría en Periodismo de la FPyCS-UNLP. Sus declaraciones se registraron en diciembre de 2002.
[10] PIERSS, Frank. “Los periodistas: cómo se ven a sí mismos y cómo los ven los demás”, en FRAGA, R. Cfr. Bibliografía, p. 162. Pierss es Director del Programa Medios de Comunicación y Democracia de la Fundación Konrad Adenauer.
[11] Este autor va más allá en su definición del periodismo de investigación al considerarlo “una corriente cultural destinada a proteger los intereses y valores de los indefensos” (Cfr. Bibliografía, p. 29).
[12] Muraro entiende por gobernar bien: “(...) no sólo administrar los recursos públicos con un máximo de honestidad y eficiencia, sino también controlar el ciclo económico para crear empleo, evitar oleadas inflacionarias, atenuar desigualdades sociales y erradicar la pobreza. Es decir, mucho de lo que ahora parece estar fuera del alcance de la clase política”. (Cfr. Bibliografía, p. 30).
[13] Un caso paradigmático sucedió con el ex presidente Arturo Illía, quien fue “avisado” por la prensa con meses de anticipación sobre su caída mediante un golpe militar. Unos pocos periodistas de medios conservadores fueron convocados por miembros de las Fuerzas Armadas para dar cuenta de sus planes.
[14] VERBITSKY, H. Cfr. Bibliografía, p. 14.
[15] No ocultaré el orgullo que me produce esta respuesta tratándose de un ex alumno y ex docente de mi cátedra.
[16] Durante 2002, el gobierno de la provincia de Buenos Aires, una de las más castigadas por la desnutrición infantil y la pobreza, invitó a 600 periodistas (si, ¡600!) a cuenta del Estado para que cubrieran los juegos juveniles y de la tercera edad bonaerenses llevados a cabo en la ciudad de Mar del Plata. Además de costear el viaje, alojamiento y estadía, se les obsequiaó a cada uno remeras y bolsos deportivos.
[17] Nunca olvidaré la patética imagen de un ex profesor de la entonces Escuela Superior de Periodismo de la UNLP, en la Sala de Prensa del Gobierno de la provincia de Buenos Aires, vanagloriándose del dinero que había recaudado en un mes en concepto de “contraprestaciones” al gobernador.
[18] Cuando la recesión no era tan acentuada como hoy en Argentina, en las conferencias de prensa de empresarios, donde se lanzaban nuevos productos al mercado, se les hacían regalos a periodistas, o se sorteaban viajes al exterior, autos y otros presentes. Nadie se iba con las manos vacías.
[19] A partir del 17/12/2002 y siguientes.
[20] En este sentido los Servicios de Inteligencia que operan en nuestros países, potenciados durante los gobiernos autoritarios, cuentan con un entrenamiento digno de destacarse que no siempre ponen en función de la seguridad del Estado, sino para garantizar que el verdadero Poder no sea molestado.
[21] Uno de los casos más resonantes en Argentina en los últimos años, lo constituyó el daño físico que le provocaran al entonces periodista de Página 12, Hernán López Echagüe, quien finalmente optó por su seguridad y la de su familia radicarse en Uruguay.
[22] En el libro Nunca Más/ Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Buenos Aires, Eudeba, 1985, pp. 367-69), leemos: “Si cabe señalar un estamento que notoriamente estuvo bajo la óptica preocupada del (...) gobierno militar, forzosamente habrá que mencionar a los periodistas argentinos. No fue a causa de la casualidad o por error que es tan alta la cantidad de víctimas en proporción a los profesionales que integran el sector (...) es evidente que se apuntó a silenciar un grupo social de gran importancia para evitar de raíz todo tipo de cuestionamiento público (...). Los represores interpretaron que los periodistas ponían en riesgo el pretendido consenso que debía acompañar las muy polémicas y comprometedoras facetas de la acción de gobierno, así como el sigilo y secreto con el que operaba el aparato represivo ilegal que debía paralizar por el pánico a toda la Nación (...). En el lapso comprendido a los primeros meses de gobierno de facto (...) se produce la más alta proporción de secuestros de periodistas”. Cabe recordar que el 25 de marzo de 1977 fue secuestrada una de las figuras emblemáticas del periodismo de investigación: Rodolfo Walsh. El día anterior había instrumentado la circulación pública de una carta abierta a la Junta Militar de Gobierno, por la que diseñaba el cuadro de violación a los derechos humanos y de perjuicios a la economía nacional que caracterizaba al régimen.
[23] Rosendo Fraga, es politólogo y director del Centro de Estudios Nueva Mayoría. Sus reflexiones fueron registradas en diciembre de 2002.
[24] Op. cit. 170.
[25] Rogelio García Lupo es maestro de periodistas y referente del periodismo de investigación.
[26] Poder Ciudadano, en www.poderciudadano.org.ar
[27] Recomiendo el boletín diario que distribuye Periodistas Frente a la Corrupción (www.portal-pfc.org).
[28] Jorge Guinsburg, humorista y conductor, en diálogo con Mario Pergolini. Canal à, 15/12/2002.
[29] Presidenciable a inicios del 2003 por la Unión Cívica Radical.
[30] RUIZ, F. Cfr. Bibliografía, p. 13.
[31] Idem, pp. 63 y 64.
[32] Idem, p. 67.
[33] Daniel Tognetti es periodista y conductor del programa televisivo de periodismo de investigación Puntodoc que, durante el año 2002, se emitió por el canal América. El concepto aquí citado pertenece a una entrevista publicada en la revista XXIII y puede verse en www.data54.com/xxiii/212/Nota02.htm
[34] Frak PIERSS, le atribuye a los medios en la sociedad democrática la función de informar, contribuir a la formación de opinión en la población y controlar a los gobernantes. Seguidamente agrega: “Ante el doble carácter de los medios de comunicación privados y su ‘esquizofrenia incorporada’ como lo define Weischenberg, que oscila entre brindar un servicio público y buscar éxito comercial, una estrategia política destinada a desarrollar los medios masivos de comunicación debe garantizar el pluralismo de opiniones aún cuando se enfrente a la resistencia de importantes intereses sectoriales”. Ver: “¿Cuarto poder o víctima? Los medios de comunicación latinoamericanos en la búsqueda de su identidad” en THESING, J y HOFMEISTER, W. Cfr. Bibliografía, pp. 196 y 197.
[35] La Habana, 2 de marzo de 2001.

Sobre informes e informantes
Las fuentes del relato

MILVA BENÍTEZ
CARLOS A. SORTINO

 Contenido
De la relatividad del conocimiento
De la manipulación que nos acecha
De culturas y contra-culturas
De las diversas maneras de nombrar la realidad
De cómo saberlo todo y no decir nada
Referencias del anexo
Notas

Rara vez un periodista de investigación relata hechos de los que ha sido testigo. Su tarea habitual consiste en reconstruir esos hechos a partir de fuentes testimoniales y/o documentales[1]. De allí la importancia que adquieren el conocimiento y la experiencia de sus diversos tipos y usos[2].

De la relatividad del conocimiento

Partimos de una premisa: no hay fuente desinteresada. Toda fuente, en mayor o menor medida, favorece o no el descubrimiento de aquello que sospechamos ocultado. Ni siquiera las fuentes técnicas (aquellas a las que recurrimos en busca de un conocimiento específico) se sitúan al margen del potencial descubrimiento: ese hecho que se pretende descubrir forma parte, directa o indirectamente, de una trama de la que el “técnico” es o no es partidario.

Un abogado especializado en derecho constitucional, aunque no esté directamente involucrado en el caso que nos ocupa, sí lo está en la interpretación jurídica global de la trama que lo contiene. La ley no es una ciencia exacta y prueba de ello es la abundante, diversa y hasta contradictoria jurisprudencia sobre un mismo tema. Vale como ejemplo el fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que el 14 de octubre de 1992 confirmó el indulto presidencial a militares procesados por violaciones a los derechos humanos. En ese fallo, el juez Carlos Fayt sostuvo que “las doctrinas sobre si la facultad de indulto conferida al Presidente de la Nación puede ejercitarse durante el proceso criminal o sólo luego de dictada la sentencia, tienen ambas sólidos fundamentos” y que “en consecuencia, las divergentes líneas de jurisprudencia seguidas por esta Corte convierten a la decisión de la validez constitucional del indulto conferido a procesados por el Poder Ejecutivo, en una cuestión estratégica”[3]. La decisión se toma, finalmente, desde un fundamento político y no jurídico.

Líneas arriba mencionamos a las ciencias exactas. Vayamos, entonces, al ejemplo de una investigación realizada por alumnos de nuestra comisión durante el año 2001: recorrieron diversos restaurantes y obtuvieron muestras de las comidas para someterlas a un análisis bromatológico, dado que la hipótesis del trabajo era que, al no existir controles del Estado, la elaboración de esas comidas podría transgredir los valores de higiene que las hacen aptas para el consumo[4].

Esas muestras de comida fueron llevadas a dos laboratorios para ser examinadas, pero como no existía en el ámbito nacional un parámetro de análisis (el Código Alimentario Argentino no establece los valores microbiológicos que se aceptan para comidas elaboradas listas para el consumo), uno de los laboratorios recurrió a parámetros internacionales (el Codees International y la Food and Drugs Administration de EE.UU) y concluyó que esas muestras de comida presentaban importantes rasgos de contaminación, mientras que el otro laboratorio aplicó un parámetro “puramente científico” que descartó niveles de contaminación “riesgosos para las personas”.

La cuestión finalmente fue saldada haciendo foco en la ausencia de parámetros nacionales y en el desmantelamiento de los controles bromatológicos municipales en la última década que, contrastados con los análisis de ambos laboratorios, marcan la incertidumbre que proyecta esa política pública sobre la sociedad, tras concluir que si es tarea del Estado garantizar la salud pública, también se puede considerar como una política la ausencia de esa garantía.

De la manipulación que nos acecha

Volvemos a nuestra premisa de arranque: no hay fuente desinteresada. Nuestro relato corre el serio riesgo de ser condicionado -y hasta determinado- por las fuentes testimoniales y/o documentales sobre las que hacemos pie.

Durante la campaña electoral de 1999 el candidato justicialista a la presidencia de la Nación, Eduardo Duhalde, no contaba con el apoyo del presidente Carlos Menem, también justicialista. Fue ese el motivo de sendos llamados telefónicos a las redacciones de los diarios Clarín y La Nación, realizados por una fuente testimonial que juega como favorable, según su relación con el caso; como off the record, por su condición de confidencial; y como permanente, por su carácter de habitual “correa de transmisión”.

El jueves 19 de agosto, poco antes de la hora de cierre, aquella fuente transmitió al diario Clarín la información de que Eduardo Duhalde resignaría su candidatura en favor de Carlos Reutemann (el “candidato” de Carlos Menem), a la luz de su baja perfomance en las encuestas que manejaba, e impuso la condición de que esa noticia debería ser publicada al día siguiente a cambio de la exclusividad. El periodista de Clarín pidió un día de gracia para chequear la información, pero la fuente se lo negó. No se sabe si esa fuente repitió la maniobra con el diario La Nación ni cuál fue la reacción de este medio. Lo que sí se sabe es el distinto tratamiento que ambos diarios, al día siguiente, dieron a la versión.

“Nueva operación del menemismo sobre Duhalde” fue la noticia (sin firma) publicada por Clarín el viernes 20 de agosto de 1999. El mismo día, La Nación dio cuenta de los hechos en una noticia firmada por Antonio E. De Turris y titulada “Duhalde niega que Reutemann lo reemplace como candidato”.

En el primer caso, el medio antepuso a la versión off the record la maniobra presidencial y, de algún modo, “salvó la ropa”, aunque en el cuerpo de la noticia igualmente la probable renuncia de Duhalde quedó consignada, en un claro ejemplo de condicionamiento del relato por parte de la fuente. En el segundo caso, el medio directamente otorgó veracidad a la versión off the record y aunque en el cuerpo de la noticia se consignó su raíz menemista, no deja de ser un claro ejemplo de determinación del relato por parte de la fuente.

La lógica que justifica la publicación de aquella noticia fue esgrimida por el periodista de Clarín Julio Blanck: “Los políticos saben que la exclusividad es un bien muy preciado por los periodistas”[5]. Desde esta perspectiva es imposible imaginar que la versión sobre la renuncia de Duhalde no hubiese podido convertirse en noticia para dar paso a una investigación que apunte no sólo a descubrir una maniobra presidencial que tenía por objetivo socavar a un candidato de su mismo partido, sino también a develar qué intereses políticos y económicos se verían afectados con el posible triunfo electoral de ese candidato. La cultura de la exclusividad pudo más que la contra-cultura de la investigación[6].

De culturas y contra-culturas

Si no hay fuente desinteresada y si corremos el riesgo de que el relato de la fuente condicione o determine nuestro propio relato, es lógico sostener que el relato de la fuente (de cualquier tipo) cobra importancia en la medida en que se pueda organizar una trama cuyo argumento sea comprobable empíricamente.

En diciembre de 1998, la instrucción del sumario por el asesinato del reportero gráfico José Luis Cabezas, a cargo del juez José Luis Macchi, había concluido y faltaban sólo unos pocos trámites formales para comenzar el juicio oral. En febrero de 1999, mientras realizábamos otra investigación, un juez de la provincia de Buenos Aires se convirtió en una fuente off the record de carácter ocasional cuando nos dijo que en algún lugar del Poder Judicial “descansaba” un expediente destinado en su momento a destituir al juez Macchi.

Otro periodista, prestigioso él y amparado en el anonimato de sus fuentes de información, había publicado a los pocos días de aquel asesinato que el juez Macchi estaba siendo investigado por la misma Corte provincial por su adicción al alcohol y por su posible vinculación con una banda de policías de la costa dedicada al narcotráfico. Nada de eso era cierto, según nuestra fuente, sino que -y más grave aún- aquel expediente hacía hincapié en su falta de idoneidad y fue archivado por cuestiones políticas poco tiempo antes del asesinato del fotógrafo[7].

La cultura de la exclusividad nos hubiese conducido a publicar esta noticia: “Fuentes del Poder Judicial señalaron a este medio que el juez José Luis Macchi estaba a punto de ser destituido por falta de idoneidad cuando asesinaron a José Luis Cabezas”. Pero contamos en nuestro favor con que la contra-cultura de la investigación era alentada en el medio para el que trabajábamos y comenzamos a explorar.

Encontramos ese expediente y no sólo comprobamos la certeza del relato de nuestra fuente, sino que, además, logramos comparar los errores señalados por los inspectores de la Corte en diversas investigaciones judiciales encabezadas por Macchi con los errores que la Cámara de Apelaciones fue corrigiendo durante todo el proceso de investigación del asesinato de Cabezas: eran los mismos. De allí la importancia del asunto[8].

Esta fuente off the record jamás fue mencionada como tal en nuestro relato, dado que al dar con el expediente y “cruzar” su contenido con el contenido de la “causa Cabezas”, logramos que el relato de esa fuente cobrara importancia porque se pudo organizar una trama cuyo argumento era comprobable empíricamente. El relato periodístico pudo prescindir de “soportes” externos de credibilidad: la acusación redactada por la Procuración de la Corte, todos los cuerpos de la “causa Cabezas” y el legajo con la trayectoria de Macchi desde su ingreso como empleado al Poder Judicial en 1972 (que incluía el pliego con el que fue designado juez y el diario de sesiones del Senado en el que se aprobó su designación en 1987), constituyeron un “corpus” con abundancia de fuentes documentales (oficiales y públicas, aunque nunca publicadas), todas ellas a la vista e irrefutables.

De las diversas maneras de nombrar la realidad

Afirmamos que no hay fuente desinteresada y que por ello corremos el riesgo de que su relato condicione o determine nuestro propio relato. Por ello sostenemos que ese relato cobra importancia sólo en la medida en que se logre organizar una trama cuyo argumento sea factible de comprobarse empíricamente, de manera que el relato periodístico resista la ausencia de “soportes” externos de credibilidad. Esta lógica nos conduce directamente al punto de partida de cualquier proyecto de investigación: examinar las circunstancias de construcción del relato de la fuente.

Así como el relato periodístico está condicionado por las circunstancias de su construcción (puede ser producto de la cultura de la exclusividad o puede ser producto de la contra-cultura de la investigación, para utilizar un ejemplo ya visto), también el relato de la fuente (testimonial o documental) está condicionado por las circunstancias de su construcción. Porque así como no es la realidad la que se construye desde los medios, sino el relato que la nombra, tampoco es la realidad la que se construye desde las fuentes, sino el relato que la nombra.

Las características que diferencian a las fuentes documentales de las fuentes testimoniales son varias: las primeras fueron construidas en el pasado, dan cuenta de la historia oficial del asunto en cuestión (sean públicas o privadas) y, por lo tanto, son irrefutables, en el sentido de que aquello que ocurrió, ocurrió de ese modo y no de otro, salvo que encontremos otra fuente (documental y/o testimonial) que pueda probar su falsedad; en tanto, las segundas son construidas en el presente, ofrecen sólo una versión de lo que ha ocurrido (o de lo que está ocurriendo) y, por lo tanto, son refutables, salvo que todas las fuentes consultadas (documentales y/o testimoniales) coincidan en esa misma versión.

En ambos casos podemos ensayar una manera de abordaje de aquello que llamamos circunstancia de construcción del relato de la fuente, que consiste en la formulación de dos series de interrogantes. La primera de ellas, vinculada con nuestra fuente (documental o testimonial) y la segunda, con el conflicto que estamos explorando[9]. Cada fuente se transforma así en objeto de investigación.

La primera serie: ¿Qué intereses representa este sujeto (fuente testimonial o documental)? ¿A quiénes beneficia y a quiénes afecta su relato? ¿Cuál es la importancia de su participación en el conflicto potencial que estoy explorando? ¿Por qué me dice esto a mí y no a otro (si es una fuente testimonial)? ¿Por qué accedo yo a este relato y no otro (si es una fuente documental)? ¿Por qué, si no he sido yo el único al que se lo ha dicho (si es una fuente testimonial) o el único que ha accedido a este relato (si es una fuente documental), nunca antes se ha publicado nada?

Las respuestas que logremos a estos interrogantes habrá que ponerlas luego a la luz de la segunda serie: ¿Cuál es este conflicto? ¿A quiénes afecta y a quiénes beneficia? ¿Cuál es su origen? ¿Qué medios se operan para la lucha en este conflicto? ¿Qué relaciones sociales promueve esta lucha? ¿Cómo se resuelve el conflicto, si es que se resuelve? ¿Qué nueva situación origina la resolución o no resolución del conflicto? ¿A quiénes afecta esta nueva situación? ¿A quiénes beneficia? ¿Qué conflictos potenciales alberga?

Claro que esto no es una receta y que de todos estos interrogantes, algunos podrán ser útiles y otros no y que también es posible (y necesario) abrir otros nuevos. Claro que las series pueden trastocarse y los interrogantes de una y otra pueden mezclarse y formularse a lo largo de todo el proceso de investigación y no tienen por qué ser respondidos de una sola vez. Claro que algunas (o todas las) respuestas pueden ser falsas (total o parcialmente) y que es muy posible que no lo percibamos en el momento y que tendremos que volver a indagarlas. Sólo se trata de estar atentos y desconfiar de todo, con la certeza de que, finalmente, es muy probable que nos engañen.

De cómo saberlo todo y no decir nada

Un tipo particular de fuente es aquel que se nombra con la palabra inglesa “briefing” (concepto derivado de la palabra inglesa “brief”, que significa “informe”). No es improbable encontrarnos en nuestro camino con una fuente testimonial que nos pida no publicar su relato hasta que se produzca el hecho que nos adelanta o con alguien que nos acerque un documento con la condición de no hacerlo público hasta una fecha determinada o, incluso, hasta su muerte.

Así funciona el “briefing” para el primer caso: el 28 de mayo de 1966 el general del Ejército Julio Alsogaray convocó a su despacho a dos periodistas de otros tantos diarios porteños para comunicarles que el 23 de junio sería derrocado el presidente Arturo Illia (hecho que ocurrió, finalmente, el 28 de ese mes) y que al día siguiente, 29 de mayo (día del Ejército argentino), el discurso del comandante en jefe del Ejército (cuyo texto les entregó), general Pascual Pistarini, sería la “señal de largada”. Un tercer periodista de otro diario fue convocado por el propio Pistarini aquel mismo día con idéntico objetivo.

Ningún medio publicó una sola palabra sobre este hecho. El golpe militar se veía venir desde mucho antes y no es improbable que las distintas versiones periodísticas que lo alentaban hayan sido “filtraciones” de las mismas Fuerzas Armadas, si tenemos en cuenta el análisis del periodista Gregorio Selser. Lo que se pretendía era “conocer la reacción de los directores de esos tres diarios. Por supuesto, no tardó mucho (el Ejército) en disponer de esa preciosa información: le bastó leer el tamaño de los titulares y el lugar destacado que se asignó al discurso de marras (el de Pistarini), para descontar que con ellos no habría problemas”[10].

Para el segundo caso de “briefing”, vale citar el trabajo “Los derrotados del golpe del 30”[11], publicado por el periodista Rogelio García Lupo una vez cumplido el plazo que se había comprometido a respetar. El mismo periodista da cuenta de este hecho: “Para la reconstrucción de la historia hasta ahora desconocida de Corda Frates, el autor dispuso del archivo de la logia, cuyo último depositario fue su miembro, el mayor Manuel Alvarez Pereyra, oficial yrigoyenista. Hace cuarenta años Álvarez Pereyra había entregado al autor estos documentos, que ahora se difunden, con el compromiso de no hacerlos públicos hasta el año 2000.”

En “Los derrotados del golpe del 30”, García Lupo devela que el golpe militar contra Hipólito Yrigoyen “fue obra de un pequeño grupo de conspiradores, quienes en todo momento tuvieron en claro que eran minoría en los cuadros del Ejército. Sin embargo, la historia apenas se ha detenido en el detalle de que menos del 5 por ciento de los jefes y oficiales se levantaron contra el presidente Hipólito Yrigoyen y de que el movimiento armado no contó con el apoyo de cientos de militares en actividad. (...) La preparación técnica del golpe había sido el resultado de la acción de no más de medio centenar de militares que, a partir de 1921, durante la primera presidencia de Yrigoyen, se habían complotado en contra de él y formaron una asociación secreta conocida como Logia San Martín. Entre los militares que no apoyaron el golpe estaban quienes, a partir del derrocamiento del gobierno radical, formaron la Logia Corda Frates.

Así como no hay fuente desinteresada, tampoco hay periodista desinteresado. Por eso es que el uso que le demos al relato de cualquier tipo de fuente dependerá de nuestra conciencia política, que no siempre es tal conciencia. En este último caso -el peor de los casos- la incidencia política que tiene el periodismo sobre la sociedad no podrá ser controlada por el periodista y el periodista ni siquiera se dará cuenta de ello.


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Referencias del anexo
1 VERBITSKY, Horacio. El vuelo, Buenos Aires, Planeta, 1995.
2 Ver cita 4 del apartado anterior, “Las fuentes del relato”. 
3 “Claro como el agua”, entrevista realizada por Mariana Dauphin y Gabriela Deladino, en el marco de la investigación publicada en la revista En Marcha (diciembre de 2000, año IV, Nº 17), en la que se demuestra que “a fin de año, la empresa Azurix habrá facturado un millón de dólares más de lo que debería haber facturado si el Organismo Regulador de Aguas Bonaerense (ORAB) hubiese reglamentado la cláusula contractual que obliga a la empresa de capitales extranjeros a proveer en forma gratuita a sectores de escasos recursos”.
4 “A pagar para trabajar gratis”, nota publicada en Página 12, en la sección Sociedad, 23/08/01.
5 CAMINOS MARCET, J. M. Op. cit.
6 Idem.
7 RODRÍGUEZ, Pepe en CAMINOS MARCET, J. M. Op. cit.


Notas
[1] Las fuentes de información no deben confundirse con los productores de información: agencias de noticias, medios y oficinas de prensa, públicas o privadas, a los que no podríamos considerar como fuentes porque difunden información procesada (lo que implica el abordaje previo de distintas fuentes). Estos productores de información sólo son útiles en tanto pistas que nos conduzcan hacia un tema de investigación. Para profundizar en este asunto, es recomendable el libro Periodismo de Investigación. Teoría y Práctica, del periodista español José María CAMINOS MARCET, especialmente su capítulo 9.
[2] Los conceptos y ejemplos de este ensayo no abordan todos los tipos y usos de fuentes. Pero queda implícito que el abordaje de un tipo y uso (por ejemplo: “fuente favorable”) remite inmediatamente al tipo y uso de su oponente, cuando lo hay (por ejemplo: “fuente desfavorable”).
[3] El indulto es una facultad presidencial cuya discusión jurídica se inicia el 6 de octubre de 1868, cuando la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en la causa “Simón Luengo y otros”, reconoció que el Poder Ejecutivo no podía indultar antes de la sentencia, pues no se puede beneficiar “a quien no es declarado culpable”. El 16 de junio de 1922, el criterio de la Corte es modificado en el caso “José Ibañez y otros”, cuando afirmó que “la facultad de indultar es procedente cuando existe proceso, ya sea antes o después de producida sentencia firme de condenación, puesto que en lo más está comprendido lo menos”. El 15 de julio de 1932, con el caso “Hipólito Yrigoyen”, la Corte volvió a la doctrina de 1868, cuando interpretó que el indulto significa el perdón de la pena y no de la acción, por lo que “es imposible indultar a un procesado sobre quien aún rige la presunción constitucional de inocencia”. El 14 de octubre de 1992, la Corte marcó un nuevo camino: el indulto es una cuestión política no judiciable.
[4] Tenedor libre (de controles)”, investigación realizada por Ma. Agustina Melchiori, Andrea Marquínez, Mariana García y Laura Savoy, alumnas durante el 2001 del Taller de Periodismo de Investigación de la FPyCS de la UNLP. Esta investigación aportó también una enseñanza sobre la validez de la prueba: sin, por lo menos, un acta ante escribano público que certificara el origen de las muestras de comida y los análisis de los laboratorios, este procedimiento carecería de legitimidad.
[5] Para una mejor comprensión de esta historia, además de los artículos citados, se recomienda leer “Un intento poco sutil de manipulación a la prensa”, nota firmada por Julio Blanck, Clarín, 22/08/99.
[6] Trasciende los límites de este artículo señalar que ninguna cultura es independiente de sus bases materiales de sustentación, pero no podemos obviarlo del todo.
[7] La acusación formulada por la Procuración de la Corte bonaerense, poco tiempo antes del asesinato de Cabezas, hizo especial hincapié en el cargo de “denegación y retardo de justicia”, fundado en diversas causas que prescribieron “por inercia del juez”. Una de las conclusiones de la acusación afirmaba: “El comportamiento del juez José Luis Macchi pone en duda su probidad”. Quien había impulsado la investigación era el entonces Procurador, Eduardo de Lázzari, que no llegó a pedir el enjuiciamiento porque fue designado Subsecretario de Seguridad. El sucesor se ocupó de otros casos y cuando ocurrió el asesinato de Cabezas ya no tuvo “margen político” para formalizar el pedido de juicio oral y público (“jury”), mecanismo por el cual se procesan las conductas de los jueces en la provincia de Buenos Aires.
[8] SORTINO, C.; ARIAS, F. y MOROSI, P. “No se olviden de José Luis. Biografía jurídico-política del juez que investigó el crimen de Cabezas”, en revista En Marcha, Nº 7, abril de 1999. Año II.
[9] Recordemos que el periodismo de investigación se caracteriza por rescatar de las sombras un conflicto (choque de intereses) y ponerlo en evidencia. Su interrogante básico es ¿quién hizo qué? Y este interrogante nos conduce a los materiales del relato: sujeto-acción-objetivo: tal sujeto (individual o colectivo) hizo tal cosa en tales circunstancias de tiempo, modo y lugar, logrando (o apuntando a lograr) tal objetivo y provocando (o pudiendo provocar) tales efectos sociales.
[10] Estos hechos fueron narrados por Gregorio Selser en la revista porteña Inédito del 11 de enero de 1967 y por Pedro Barcia en la revista Mundo Nuevo (publicada en París) de noviembre de 1966. Ambos relatos fueron incluidos en el libro El Onganiato, de Gregorio Selser.
[11] Suplemento Zona de Clarín, 3 de septiembre de 2000.

La entrevista en el proceso de investigación

ADRIÁN MENDIVIL

Contenido
Lugares comunes
La relación entrevista y conocimiento
Diálogo, proximidad e imaginación: pilares de una definición
La investigación y la planificación de la entrevista
Contenidos y sentidos de las preguntas
Posibilidades
Bibliografía

Lugares comunes

En la práctica periodística cotidiana, los términos entrevista e investigación suelen estar tan frecuentemente implicados que casi no pueden pensarse aisladamente. Sin embargo, y a fuerza de ser rigurosos, puede sostenerse como verdadero tanto que el primer concepto esté comprendido por el segundo, como afirmar que no toda entrevista se halla al servicio de una investigación. En cada caso habrá que suponer un encuadre y una finalidad diferentes. Detectar esto conlleva cierto grado de dificultad para el público que suele estar expuesto a la última parte de ese largo proceso (de investigación).

De lo que el sentido común no suele dudar es de la utilidad que prestan las entrevistas, formen o no parte del cuerpo de una investigación, cualquiera sea la envergadura de la última. Los medios masivos han potenciado la presencia de esta técnica, que en sus diversas modalidades o tipos, es exhibida como una herramienta valiosa y fundamental a la hora de atrapar nuevos conocimientos, entretener, ilustrar, homenajear, etc. El espacio que han conquistado desde su aparición en la prensa escrita se debe, entre otras razones, a que una entrevista bien hecha, es un producto cuya comprensión y consumo suelen estar bastante garantizados a priori, cualquiera fuere el medio en el que se las presente.

“La entrevista es un tipo de escrito muy digerible. Cuando están bien realizadas y se pregunta de forma adecuada a quien tiene algo que contar, el resultado suele ser excelente. En los mejores periódicos no se desperdicia espacio, para encuentros por motivos fútiles o para aquellos en que los resultados obtenidos no han sido los esperados”. (Cantavella, 1996).

Este privilegio no sólo se verifica en la prensa gráfica. La televisión dedica una importante cantidad de minutos semanales al género, y en la radio, sin temor a exagerar, en todas las producciones se incluye una entrevista, en cualesquiera de sus tipos. La frecuencia de la exposición ha servido además para que el público sobreentienda y comparta colectivamente algún un tipo de definición de esta modalidad de expresión. Algo similar ocurre con aquellas entrevistas utilizadas en la investigación social, aunque su “popularidad” pueda darse dentro de un público más restringido. Las ciencias antropológico-sociales a lo largo del siglo XX, fueron adquiriendo una influencia mayor en el pensamiento contemporáneo. Los métodos cualitativos a su vez, fueron ganando terreno en los estudios de las culturas y los grupos, frente a otras técnicas de investigación social (muestreos, correlaciones, o el análisis y la interpretación de datos).

En este contexto se tornaron muy útiles aquellas técnicas que permitieran una descripción espontánea y en primera persona, de las acciones, creencias y experiencias de esas culturas. Así, la historia de vida se constituyó en la técnica específica de la metodología cualitativa. Por otra parte, y pese a su origen académico, también han comenzado a “colarse” entre las rutinas periodísticas, y aunque entrevista e historia de vida no pueden asimilarse, de hecho este contacto ha enriquecido e innovado el abordaje periodístico de la técnica.

La relación entrevista y conocimiento

Todos “sabemos” qué es una entrevista. No hace falta haber asistido a una facultad de comunicación para poder afirmar que toda entrevista supone la conversación acordada entre dos o más personas; que gira sobre uno o varios temas cargados con algún interés social; y que ese todo, exhibido en tiempo presente, como mínimo, es el producto de una preparación previa por parte de uno de los intervinientes con miras a reutilizaciones posteriores, se trate del público o de los medios.

En ocasiones la entrevista adopta la apariencia de un “gran preparado” (en donde el diálogo deja traslucir una especie de acuerdo que las partes respetan y parecen conocer demasiado); en otras, ese convenio queda suspendido o lesionado. Allí queda en exposición el hecho de que los participantes responden a la “lógica interna”, al funcionamiento “normal” de la entrevista, pero no significa necesariamente que aquéllos concuerden con los mismos objetivos e intenciones.

Un ejemplo recurrente de lo anterior, lo constituyen los candidatos políticos que inmersos en la campaña electoral, aceptan de buen grado concurrir a las entrevistas solicitadas por los medios, a sabiendas de que habrá preguntas “incómodas”. Pese al “mal rato” que pueda proporcionarle la entrevista, es probable que el político, pueda alcanzar finalmente su objetivo: hace conocer sus propuestas a un público masivo. Estas y otras nociones, “obvias” y “previsibles” acerca de la entrevista, se configuran sin mayores propensiones en el habitante común.

Cuando el objetivo es reflexionar acerca de qué y cómo nos permite conocer, la dimensión de ese concepto no es tan sencilla, porque la diferencia de grado entre lo que el sentido común entiende por entrevista y la pretensión de validez de los que intentan estudiarlo, es por lo menos, difusa. Esto ha generado un espejismo bastante frecuente en los análisis: la entrevista, además del entrevistado, no requiere más que un instructivo preciso y una persona con “sentido común” para desarrollarse. ¿Resulta imposible revisar el ámbito de la entrevista? El problema requiere de una evaluación aunque sea breve, de la interacción entre la teoría, y la técnica. Después de todo, la representación conceptual de los objetos, es una elaboración intelectual, una interacción entre sujeto y objeto. ¿Por qué la entrevista quedaría ajena a esta preocupación específica del conocimiento?

La primera consideración previa (a una definición) en la que se necesita reparar es que no hay objeto sin perspectiva. “Si decimos que todo conocimiento es conocimiento para un sujeto, admitimos entonces que en dicho sujeto el conocimiento se presenta bajo la forma de pensamiento, es decir, bajo una forma que en un sentido amplio podemos llamar teórica”. (Sabino, 1986).

A “secas”, el término entrevista remite a un mundo de ideas; de modo que los autores que escriben sobre el tema (y aunque lo nieguen de manera explícita), estuvieron obligados a buscar refugio en contextos teóricos o sistemas referenciales, para poder abordarlo, para darle dirección, para delimitarlo, para someter a discusión lo obvio y previsible.

Se quiere señalar con lo anterior, que la entrevista será una realidad “aprehendible” en la medida en que poseamos un instrumental teórico para abordarla. Algunos periodistas nutren su reflexión desde lo que emerge de la recolección de opiniones y saberes acerca de la práctica de los profesionales. Hay entre éstos quienes realizan estudios de campo para recoger los testimonios y perspectivas que puedan hallarse aislados; o se apropian legítimamente de los conceptos sintetizados en simposios y reuniones.

El estudio proporcionado por la bibliografía que ha comenzado a aparecer en cuanto al uso del término y los diferentes tipos y clases de entrevista en el campo periodístico y de la comunicación, reconoce en muchos casos aquél origen.

La segunda advertencia se desprende de la anterior. Si siempre hay teoría en las perspectivas, no habrá una definición irreprochable de entrevista. Plantearse problemas del tipo que estamos tratando (definir qué se entiende por entrevista), supone una voluntad, una preocupación, una duda; supone como se dijo anteriormente, un sujeto concreto. A su vez, la entrevista, o lo que se conozca de ella será un producto social, para una cultura y en una época determinada. Si no se atiende este aspecto, no se comprende muy bien cómo la entrevista para algunos autores es una herramienta que recoge información pura, y para otros es la expresión de una relación social.

En el esquema de investigación propuesto por la sociología desarrollada en los EE.UU en el siglo XX, la entrevista era una técnica que permitía recoger datos acerca de “las percepciones de una persona, sus creencias, sentimientos, motivaciones, anticipaciones, o planes futuros”. (Selltiz, 1971).

Así mientras los métodos de observación dentro del proceso de una investigación estaban orientados a la descripción y comprensión de la conducta presente del individuo, la entrevista y el cuestionario se reservaban para  proporcionar información sobre la conducta pasada o privada de las personas.

Selltiz advertía, sin embargo, que en la entrevista, la mayor parte de la fiabilidad descansaba en la información verbal del sujeto y que por esto el entrevistador estaba obligado a estimar su valor. “La información proporcionada por el sujeto puede ser tomada o no por su valor intrínseco; puede ser interpretada a la luz de otros conocimientos acerca del sujeto, o en términos de alguna teoría psicológica; pueden ser obtenidas inferencias sobre aspectos de su actuación que él mismo no ha aportado. El punto de partida, no obstante, es el informe del propio sujeto. Así, estos procedimientos ordinariamente pueden conseguir solamente el material que el sujeto quiere y puede aportar”. (El subrayado es nuestro).

Desde esta perspectiva, la preocupación del investigador está centrada en si el entrevistado dice o no la verdad; en asegurarse de que los dichos del entrevistado se aproximen lo más posible a la verdad. Alguien podría preguntar acerca de los parámetros para establecer, valor intrínseco de la información proporcionada; además, ¿residen esos patrones en el sentido que construye el sujeto que entrevistamos? Podría interrogarse acerca de qué otros materiales o que otras inferencias pueden desprenderse, de un uso de la entrevista más allá de lo que el sujeto quiere y puede aportar.

Por último, si los dichos son medidos en función de la verdad, ese alguien estaría en todo su derecho de preguntarse ¿La verdad para quién?

La entrevista en este enfoque parece percibirse como una relación muy determinada por las preocupaciones iniciales del investigador, más que de la interacción resultante. Una relación en donde el entrevistador no se “contamina” con su entrevistado, y en donde éste tiene un papel relativizado que jugar. El supuesto metodológico descansa en el carácter fáctico, objetivo, y verificable del conocimiento; y en la confiabilidad y validez de los datos recogidos según parámetros de conducta más o menos estructurados, pero preestablecidos por el investigador.

Con la “irrupción” de las corrientes constructivistas, se presta  una mayor atención al lenguaje. Este aparece como “el” medio simbólico expresivo, algo que hace visible la subjetividad y posible la interacción de los sujetos. Dicho de un modo muy general, la sociedad deja de pensarse como un órgano con vida propia, para concebirse como una resultante de constantes procesos de intercambios simbólicos en situaciones sociales problemáticas. Las metodologías y las técnicas para el abordaje de la realidad social, pierden esa condición aséptica característica del encuadre positivista.

Dentro de este contexto, la entrevista más que una herramienta para la recolección de datos, se percibe como un intercambio simbólico particular. “Dicho de otra forma, la entrevista es una relación imaginaria entre entrevistados y entrevistadores”. (Saltalamacchia, 1998). Esta relación social produce una información valiosa, debido a la interacción misma entre entrevistador y entrevistado, y no pese a ella, como se percibe en el enfoque anterior. “El entrevistador puede tratar de imaginar al entrevistado, no como un depósito de información fáctica, sino como un sujeto capaz de articular un pensamiento propio.” (Saltalamacchia 1998).

Esto no significa desestimar las preocupaciones inherentes a la planificación de la investigación y por ende de la entrevista, como veremos más adelante.

La última consideración está centrada en la necesidad de ser conscientes de que: si no hay técnicas neutrales que operen sobre su objeto, tampoco habrá preguntas ni registros neutrales. Algo de ello parece advertir Cantavella cuando se refiere a que el periodista no es una combinación de grabador y máquina fotográfica. “Todo periodista, selecciona siempre, y aunque no juzgue, sólo en el modo de enfocar llevar y desarrollar la entrevista, está interpretando lo sucedido (...), aún el más objetivo, es siempre un intérprete de la realidad”.

Las preocupaciones de corte “instrumental” derivadas de los encuadres teóricos positivistas, sobreviven en muchos manuales de entrevista. Los decálogos de uso de tal “instrumento” son con frecuencia, un cúmulo de sugerencias cuya aplicación en la mayoría de los casos, resulta prescindente del sujeto del diálogo, el medio y la situación. Como se ha intentado ejemplificar en los párrafos anteriores, el problema radica en ceder ante el espejismo de pensar en una cierta independencia entre teoría y técnica, o que esta última no guarda ninguna relación con los aspectos teóricos.

De este modo se plantea una falsa dicotomía entre aspectos de formulación o teóricos (abstractos), y otros de carácter aplicativo, técnico, que no poseen dimensión teórica. En esta dirección parece marchar la siguiente aclaración: “Sin la pretensión de invocar un supuesto carácter científico para el género, pero convencido de que hay modos de hacer bien las cosas, y de que existe multitud de ejemplos en los que se alcanzan incluso alturas poéticas, develando el mundo a través del diálogo periodístico, este libro se consagra a examinar los problemas comunes y a reflexionar sobre las estrategias que se ponen en la entrevista”. (Halperín, 1995). Con este planteamiento sólo bastaría una persona dotada de sentido común y un buen instructivo.

Por el contrario, inserta en un proceso de conocimiento de la realidad, la entrevista concreta un conjunto de saberes teóricos; es una instancia de articulación entre teoría y técnica, donde cada una es la expresión de la otra.

Lo que tratamos de subrayar es que, cuando se pretende operar con la entrevista sólo con la mirada “instrumental”, aquella incorpora de manera no explícita y de un modo no consciente, teorías que pueden llegar incluso en sus aspectos formales a ser contradictorios y que actúan de manera perjudicial en el interior de la entrevista. Esto significa que el profesional que no se interroga acerca de las preguntas que hará a su entrevistado, no estará en condiciones a la hora de analizar las respuestas obtenidas. En suma, será controlado por su técnica.

“Dado que se puede preguntar cualquier cosa a cualquiera y que casi siempre alguien tiene buena voluntad responder cuando menos algo a cualquier pregunta, aún la más irreal, si quien interroga, carente de una teoría del cuestionario, no se plantea el problema del significado específico de sus preguntas, corre el peligro de encontrar con demasiada facilidad una garantía del realismo en la realidad de las respuestas que recibe”. (Bourdieu, 1986).

El énfasis puesto aquí en el aporte que esta técnica hace al conocimiento o a su divulgación, tiene relación con lo señalábamos al comienzo del artículo y con lo que también sostiene Leonor Arfuch (1995), en cuanto a que “la entrevista es uno de los instrumentos por excelencia de la investigación periodística. De tipo testimonial o indagatorio, dirigida al testigo de hechos, al protagonista, al ciudadano, a voces autorizadas, a especialistas, tiene el mismo valor que en sus usos en ciencias sociales; reconstruir un acontecimiento, una historia, casos ejemplares, encontrar un orden y una verdad. En este sentido, los umbrales de una y otras formas no son tan nítidos”.

Diálogo, proximidad e imaginación: pilares de una definición

Diálogo, proximidad e imaginación, son los rasgos que en principio parecen contar con el consenso necesario entre los autores consultados, a la hora de estructurar el concepto de entrevista. “El diálogo periodístico es también la oportunidad de tener una fuente única a nuestra disposición, mejor dicho a disposición de la habilidad que tengamos para construir el vínculo que nos permita obtener del sujeto toda la información que buscamos, lo voluntario y también lo involuntario, incluso trabajando con sus medias palabras” (Halperín, 1995).

El vínculo entre periodista y entrevistado se construye a partir de un tipo de conversación que, según este autor, “funciona con las reglas del diálogo privado (proximidad intercambio, exposición discursiva con interrupciones, un tono marcado por la espontaneidad, presencia de lo personal y atmósfera de intimidad), pero está construida para el ámbito de lo público”.

Al tratar de responder ¿qué se entiende por entrevista? Cantavella afirma que en principio hay que deslindar todos aquellos procedimientos mediante los cuales los periodistas abordan a diferentes personajes con el objetivo de obtener información que luego emplearán en cualquier artículo o crónica, de los que se valen del “diálogo que se mantiene con una persona con el fin de publicar sus palabras más o menos literalmente”.

Más allá de las consideraciones prácticas de cómo obtener los elementos para una noticia, el colega español señala que “la entrevista es la conversación entre el periodista y una o varias personas con fines informativos (importan sus conocimientos, opiniones o el develamiento de la personalidad) y que se transmite a los lectores como tal diálogo, en estilo directo e indirecto”.

Analizada dentro del contexto del proceso de investigación, el profesor Carlos Sabino (1986), también hace hincapié en el diálogo como rasgo estructurante. “La entrevista desde un punto de vista general, es una forma específica de interacción social. El investigador se sitúa frente al investigado y le formula preguntas, a partir de cuyas respuestas habrán de surgir los datos de interés. Se establece así un diálogo, pero un diálogo peculiar, asimétrico, donde una de las partes busca recoger informaciones y la otra se nos presenta como fuente de esas informaciones”.

La particularidad de este diálogo también es subrayada por Halperín cuando afirma que “la relación entre el periodista y su personaje no es entre pares; es asimétrica. Nuestro sujeto está en el centro de la escena -lo hemos elegido por ser un personaje público porque es un hombre clave en el tema que exploramos-, y nosotros a un costado, facilitando su contacto con los lectores y oyentes”. La voz del entrevistado es la que cuenta, pero por otra parte, ese personaje público está “a disposición” del periodista para ser guiado, criticado o derivado a otros temas; esto expone otra faceta del carácter asimétrico de esa relación.

Pese a la singularidad que le aportan estos rasgos, para Saltalamachia la entrevista no se diferencia en mucho de “otras relaciones sociales en las que se produce información mediante la interacción de uno o más personas”. Según este autor, la entrevista permite ser analizada como una relación social. Es preciso aclarar que este enfoque se halla dentro de perspectivas metodológicas cualitativas y que el autor considera adecuadas para el abordaje de la problemática social en general. No obstante, esta mirada implica comprender que la entrevista, más que diálogo y proximidad física (aún las mediadas por la tecnología) entre dos personas, es una relación imaginaria entre entrevistador y entrevistado.

“Decir que la relación es imaginaria no cumple una función estilística. No se trata de presentar una metáfora con una prioritaria intención estética; por el contrario, presentar las cosas de esa manera pretende enfatizar una idea que debe ser recordada durante toda la entrevista; ambos interlocutores se relacionan con la imagen que cada uno tiene del otro y no con un ser real; cada interlocutor imagina quién es y qué piensa aquél con quien está compartiendo la experiencia de la entrevista y es a esa imagen a la que le pregunta o a la que le responde. Tenerlo en cuenta es cardinal, pues las preguntas y respuestas serán diferentes cuando esas imágenes varíen, en el caso en que uno de los dos tenga una imagen del interlocutor la entrevista será una, y en el caso de que tenga otra imagen del mismo interlocutor, la entrevista será distinta”.

Lo que advierte el autor, en definitiva, es que lo que actúa consciente o inconscientemente en esas imágenes, operarán de manera indefectible en todo el proceso de la entrevista modificando o reafirmando dichas imágenes (desde la selección del entrevistado, al contenido de las preguntas, a su formulación y a la edición de las respuestas), por lo que es necesario una vez más, precaverse ante la inminencia de este proceso. El entrevistador “debe estar consciente de ese flujo de representaciones y debe intentar que ellas vayan en el sentido que más ayude al espíritu de la entrevista que se está produciendo”.

Rosana Güber (1994) también reflexiona acerca del carácter comunicativo y productivo de la entrevista y de la importancia de las representaciones que entran en juego (ella las denomina “repertorios”), al analizar las entrevistas efectuadas a dos militantes nacionalistas, dentro del contexto de una investigación sobre Malvinas. “Por ser éste uno de los primeros encuentros de mi investigación, desconocía y mal conocía los repertorios de mis interlocutores (...). Esperé que mi presentación los hubiera convencido, y que pudiera combinar mi supuesta amplitud de antropóloga con mi información como ciudadana. Pensé que desde mi neutralidad, podría seguir y penetrar la lógica de sus discursos. Una relectura más detenida de la transcripción muestra que no fue así, y que el investigador puede verse arrastrado como participante, dentro de una entrevista. Mi presentación verbal y no-verbal contribuyó a delinear el contexto durante los 90 minutos. El análisis revela cómo los tres negociamos fronteras y posiciones, re-definimos la situación, y creamos nuevos objetivos en relación al tema de reunión: el sentido de Malvinas y el de la Nación”.

El intercambio entre las dos personas físicas da como resultado un producto más complejo que lo que “a simple vista” transmite el entrevistado. “La entrevista periodística es un intercambio entre dos personas físicas y unas cuantas instituciones que condicionan subjetivamente la conversación. El entrevistado habla para el periodista, pero también esta pensando en su ambiente, en sus colegas, en el modo como juzgarán sus declaraciones la gente que influye en su actividad y en su vida y el público en general”. (Halperín, 1995).

La investigación y la planificación de la entrevista

En el desarrollo de las diferentes etapas que exige una investigación de las que proponemos a nuestros alumnos, es altamente probable que se utilicen varias modalidades de entrevistas. Es más, la investigación podría exigir un tipo de entrevista por cada entrevistado. La mayoría de los autores arriesga una tipología soportada por algunos de estos criterios.

El grado de planificación, y el ajuste a esa planificación, deriva en que las entrevistas puedan ser “estructuradas” o “no estructuradas”, con posibilidades intermedias. Las últimas son las de mayor presencia en nuestras investigaciones de cátedra.

Brevemente señalaremos que en ambas modalidades existe un plan previo. Sólo que en las primeras, durante la entrevista, el plan se aplica rigurosamente, mientras que en las “no estructuradas” ese plan admite modificaciones.

Al describir los métodos y técnicas aplicadas para una investigación que se propuso analizar las transformaciones familiares, representaciones y valores en los tiempos de Menem, sus autores explican los criterios que estructuraron la toma de datos cuantitativos y cualitativos en Tucumán, Capital y Conurbano. “Las entrevistas que hicimos no fueron rígidas, haciendo las mismas preguntas cada vez. Fueron entrevistas antropológicas, es decir en forma de charla con el entrevistado”. (Isla, Lacarrieu, Selby.1999).

Estos investigadores diseñaron un tipo de entrevista para cada contexto. En Buenos Aires el modelo de entrevista estuvo referenciado por los temas y preguntas que se efectuaron en Tucumán. Preguntas y problemas que habían sido de interés tanto para los autores como para los entrevistados. “Por ello la entrevista fue diseñada según diversos tópicos de importancia de acuerdo a nuestros objetivos, considerando una primera parte de indagación sobre datos duros de la familia (demográficos, ingresos, ocupacionales), y una segunda, donde concentramos la atención en los temas generales, ligados a: a) el funcionamiento y administración de fondos en la casa; b) las relaciones familiares, teniendo en cuenta las diferencias de género y generacionales y pivoteando en torno al concepto simbólico de respeto; c) vinculado al primer tema, las representaciones sociales acerca de la crisis; d) las visiones respecto de la economía política, considerando las atribuciones de sentido dados al modelo económico imperante, al lugar del menemismo en este contexto y sus relaciones con gobiernos anteriores, como valoraciones de la democracia y de los partidos políticos en general”. (Isla, Lacarrieu, Selby, 1999).

Esta flexibilidad da algunas ventajas: permite explorar un universo poco conocido, da lugar a la aparición de lo imprevisto y estructura menos los procesos de asociación y memorización del entrevistado. Como desventajas se suele apuntar el excesivo tiempo de preparación que demandan, o la exigencia de un entrevistador muy atento que evite que la entrevista se dirija a caminos diferentes o inútiles a la investigación. Los resultados, (esto es extensivo a cualquier tipo de entrevista), dependerán del objetivo perseguido y del modo utilizado.

Para otros autores, la elección y el uso están casi siempre determinados por el tipo de información que se busque en el entrevistado. Es el caso de este periodista que entiende que los tipos de entrevistas persiguen diferentes finalidades, tales como: “que (el entrevistado) haga una revelación inédita; formule una propia denuncia, muestre un ángulo desconocido para el personaje, profundice en algo que ha llamado la atención, exponerlo como testigo”. (Halperín, 1995). En este análisis de la entrevista dentro del proceso de investigación, incluimos las variantes en las que el grado de presencia personal es alto o relativamente alto (de personaje, divulgación, testimoniales, de declaraciones). Se pueden incorporar además las que en otros manuales son denominadas “de semblanza”, o “de personalidad”.

Brevemente señalemos que una entrevista de personalidad apunta sobre todo a esa información acerca de la manera de ser y de pensar del individuo que tenemos adelante. “A través de nuestras preguntas manifestará su trayectoria, opciones presentes y anhelos más sentidos, a lo que intercalaremos la impresión subjetiva que nos produce: con la mezcla de ambas aportaciones el lector sacará sus propias conclusiones, y lo que se pretende es que cuando termine de leerla, se haya formado una opinión entera y fundamentada, sobre el entrevistado”. (Cantavella, 1996).

Elegida la modalidad, afloran otras preocupaciones. Sólo brindaremos un detalle de las recomendaciones, porque es abundante la bibliografía sobre el particular:

- la mayoría de los manuales aconseja tener pautas claras acerca de quién maneja la entrevista, pese a que por momentos el entrevistado tenga la posibilidad de conducirla, siempre a los fines de que su cooperación aumente; además, es útil y necesario que el entrevistador pueda comparar lo que espera escuchar y lo escuchado.

- para las entrevistas que manejamos, conviene una guía, donde se boceten los temas; en el caso de las semiestructuradas, la redacción de alguna pregunta o preguntas importantes que puedan quedar omitidas en el transcurso del contacto con el entrevistado.

- algunos autores que entienden que el boceto en el papel, torna menos espontánea a la conversación. Lo mismo ocurriría con el grabador.

- comunicar la última finalidad de la entrevista o de la investigación, no siempre es aconsejable en el periodismo , ya que en ocasiones, esta franqueza desencadena el final del encuentro o aborta la cita.

- conviene considerar si las respuestas entrañan algún riesgo para el entrevistado, dado su carácter confidencial, privado, etc.

- al hablar de una relación social, se mencionó la particularidad de que  las imágenes son las que determinan este vínculo; esas imágenes se apoyan en el lenguaje, los gestos, la apariencia y en los prejuicios preexistentes. Prever la influencia que pueda tener nuestro vocabulario y construcción de las frases, pensando en la claridad, o en la naturalidad, son de oportuna ayuda.

- las entrevistas medianamente estructuradas, suelen requerir el auxilio de otras herramientas para la construcción de los datos, por ejemplo, la observación.

- finalmente se recuerda la imposibilidad de llevar a cabo con éxito cualquier indagatoria, sin una exhaustiva documentación acerca del entrevistado.

Entre otros motivos para reflexionar acerca de la importancia de preparar la entrevista, en el contexto de la investigación, se encuentra el que muchas veces ella constituye la única forma de obtener la información buscada. No siempre los documentos están a disposición; la confiabilidad de los mismos está puesta en duda, o lo que ocurre con mayor frecuencia, el informante clave, sólo está dispuesto “unos minutos” y después de largos “pasilleos”.

Este enfoque parte de la suposición de que no se está trabajando con fenómenos naturales; por ende, la experimentación libre con esta técnica es difícil que arroje un buen resultado para la investigación: el entrevistado nunca será el mismo. Es casi imposible que un entrevistado conceda otro momento de su agenda o nos vuelva a reproducir su respuesta en el mismo contexto, con la misma narración.

Las recomendaciones de párrafos anteriores tienen una formulación bastante ideal. En realidad son pocos los criterios que pueden determinarse concretamente de antemano. Es necesario entonces una evaluación de dichos parámetros durante el desarrollo de la investigación.

Antes de entrar en el contenido de las preguntas, señalemos la importancia que adquiere para una entrevista, la posesión de criterios adecuados para controlar la veracidad de la información. Es lo que algunos investigadores llaman la “consistencia interna” de la información recogida.

En el empleo de entrevistas de personalidad, es bastante común que aparezcan las “distorsiones” en las respuestas del entrevistado. No obstante, es posible una comparación cruzada de los datos obtenidos para reforzar la exactitud de la información. “Debe admitirse que no existe ninguna prueba interna que, sin otra ayuda, permita al analista (en nuestro caso periodista investigador), adaptar su material. Las únicas pruebas correctivas satisfactorias con las externas, tales como el grado de correspondencia con otras fuentes de información o con la conducta observada. (...) Si no es posible corroborar determinados tipos de afirmación, debemos conformarnos con su plausibilidad intrínseca” (Madge en Magrassi-Rocca, 1980).

Contenidos y sentidos de las preguntas

Cuando se les plantea a los alumnos que es importante imaginar al entrevistado como sujeto, se cosecha un complejo de respuestas que encierran dosis de incredulidad y sorpresa por lo “obvio” de la propuesta. Sin embargo, en el apartado anterior, uno de los puntos señalados como claves en la preparación del reportaje, es que el entrevistado colabore activamente con el objetivo de la investigación. En las aulas todavía prevalece la convicción, que un buen cúmulo de preguntas puede con el entrevistado. La experiencia de nuestros alumnos en la producción de entrevistas, al menos, parece contradecir el sustento de dicha afirmación (porque): el entrevistado, nunca es un informante pasivo.

Una pequeña digresión en referencia a los códigos y sus representaciones. Hace algunos años, Selltiz y otros investigadores consideraban (desde la perspectiva empistemológica ya apuntada), a la entrevista como una “técnica de recogida de datos” y que el contenido de la pregunta constituía un aspecto sobresaliente de la misma.

Aunque no compartimos sus posiciones previas, rescatamos esa preocupación por detallar las áreas de la conducta humana que preocupan a los investigadores. Según Selltiz los entrevistados por lo general responden preguntas sobre cómo actúan, sienten, piensan o creen que es la realidad, hecho de por sí demasiado complejo, como para ser explicado con sencillos interrogantes del tipo, ¿Qué haría Usted si...?” ¿Qué significa para Usted tal...? ¿Puede indicarnos si conoce...? Establecían luego categorías rigurosas acerca de cómo redactar los interrogantes según apuntaran a hechos conocidos, creencias, sentimientos o normativas sociales representadas en el entrevistado.

Si bien confiaban en la función que en general presta la entrevista, reparaban en la necesidad metodológica de reflexionar acerca de la generalidad con la que se formulan las preguntas y en los cuidados y dificultades que ocasionan en el entrevistado. La explicación ofrecida para esta particularidad es que aquél pone en funcionamiento “mecanismos de defensa” ante cualquier pregunta, pero es indudable que también se activan dichas estrategias ante cuestionarios formulados de modo tan impreciso, por los investigadores. Si la pregunta remite a algún momento o aspecto desagradable de la experiencia personal del entrevistado, éste tal vez finja no recordar; o en ocasiones cuando lo que está en juego es su comportamiento frente a una escala de valores, suele “escapar” idealizando su propio “deber ser”, más que en evaluar su propia conducta. Cabe recordar que el entrevistado habla “en nombre” de varias instituciones sociales.

Para estos autores, la respuesta a una pregunta sobre un hecho conocido se vuelve “ficción” en boca del entrevistado, porque no desea o no puede someter a su memoria a semejante esfuerzo de reconstruir un acontecimiento pasado. Tratándose además, de la utilización de una técnica dentro de una investigación cercana al campo de la investigación social, insistimos en recordar que el objeto de su estudio “no es una realidad estática, inmutable o repetible, sino hechos únicos, irrepetibles y en los que el principal protagonista es un hombre o mejor dicho un grupo de seres humanos, que actúan sienten y piensan en tanto que participan y pertenecen (en aceptación o rechazo) de su propia cultura a un determinado tipo de sociedad”. (Magrassi-Rocca, 1980).

Los sujetos que por lo general son abordados en las investigaciones mediante esta técnica, manejan “códigos simbólicos, que reflejan valores, que se expresan en normas y que se manifiestan en pautas o formas de comportamiento en la satisfacción de sus necesidades (individuales y a la vez siempre sociales)”. (Magrassi-Rocca, 1980).

¿Cuál es el tipo de preguntas que conviene hacer en una entrevista? Otra vez, existiría una respuesta por investigación y por entrevistado. Saltalamachia (1998) entiende que la tipificación de las preguntas deberá servir sobre todo para que el entrevistador pueda “anticipar mentalmente el momento en que habrá de probar su propia entrevista, y servirle de apoyo para que imagine situaciones de entrevista y sus posibles formas de encararlas”.

Para este autor hay preguntas introductorias, de estimulación, de opinión, sobre hechos, focalizadoras y de aclaración. Las introductorias, tienen como propósito abrir el diálogo. Son abiertas, permiten que el entrevistado recurra a su voluntad para introducirse en el tema. Las de estimulación, tratan de concentrar al entrevistado sobre algo que se ha dicho y que nos parece importante desarrollar. Todos aquellos interrogantes que estimulan la formulación de pareceres, actuales o pasados, son los de opinión. Mediante las preguntas sobre hechos, se propone al entrevistado un relato lo más caracterizado posible de su experiencia o conocimiento. Las focalizadoras son las que por lo general hacen “volver” al entrevistado cuando éste se aparta demasiado de nuestro interés. Finalmente, las de aclaración, se hacen cuando el que pregunta no ha entendido, o se desea corroborar lo antedicho.

Tan importante como el contenido requerido, es anticipar el sentido que podrían tener esas respuestas en el que las recibirá. En este contexto “sentido” será definido como el lugar que ocupan los hechos en la estructura de relevancias que organizan la percepción activa del sujeto entrevistado. Esa estructura se sustenta en los valores y conocimientos que, suponemos, el interpelado comparte, en algunos casos, con casi todos sus contemporáneos y en otros, con sólo alguno de ellos, generalmente miembros de su grupo de pertenencia. Sin ellas no diferenciaría lo que le interesa o lo que repudia o admira.

La reconstrucción de sentido es una posibilidad que tiene el investigador frente a una postura absolutamente desprevenida ante las respuestas del entrevistado. Además, como se señaló siguiendo a Saltalamachia, “el tiempo transcurrido entre los hechos relatados y el momento de la entrevista puede ser un obstáculo para reproducir ese sentido implícito en sus actuaciones e interpretaciones del mundo de años anteriores”.

Por un lado el olvido, y por la imposibilidad concreta del entrevistado de separar con claridad valores y conocimientos actuales de los que tuvo en un pasado, siempre existe el riesgo de tomar como actuales sus perspectivas pasadas, o viceversa. Al hablar de relación social y de imágenes, cabe esperar además que el entrevistado, caiga en la tentación de “adivinar” el deseo de su entrevistador, para “satisfacerlo”. En suma, lo que se trata de afirmar aquí, es que la mejor manera de “combatir” los rasgos subjetivos del entrevistador y del entrevistado en el proceso de la entrevista y de la investigación, no es ocultándolos; al contrario, al hacerlos conscientes es como el proceso de indagación se “protege” de los errores.

Por último, hay que insistir en la idea de que si bien todo entrevistado interpretará sus hechos pasados y presentes acudiendo a sus valores y conocimientos, esto no debe ser vivido como invalidante, de dicho proceso. El entrevistado le narra al periodista o al científico acontecimientos por él vividos o conocidos, compartidos por sus contemporáneos, y atravesados por su interpretación. Precisamente, de lo que se trata, es de que la entrevista sirva para captar el sentido atribuido.

Posibilidades

Lo que se ha tratado de resumir, son un cúmulo de aportes e indicaciones que apuntan a repensar cada investigación, cada entrevista, para ir obteniendo un entrevistador atento y vigilante en cada paso del aprendizaje. Sin menoscabar el bagaje de la práctica profesional transmitida, hemos querido indagar en parte de la abundante experiencia que las ciencias sociales han recogido y sistematizado en el uso de estas técnicas.

Con esto no pretendimos efectuar una trasposición mecánica o lineal de un campo de conocimiento a otro (de las ciencias sociales al periodismo), sino que el objetivo perseguido es enriquecer la reflexión en un espacio interdisciplinario, como lo es el de la docencia.

Bibliografía
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BOURDIEU, Pierre; CHAMBOREDON Jean Claude, PASSERON, Jean Claude. El oficio del sociólogo, México, Editorial Siglo XXI, 1986.
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SABINO, Carlos. El proceso de investigación, Bs. As., Humanitas, 1993.
SALTALAMACCHIA, Homero. La entrevista. Cuadernos de investigación, La Plata, Ediciones al margen, 1998.
SELLTIZ, JAHODA, DEUTSCH y COOK. Métodos de investigación en las relaciones sociales, Madrid, Rialp, 1965.