Adela Ruiz




Jóvenes y familia. De la idea de crisis al concepto de transformación*


Contenido
La búsqueda de nuevos hábitos de sentido frente al desdibujamiento de las instituciones
Sobre las continuidades que aún perduran en los cambios
Bibliografía
Notas
  
Para cualquier estudio que tenga por objeto el abordaje de jóvenes, asumir desde el inicio que en las sociedades actuales no sólo hay distintas maneras de ser joven sino que, de hecho, las juventudes son múltiples permite contar con una premisa que, a la postre, reduce el riesgo de creer que se han alcanzado generalizaciones capaces de identificarlos a todos cuando, en realidad, sólo se ha tomado como referencia a un determinado grupo. Más aún, si se acuerda que al indagar en esta problemática se está trabajando con una construcción histórica y social, que rechaza cualquier intento por constreñir su alcance a condiciones de edad, género, clase o generación (Ruiz-Varela, 2003), puede aceptarse que lo atractivo de reflexionar sobre esta noción reside, precisamente, en su carácter huidizo, dinámico y continuo.

Pero lo cierto es que en tal escenario analítico, el problema tampoco queda resuelto si se admite la imposibilidad de que exista un único y válido modo de ser joven; incluso cuando se opta por hablar de juventudes, y ya no de juventud, se descubre que también hacia el interior de una sociedad -y por más acotado que resulte el ámbito de indagación- los jóvenes de un mismo grupo social, en similar contexto y de cara a las mismas instituciones, conviven en la actualidad adoptando para sus vidas diferentes y variadas perspectivas de acción.

Aunque es lógico esperar que frente a un señalamiento como este se efectúen ciertas precisiones puesto que, de no hacerlas, cabría preguntarse qué es lo que justifica destacar un rasgo que, en definitiva, no hace más que aludir a una situación de pluralismo que bien puede ser rastreada en muchas sociedades de la antigüedad a esta parte(1). Veámoslo de esta manera: si en la actualidad puede considerarse que la posibilidad de coexistencia de personas que en un mismo grupo social viven sus vidas de manera diferente constituye una manifestación de época es porque, como señalan Berger y Luckmann (1997), tal situación se desarrolla en un contexto de pérdida de sentido que la convierte en un fenómeno distintivo de la sociedad que se analiza.

Dicho de otro modo, si hoy es posible considerar que el pluralismo constituye un rasgo que destaca hacia el interior de las sociedades contemporáneas es porque éstas se inscriben en un momento histórico en el que la pérdida de sentido que experimentan los distintos actores sociales -en este caso, la que experimentan los jóvenes frente al modo o modos en que posible vivir la vida- incide en que ninguna de las perspectivas de acción por las que estos puedan optar resulta capaz de erigirse como única, verdadera o incuestionablemente “correcta”.

Semejante estado de situación es el que pareciera quedar al descubierto cuando se indaga en la actualidad sobre las concepciones que los jóvenes(2) sostienen respecto de los aspectos sociosimbólicos de la vida familiar. Un análisis que en este estudio llevó a contraponer tales percepciones con la manera en que efectivamente los jóvenes llevan adelante esta institución(3) y con las cosmovisiones que sobre este mismo ámbito sostienen los adultos, en tanto sujetos portadores de las reservas de sentido que en una sociedad permiten enlazar las distintas formas de relación social con el sistema de valores que regula la interacción entre las personas.

A rigor de verdad, lo que resulta de analizar lo que los jóvenes “dicen” acerca del modo en que conciben a la familia parece no dejar dudas de que ciertamente se trata de una situación de pluralismo que distingue de aquellas que pueden rastrearse en sociedades anteriores por el hecho de que sus principales rasgos estructurales, como indican Berger y Luckmann, “han sido elevados a la categoría de valor” y se han impuesto sobre otros sistemas de valor también presentes en la sociedad. Siguiendo una vez más a estos autores, puede graficarse esta situación si se atiende al lugar que en la actualidad ocupa la virtud de la tolerancia. Gracias a ella no sólo es posible que personas de una comunidad logren vivir juntas, por más disímiles que resulten los valores que nutren sus vidas, sino que resulta difícil apreciar el rechazo o la sanción hacia situaciones o formas de vida que se alejan del patrón de lo que cada sujeto asume como esperable, de acuerdo a su modo de ver el mundo. Y especialmente presenta la ventaja de no ser experimentada por los sujetos como una actitud que conlleva a un relativismo de valores; por el contrario, es vivida como una decisión voluntaria y no como una consecuencia que se desprende de un heredado sentido del deber.

Claro que si bien la presencia de estos pálidos valores estructurales puede tener efectos útiles -en tanto que fomenta la coexistencia pacífica entre diferentes formas de vida y sistemas de valores- debe reconocerse también su incapacidad de actuar como un elemento que contrarreste -exceptuando casos aislados- la propagación de crisis subjetivas e intersubjetivas de sentido (Berger y Luckman, 1997). Volviendo al caso de los jóvenes abordados en este estudio, es tal situación la que permite comprender la presencia que en sus percepciones ocupa la sensación de malestar o duda que, frente a distintas cuestiones de la vida cotidiana, denotan aquellos que, de una manera u otra, vulneran con sus elecciones personales los cánones aún vigentes en la sociedad en la que viven.

En consecuencia, si bien la mencionada tolerancia resulta útil para orientar a los individuos en torno a cómo comportarse frente a otras personas y grupos que difieren en sus visiones de vida -sin que se generen conflictos de identidad-, en muchas oportunidades esta actitud no alcanza para obtener respuestas sobre cómo conducir la propia vida cuando en la práctica se cuestiona el orden que tradicionalmente sostenía la sociedad. Frente a esto uno de los caminos que aparece como posible vía para revertir una situación de crisis, tanto subjetiva como intersubjetiva, es la conformación progresiva de comunidades de sentido cuyo desarrollo y consolidación se produce paralelamente a que decrece el grado de condicionamiento social válido hasta el momento para interpretar la realidad.

En otras palabras, si bien estos conflictos -que pueden ser tanto de naturaleza psicológica como social- no llegan a actuar como impedimentos para la acción -ha quedado demostrado en este estudio que los nuevos arreglos familiares y los cambios en los modos de vivir esta institución existen(4)-, resultaría erróneo no consignar la interferencia que en el devenir cotidiano ocasionan los malestares que genera en muchos jóvenes la contradicción que se da entre el imaginario que portan y las acciones que realizan.

Pero lo que no puede negarse al indagar en el modo en que estos sujetos conciben la familia es el desgaste que experimentan en la actualidad los discursos, emblemas, símbolos y mitos que durante mucho tiempo dieron sentido y coherencia a este ámbito de la vida social. Una constatación que demuestra, además, el modo en que las creencias que hasta no hace mucho tiempo atrás aparecían como verdades universales e incuestionables han ido cediendo paso a lo que Rossana Reguillo (1996) define como “múltiples redes de ‘micro-creencias” que, con densidad variable, interpelan hoy a la sociedad en busca de un lugar.

Paralelamente, son estos procesos los que alimentan la tendencia creciente a ver en el escenario actual un tiempo-espacio múltiple y discontinuo frente al cual cobra sentido tratar de reconocer las realidades plurales y las luchas que cotidianamente tienen lugar entre los antiguos discursos reguladores, que aún circulan, y los prácticas sociales a ellos afectadas. Es por lo mismo que la pregunta por la identidad, en tanto modo privilegiado de captar el desfase entre estas dimensiones, adquiere un lugar privilegiado desde el cual abordar el cuestionamiento que sufren los modelos de clasificación simplificatoria que no alcanzan para dar cuenta de las identidades que hoy se construyen a partir de identificaciones diversas; muchas veces, sin solución de continuidad.

La búsqueda de nuevos hábitos de sentido frente al desdibujamiento de las instituciones

Entre los numerosos puntos disparadores que hubieran podido adoptarse, esta investigación se centró en el creciente debilitamiento que vienen evidenciando los principales mecanismos de integración tradicional. Siguiendo este criterio las indagaciones se orientaron a rastrear las consecuencias que sobre los procesos de construcción identitaria ejerce el progresivo descrédito que recae sobre instituciones y valores que, como la familia, el trabajo y la educación, resultan ámbitos determinantes en los procesos de socialización a partir de los cuales un sujeto se integra a la estructura social de la que forman parte.

Acorde a lo anterior, el primer elemento que surgió al comenzar a analizar el modo en que se desenvuelven las actividades humanas(5) es que su principal rasgo distintivo está dado por la habituación; esto significa que cualquier acción “puede volver a ejecutarse de la misma manera y con idéntica economía de esfuerzos” sin que tal repetición suponga que ésta pierda el significado que tiene para el individuo (Berger y Luckmann, 2001). Semejante forma de actuar genera que en los sujetos tales significados lleguen a incrustarse, en tanto rutinas, en su depósito general de conocimientos quedando al alcance para proyectos futuros: es decir, permite a los individuos restringir las opciones y definir de nuevo situaciones que ya se le han presentado.

Al margen de la sociedad que se considere, tal habituación es la que antecede a los procesos de institucionalización que tienen lugar cada vez que se da una “tipificación recíproca de acciones habitualizadas por tipos de actores” (Idem). En esto reside, a su vez, el hecho de que todas las instituciones impliquen, al mismo tiempo, historicidad y control, rasgo por el cual no es posible comprender adecuadamente qué representa cada una de ellas si no se rastrea el proceso histórico por el que tuvo lugar. Paralelamente, y por el mismo hecho de existir, las instituciones controlan el comportamiento humano estableciendo pautas definidas de antemano que permiten canalizar la acción de los individuos en una dirección determinada y en oposición a las muchas otras que podrían darse, al menos teóricamente.

Asimismo, se observa que las instituciones se manifiestan generalmente -por no decir en todos los casos- en colectividades que abarcan grandes cantidades de gente. Es decir, si bien buena parte de las acciones que se repiten una o más veces tienden a habitualizarse en cierto grado, para que se produzca la clase de tipificación recíproca a la que se alude “debe existir una situación social continua en la que las acciones habitualizadas de dos o más individuos se entrelacen” (Idem). Esta continuidad, que se refiere a la transmisión del mundo social de unos individuos a otros, es lo que permite el perfeccionamiento del mundo institucional. Y esto sucede pues, al adquirir historicidad, estas formaciones adoptan una de sus características esenciales: la objetividad. Es a partir de esta cualidad que las instituciones pasan a ser experimentadas por los individuos como existentes por encima y más allá de los sujetos que, en el momento particular que se considere, se encuentran encarnándolas.

En consonancia con este proceso es que estas creaciones se presentan ante los individuos como un hecho externo y coercitivo(6) que, a su vez, provoca que la objetividad del mundo institucional se endurezca, tornándose para éstos aún más espesa. Es así también como logran firmeza en la conciencia y, para los que nacen inmersos en dicho mundo, se transformen y son incorporados como el mundo. Y he aquí por qué se entiende que para los hijos, el mundo que le han transmitido sus padres se presenta como un mundo objetivo que, en numerosos aspectos, resulta muy poco transparente.

Es sin duda esta falta de transparencia, en el sentido que para la vida cotidiana adquieren muchas de las instituciones que vertebran el ámbito de la esfera personal -concretamente interesa en este caso lo que sucede con la familia-, lo que claramente dejan traslucir los jóvenes cuando describen los tipos de prácticas sociales que han adoptado para su cotidiano actuar. No obstante, no sucede lo mismo cuando se indaga sobre los conceptos e interpretaciones que en los distintos casos estos sujetos asumen como válidos para dar cuenta de estas mismas orientaciones. Si bien es un hecho que las estipulaciones que otrora condicionaban los modelos de acción que era posible adoptar -en cualquiera de los diversos órdenes de la vida social- no constituyen en la actualidad un límite frente a las posibilidades de acción a que estos se acogen, también es cierto que en sus imaginarios siguen teniendo una fuerte presencia aquellos discursos que “dan por supuesto” cual es el modo tradicional y “adecuado” de resolver las prácticas sociales y cuál es el rol que a cada individuo le corresponde en el marco de una determinada institución, en este caso en la familia. Esta contraposición puede observarse claramente cuando se contrapone el modo en que los jóvenes construyen sus familias con los discursos que sobre dichas prácticas sostienen.

Siguiendo los desarrollos que al respecto sostiene Anthony Giddens (1998) lo queda problematizado de cara a esta situación no es otra cosa que el conocimiento compartido que resulta común a todos los sujetos que son competentes para participar o realizar de manera apropiada una cierta práctica social. He aquí la situación que provocan los jóvenes cuando instauran y sostienen sus familias a partir de una ruptura de las reglas que, en tanto procedimientos sociales tácitamente entendidos, distinguieron tradicionalmente el modo en que debía conformarse y llevarse adelante esta institución. Resulta cuestionado de este modo el aspecto normativo de estas reglas, aquel que refiere a los derechos y obligaciones que determinan la legitimidad o ilegitimidad de una práctica, así como los medios que resultan apropiados o inapropiados para su realización. 

Es esta constatación la que permite vislumbrar la raíz de la que emana la sensación de malestar o duda que experimentan gran parte de los jóvenes. Y si esto es posible es porque si bien por su propia naturaleza la agencia social contempla la posibilidad de efectuar intervenciones que modifiquen o transformen los acontecimientos sociales, al producir la alteración de las reglas que una sociedad han pautado durante tanto tiempo la manera “apropiada” de concretar una cierta práctica social lo que se socavan son aquellos parámetros que hasta el momento servían para orientarse en el mundo social. De este modo, aunque ninguna de estas reglas posea un carácter fijo o mecánico -ya que no son sólo prescripciones formalizadoras y codificadas, sino instrumentos que pueden ser utilizados por los actores para constituir el sentido- no dejan de constituir el carácter más sólido de la estructura y su alteración afecta, en consecuencia, lo que la generalidad de una sociedad -de la que naturalmente forman parte los sujetos jóvenes- considera en tanto comportamientos esperables.  

Se observa entonces la interrelación que, en el marco de la institución analizada, tiene lugar entre las acciones consideradas y las estructuras sociales en que estas se desenvuelven. Más que presentarse como un elemento estático, y por esto contrapuesto a la práctica que en ella tiene lugar, la estructura actúa en tanto condición y resultado de las diferentes manifestaciones sociales. Y aunque con esto no se esté pretendiendo negar las propiedades coactivas y restrictivas que en gran medida ejercen las estructuras sobre los sujetos, tampoco puede hacerse a un lado que en la actualidad la problematización a que se ven expuestos de manera recurrente el mundo, la sociedad, la vida y, junto a ellos, la identidad personal de cada individuo, no sólo determina que ninguna interpretación pueda arrogarse la condición de única o verdadera sino que, por el contrario, hace que por cada una de estas interpretaciones sea posible definir perspectivas propias de acción posible.

Tal vez sea por esto que no sorprende encontrar en las observaciones de los sujetos abordados apreciaciones denodadamente contradictorias: por un lado, aquellas que aluden a una sensación de marcada liberación frente a la apertura de nuevos horizontes y nuevas posibilidades de vida que permiten traspasar los límites que demarcaba el modo de existencia antiguo -que como tal resultaba incuestionado-; y por otro, apreciaciones que más bien abrumadas por las posibilidades de modos de vida alternativos dan voz a la duda de tener que resolver la vida de un modo distinto a lo que pautaban las vivencias portadas desde las primeras etapas de socialización.

De este modo, y a diferencia de las voces que dan cuenta de las concepciones que orientaron, y orientan, las comunidades de sentido de los sujetos adultos abordados, lo que genera el pluralismo moderno, al socavar las reservas de sentido socialmente objetivado y procesado(7), es el distanciamiento entre la conciencia práctica -aquella por la que se tiene tácito conocimiento de cómo hacer algo o cómo proceder- y la conciencia discursiva -en tanto capacidad de dar expresión verbal a las cosas-. Un desequilibrio que se produce cuando la interpretación discursiva que hacen los sujetos jóvenes de las prácticas sociales que llevan a cabo deja de tener correlato con los proyectos individuales de acción que, de manera evidente, no responden a los esquemas de acción que, según sus reservas de sentido, estaban tácitamente entendidos (se alude aquí a la recurrente manifestación que hacen los jóvenes de estar vulnerando aquellas pautas que les fueran transmitidas, en sus primeros estadios de socialización, por las generaciones anteriores).

Sobre las continuidades que aún perduran en los cambios

De cara a lo expuesto, y pese a las diferencias entre los distintos tipos de adscripciones identitarias abordadas, no tarda en constatarse que el proceso por el que atraviesan hoy los jóvenes es mucho más complejo que el slogan de “no hay futuro” que sostienen ciertos discursos apocalípticos que caracterizan a estos sujetos -a sus modos de vida, intereses, aspiraciones y códigos comunes- en tanto colectivo que, a pasos agigantados, se pierde en el caótico paisaje político, social y cultural que define al mundo actual.

Muy por el contrario, y basando estas afirmaciones en el hecho de haber adoptado para las indagaciones una postura que priorizó el análisis émico sobre el ético(8), las exploraciones realizadas hacia el interior de los modos en que los jóvenes abordados perciben e interpretan este mundo ponen de manifiesto que más que un derrumbe de valores lo que estos sujetos viven y protagonizan en sus prácticas cotidianas es un denso y complejo proceso de transformación de valores. Un proceso que desafía a las investigaciones por el hecho de que no reconoce de manera clara instancias fundadoras sino que tiene lugar y adquiere su sentido más profundo en la práctica misma.

Como ya fuera indicado, en el marco de un escenario que como sostiene Ulrich Beck (1999) desde hace al menos dos décadas se ha tornado esencialmente pluridimensional, lo primero que se constata es que los modelos explicativos que vienen heredados de los mayores, aquellos que fueron incorporados y vivenciados durante la infancia, ya no se sostienen... o al menos ya no alcanzan. De manera recurrente, tanto las instituciones como el sistema de valores que antaño aportaban una respuesta clara al orden y al sentido que tenía la vida, y al modo en que esta debía vivirse, resultan insuficientes al momento de orientar y concretar la acción en el mundo actual.

En lo que a sus prácticas sociales concierne, el desdibujamiento y la pérdida de solidez de las anteriores regulaciones se traduce en el incremento de una mayor autodeterminación en la forma de resolver la propia vida y en una mayor disposición a optar, o al menos a considerar, la diversidad de opciones que ofrece el escenario actual. En este sentido, y tomando los elementos que surgieron de los materiales obtenidos en el trabajo de campo, no tarda en ponerse de manifiesto que los paradigmas que durante siglos estipularon este aspecto de la vida humana hoy son recurrentemente cuestionados por las prácticas cotidianas; situación que queda de manifiesto cuando se comprueba la posibilidad de reconocer nuevos arreglos familiares y nuevas formas de constituir, desarrollar y sostener esta institución(9).

Lo que denota tal constatación no es otra cosa que la imposibilidad de intentar mantener una idea de familia que la conciba como una unidad o una totalidad inamovible, puesto que supondría hacer a un lado, arbitrariamente, las distintas alternativas y posibilidades que eligen quienes las construyen y sostienen día a día e implicaría, al mismo tiempo, desconocer el lugar que la praxis -concepto que siguiendo a Giddens debe ser entendido en tanto transformación de la conducta- desempeña en los procesos por los cuales los sujetos llevan adelante la modificación de las estructuras objetivas en que desenvuelven su acción.

Pero como ya se ha señalado, una observación de este tipo tampoco puede realizarse sin los matices que inevitablemente le imprime a las prácticas consideradas el peso que los modelos de antaño siguen manteniendo en el imaginario de estos sujetos; una presencia que continúa actuando, en muchos casos, como parámetro de lo que -más allá de lo que permita comprobar la acción concreta- aún en el escenario actual sigue siendo esperable, aceptable y conveniente en sus prácticas cotidianas.

Lo que muestran las exploraciones es que independientemente del modelo de familia por el que los distintos sujetos hayan optado siempre están presentes en sus acciones los discursos y las opiniones que, en torno a la forma de arreglo de que se trate, sostienen sus coetáneos más cercanos y la sociedad en general. Es decir, en todo momento es posible rastrear la manera en que los sentidos y significaciones diversas -que se generan a partir de estos discursos y opiniones- se entrecruzan y tiñen sus prácticas cotidianas; y esto sucede, tanto si refuerzan como si rechazan, dependiendo de su posicionamiento, los modelos de vida adoptados.

Es en este momento, en la instancia en que desaparece la correlación entre las prácticas familiares que se llevan adelante y los paradigmas que tradicionalmente han regulado los estatutos de conformación y desarrollo de esta institución, cuando se percibe la necesidad de encontrar hacia el interior de estos hogares nuevas pautas intrafamiliares que regulen de aquí en adelante su cotidiano funcionamiento. Es en torno a la refundación, o tal vez debería decirse a la readaptación, de tales principios reguladores que se han orientado las indagaciones realizadas a lo largo de este trabajo de investigación y por las cuales es posible aventurar que lo que tiene lugar es un creciente proceso de individuación, tanto social como psicológico que conlleva una paulatina emergencia del yo de cada individuo por sobre aquellas pautas que anteriormente lo subordinaban a una estructura de valores socialmente pautada.

Aunque matizada por los cánones y valores que caracterizan a las tradicionales concepciones en torno al mundo de la familia, tal individuación se manifiesta ante todo en la resolución de las prácticas cotidianas; se está frente a un actuar en el que claramente se manifiesta la pérdida del sentido de obligatoriedad de “tener” que hacer las cosas de una determinada manera (inclusive frente al peso y la incidencia que en este hacer desempeñan los imaginarios que le dan sentido).
               
Podría agregarse, por último, que si bien es por este tipo de cambios que los jóvenes introducen en los distintos momentos epocales que se los tiende a caracterizar, como oportunamente señala Rossana Reguillo (2000), como aquellos sujetos que de manera diversa y desigual son los responsables de hacer “estallar las certezas”, lo que destaca en el contexto actual es que buena parte de, o casi todas, sus impugnaciones no vienen acompañadas -al menos no en este caso- de los estruendos que anuncian el advenimiento de una revolución socio-cultural. Por el contrario, se trata de cambios y cuestionamientos que se sostienen día a día, con sus fortalezas y debilidades, sus contradicciones y desarticulaciones, en el silencioso transcurrir del cotidiano de sus vidas.

He aquí por qué se prefiere hablar en este estudio de una transformación de valores y no de un cambio que suponga el derrumbe o la desaparición de los anteriores. En ningún caso se trata de negar que el saber tradicional, transmitido por la Iglesia, la familia, la escuela o el Estado, entre otras instituciones, envejece deprisa. Lo que se trata de reconocer, en la complejidad creciente de la vida en sus diversos órdenes, son las respuestas que de múltiples maneras dan los distintos actores sociales. Respuestas que, al ser rastreadas en sus discursos y relatos, evidencian la búsqueda de una direccionalidad, de un sentido que aminore la perplejidad y el desconcierto frente a la fragilidad de la vida social.

De allí que resulte válido y necesario, especialmente en contextos como el actual, interrogarse por el modo en que construyen sus identidades sujetos que, como los jóvenes, se enfrentan al cotidiano desafío de intentar encontrar aquellas orientaciones que resulten eficaces para tornar compatibles sus modelos de mundo con sus formas de socialidad.

Bibliografía
BECK, Ulrich (comp.). Hijos de la libertad, Bs. As., Fondo de Cultura Económica, 1999 (traducción de Mariana Rojas Bermúdez).
BERGER P. y LUCKMANN, T. La construcción social de la realidad, Bs. As., Amorrortu, 2001.
______________, Modernidad, pluralismo y crisis de sentido, Barcelona, Paidós Studios, 1997.
DURKHEIM, Emile. Las Formas elementales de la vida religiosa, Bs. As., Schapire, 1968.
GIDDENS, Anthony. La constitución de la sociedad. Bases para una teoría de la estructuración, Bs. As., Amorrortu, 1998.
______________, Las nuevas reglas del método sociológico. Crítica positiva de las sociologías comprensivas, Bs. As., Amorrortu, 2001.
REGUILLO, Rossana. “Los mitos gozan de cabal salud. El horizonte de las creencias colectivas en la ‘modernidad’ mexicana” en revista Comunicación y Sociedad, número 27, mayo-agosto de 1996.
______________, Emergencia de culturas juveniles. Estrategias del desencanto, Bs. As., Norma, 2000.
RUIZ, Adela. “El papel de las instituciones sociales en los procesos de construcción identitaria” en Anuario de Investigaciones 2002, La Plata, Facultad de Periodismo y Comunicación Social, 2003.
RUIZ, A. y VARELA, A. “Los Jóvenes. La construcción de una mirada comunicacional”, en SAINTOUT, Florencia (ed.) Abrir la comunicación. Tradición y movimiento en el campo académico, La Plata, Ediciones de Periodismo y Comunicación, 2003. 

Notas
* El presente trabajo es un compendio de las conclusiones finales del Proyecto de Investigación: “Jóvenes y construcción de identidades”, que fue llevado a cabo por la Lic. Adela Ruiz, en el período 2002-2004, bajo la dirección de la Lic. Ma. Cristina Mata y la codirección de la Mg. Florencia Saintout, en el programa de Becas de Iniciación en la Investigación Científica y Tecnológica de la Universidad Nacional de La Plata.
1 Una indagación histórica que da cuenta del pluralismo presente en sociedades de la antigüedad puede encontrarse en BERGER, P. y LUCKMANN, T. (1997).
2 El universo de análisis de esta investigación estuvo dado por jóvenes platenses, urbanos, de clase media, comprendidos en la franja etaria de los 24 a los 33 años. Se tuvo en cuenta que en algún momento que contaran con estudios universitarios -finalizados o en curso-, que hubieran abandonado la casa paterna y que participaran del mundo laboral -habiendo alcanzado, o no, una completa independencia económica-.
3 Si bien en este estudio se abordó el modo en que los jóvenes construyen sus identidades tomando como referencia tres instituciones centrales para la conformación de la esfera dela vida personal: la familia, la escuela y el trabajo, sólo se presentan en este trabajo las conclusiones alcanzadas respecto de la primera.
4 El desarrollo de tales aspectos puede encontrarse en el trabajo “Los jóvenes y la vida familiar actual. Cambios y continuidades”, ponencia presentada en la mesa Comunicación y Estudios Socioculturales del VII Congreso de ALAIC (Asociación Latinoamericana de Investigadores en Comunicación) “70 años de Periodismo y Comunicación en América Latina”. Facultad de Periodismo y Comunicación Social, octubre de 2004.
5 El desarrollo de estos procesos puede encontrarse en el artículo que fuera publicado en la anterior edición de este Anuario de Investigaciones (Ruiz, 2003, cfr. Bibliografía).
6 Esto remite a la idea de coseidad de DURKHEIM, y es lo que vendría a determinar que las formaciones originales sean experimentadas, o se vuelvan, “hechos sociales”.
7 Reservas que son “mantenidas” en depósitos históricos de sentido y “administradas” por instituciones. BERGER, P. y LUCKMANN, T. (2001).
8 Desde la configuración emic –término que deriva de Phonemic (fonémica)-, la investigación cualitativa contempla la perspectiva interna de las personas que están integradas a la cultura o sociedad cuyo significado se busca desglosar. Directamente confrontada con la perspectiva etic –término que deriva de la palabra Phonetic (fonética)-, que contempla la descripción desde el punto de vista externo, tales indagaciones recaen sobre el conocimiento sociocultural que rige y es común para un grupo o sociedad basando el análisis en las experiencias, creencias y valores de los sujetos abordados.
9 Al reflexionar sobre estas cuestiones es preciso no perder de vista el tipo de jóvenes que conformó el universo de análisis sobre el que se trabajó.